7. Idas y avenidas #3
El maître anunció los primeros: cóctel de camarones de entrante, muy rico, seguido de crema de elote, la respuesta mexicana a la vichyssoise francesa.
Los comensales le escucharon sin inmutarse.
Tras ensalzar las virtudes de ambos platos y comprobar que a esos dos hombres su explicación les importaba un bledo, el maître optó por retirarse, no sin antes hacer una exagerada reverencia, que por eso el restaurante se llamaba Versalles.
—Señor canciller —señaló Bochet sin perder de vista el Tonalamatl—, si la posición de México se mantiene en esos términos, París se verá obligada a revisar el marco de nuestra cooperación cultural.
Hay tres exposiciones programadas para el año próximo, intercambios académicos en marcha y una cooperación técnica que podría resentirse.
El canciller no se inmutó, acostumbrado a recibir amenazas con la misma cara con la que jugaba al póker. Pero en el cuadro hasta los generales más emperifollados habían detenido su paseo para ver cómo terminaba aquello.
—Lo lamentaríamos profundamente —dijo al fin, chasqueando la lengua—. México valora enormemente su relación cultural con Francia. Aunque debo advertirle —añadió, cambiando ligerísimamente de tono— que una decisión de esa naturaleza tendría consecuencias para su país en otros foros.
Bochet asintió sin escandalizarse. Era perro viejo.
Pero no podía quitarse de encima la sensación, absurda en un hombre de su formación, de que el verdadero interlocutor de aquella comida no era el canciller, sino aquella tira de piel pintada que lo miraba desde la mesa de al lado con cuatrocientos ojos.
«Dicen que está embrujado», recordó, y apartó la idea con un sorbo de vino.
Había llegado el punto en que cada uno había mostrado sus cartas visibles y ahora correspondía decidir si se jugaban también las que estaban boca abajo. Detrás de ellos, Hernán Cortés, con sus manos de asesino alargadas, y Benito Juárez sosteniendo la Constitución, contenían la respiración.
—Huachinango a la veracruzana —anunció intempestivamente el canciller mientras unos meseros cambiaban los cubiertos.
—¿Cómo?
—El plato principal, Excelencia. Me he tomado la libertad de pedirlo por usted. Tiene que probarlo. Le va a encantar.
Súbitamente descolocado, Bochet dudó un momento. Tenía delante de los ojos, metafóricamente hablando, el segundo telegrama. El de los canales reservados. Lo que el Quai d’Orsay llamaba con eufemismo administrativo los instruments de pression complémentaires .
—Señor canciller —dijo, intentando no prestar atención ni al Huachinango ni al Tonalamatl, que parecían estar confabulados—, quiero que sepa que el gobierno francés tiene un interés genuino en facilitar las relaciones entre nuestros dos países en todos los ámbitos.
Incluyendo algunos que van más allá de lo estrictamente cultural o diplomático.
Hay ciudadanos mexicanos, algunos de ellos en posiciones relevantes, que tienen intereses en Francia que nuestro gobierno podría, en un clima de mayor cooperación bilateral, ayudar a gestionar con mayor…
fluidez. Las administraciones son complejas, y los procedimientos pueden acelerarse o ralentizarse según las circunstancias. Estoy seguro de que usted me entiende.
El canciller se limpió los labios con la servilleta y lo miró fríamente.
El Quetzalcóatl que Rivera había pintado enroscado al cuello de la Catrina estaba ahí, paseando con sus escamas verdes y su lengua bífida por encima del plato de pescado, susurrando algo que ninguno de los dos hombres habría querido escuchar claramente.
—Le entiendo perfectamente, Excelencia. Lo que puedo ofrecerle —dijo finalmente el canciller, doblando la servilleta sobre la mesa—, es llevar su posición directamente al señor presidente.
Es una decisión que excede mi autoridad y que requiere su consideración personal.
Le haré saber su respuesta en el plazo más breve posible.
Para irritación del chef y de los Señores del Día y de la Noche, ninguno de los dos tocó el postre: budín de pan de conejo con ganache de chocolate, una delicia de Oaxaca.
El mesero lo retiró sin preguntar. Se había hecho tarde y, de común acuerdo, declinaron la tradicional copa que sigue al café en tales ocasiones.
Se levantaron, se estrecharon la mano con la misma firmeza de antes y, tras hacer un gesto a un funcionario para que retirara el Tonalamatl, el canciller acompañó al embajador hasta la entrada del hotel.
Allí, les estaban esperando los conquistadores, campesinos, curas, liberales, dictadores y revolucionarios que tan expresivamente pintara Rivera. Todos ellos sonriendo con esa ecuanimidad que tienen los muertos.
—Le agradezco la comida, canciller —dijo Bochet tendiéndole la mano—. El huachinango, sobre todo.
—Vuelva cuando quiera, Excelencia. Y no se preocupe: pronto tendrá noticias nuestras.
—Eso espero.
—Aunque ya le adelanto que no creo que sean las que a usted le gustaría llevarse a París.
Bochet sonrió fríamente, se subió al coche y se perdió en el tráfico de vuelta a la embajada francesa. Atrás quedaron el canciller Castañeda y el funcionario que había guardado el Tonalamatl en su cofre.
—No se dio cuenta, Manolo —le dijo el canciller.
—Tenía usted razón, señor canciller —respondió el otro.
—Ya te dije que era un buen facsímil.
Tal y como era de esperar, el canciller se reunió con el presidente en la biblioteca del palacio presidencial de Los Pinos, en el Bosque de Chapultepec, esa misma noche.
Sobre la gran mesa de caoba, entre los volúmenes encuadernados en cuero y los recuerdos de Estado, había desplegado el verdadero Tonalamatl para que el presidente pudiera observarlo en todo su esplendor.
López Portillo se inclinó sobre él largo rato, sin tocarlo, recorriendo con los ojos las hileras de dioses y de números.
—Así que este es el famoso libro —murmuró—. El que tiene a los franceses con el alma en vilo.
—El mismo, señor presidente. Bochet me lo ha pedido hoy de todas las maneras posibles, y de alguna que otra no tan amable.
—¿Y qué le has dicho?
—Que la decisión le correspondía a usted, naturalmente.
El presidente se enderezó. Una de las figuras del manuscrito, un personaje de rostro rojo y negro montado sobre lo que parecía una liebre, parecía devolverle la mirada.
—Están locos si creen que yo voy a devolver un tesoro nacional —espetó.
Castañeda, diplomático de carrera y abogado de profesión, podía tener un retorcido sentido del humor, pero era ante todo un hombre pragmático. Veía venir el conflicto con Francia y sabía que era mejor evitarlo:
—El embajador Bochet dice que Mitterrand consideraría no hacerlo poco menos que un insulto.
—¿Mitterrand? ¿El socialista? Vamos. No me jodas, Jorge.
—Quizás podríamos negociar. Decir que se lo llevó por despiste. Devolverlo discretamente…
López Portillo se levantó del sillón, visiblemente molesto.
—¿Sabes qué me dijo mi hijo esta mañana? Que el tal Castañeda del Valle debería ser condecorado. Mi hijo, Jorge. El subsecretario.
El canciller suspiró. Al menos lo había intentado.
Conocía bien al presidente. Hombre del aparato del PRI, su mandato coincidió con un auge en el precio del petróleo que llevó a un boom económico y una inversión faraónica en infraestructuras algo más que cuestionables, como los veinte reactores nucleares que se pensaba instalar en el país, y de los cuales finalmente se terminó solo uno, el de Laguna Verde.
—¿Te acuerdas de cuando vino Giscard a Yucatán hace tres años a firmar acuerdos, Jorge? Todo sonrisas. Champagne. Abrazos.
—Me acuerdo, señor presidente.
—Aquellos eran otros tiempos.
Y vaya si lo eran. Para 1982, la política expansiva de su gobierno, la corrupción y la caída del precio del petróleo dejaron ese y otros proyectos en ruinas y al país al borde de la quiebra.
López Portillo cogió uno de los periódicos que reposaban sobre la mesa de reuniones del despacho y fijó su atención en la foto en la que Castañeda del Valle salía en compañía de Florentino Ventura poco después de ser detenido.
Puede que no fuera sino un vulgar ladrón, pero ese hombre alto y seco de carnes, de rostro enjuto y facciones marcadas, que tenía algo de Quijote y mucho de don Pablos, no dejaba de caerle bien al presidente.
Miró la foto, luego el Tonalamatl abierto sobre la mesa y, cual la Esfinge a Edipo, le planteó a su canciller un acertijo.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre un bibliófilo francés y un bibliófilo mexicano? —le preguntó.
—No, señor.
—El francés te cuenta de dónde sacó cada libro. El mexicano a quién se los vendió.
Jorge Castañeda fingió que le hacía gracia el chiste y se apresuró a servirle un whisky .
Aunque no era ajeno a los rumores de que Castañeda del Valle había intentado vender el documento en Nueva York, López Portillo compartía con el presunto ladrón la pasión por el pasado de México.
Esa pasión le había impulsado en 1965 a escribir una novelita dedicada a Quetzalcóatl que la prestigiosa editorial Gallimard tradujo oportunamente al francés en 1978, quizás para facilitar el acuerdo sobre las nucleares.
—«Yo soy el Quetzalcóatl» —había escrito en un arrebato poético el joven López Portillo, hay quien dice que en referencia a sí mismo—. «Yo soy la serpiente emplumada. Repto y vuelo. Tierra y aire. Lodo y cielo. He caído y me levantaré. Así me conocerán. Así me recordarán».
Dadas las simpatías del mandatario hacia Quetzalcóatl, no es de extrañar que se extendiera el rumor de que José Luis Castañeda del Valle no había actuado solo, sino que había contado con el apoyo tácito, o incluso directo, de las más altas autoridades mexicanas, y que su disparatada idea de formar una organización secreta dedicada a la recuperación de códices prehispánicos había surgido en los pasillos del Palacio Nacional.