Cuatrocientos conejos 7. Idas y avenidas #2
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7. Idas y avenidas #2

—En México, señor embajador, los agravios no se olvidan jamás por muchos acuerdos que se alcancen.

Un mexicano ofendido no responde necesariamente de inmediato.

Puede guardar silencio durante años, pero no olvida, y no perdona fácilmente.

Y menos si ese mexicano es el presidente de México.

Ya sé que suena a tópico, pero… Algo de cierto hay.

El consejero se refería al conflicto entre Francia y México a cuenta del precio del petróleo que había tenido lugar un año antes, en julio de 1981, y que López Portillo se tomó como un intento de humillar a su gobierno en la esfera nacional e internacional, no como un desacuerdo comercial.

—Y de ahí…

—Y de ahí que aproveche este asunto del Tonalamatl para ajustar cuentas.

Bochet se apartó de la ventana y regresó a su escritorio, donde había dejado los telegramas.

El primero, el oficial, era relativamente moderado: expresión de malestar, solicitud de devolución del manuscrito, invocación de los tratados internacionales pertinentes.

Lo típico. El segundo, el de los canales reservados, era otra cosa.

Era una lista de instrumentos de presión que el Quai d’Orsay ponía a su disposición para el caso de que la vía diplomática ordinaria no diera resultados.

Bochet la había leído con una mezcla de comprensión profesional y malestar personal.

—Todo este problema del manuscrito… —dijo con melancolía.

—Llega en el peor momento posible —terminó la frase su subordinado—. La deuda, el peso, el petróleo…

—Y usted es de la opinión de que no hay forma de reconducir este tema… ¿Cómo decirlo? De manera más… discreta.

De tanto mirar por la ventana los tenderetes, Bochet se había formado la opinión de que en México todo se compra y se vende.

—Me temo que no —señaló su subordinado—.

La narrativa del patrimonio robado es muy poderosa aquí.

Muy poderosa. Los mexicanos, ya sean de clase alta o baja, se lo toman de forma visceral.

Y cuando el agregado de prensa de la embajada declaró que el Tonalamatl era «nuestro»…

—hizo un gesto cubriéndose con la mano los ojos para resumir la catástrofe de esas dos palabras—. Eso lo empeoró todo.

Bochet hizo una mueca de fastidio. Ese había sido su primer error grave en este asunto: no haber atajado las declaraciones públicas de la embajada con suficiente rapidez.

Pero era difícil anticipar que un comunicado de prensa de tercer orden escrito por un imbécil iba a desencadenar semejante tormenta.

—¿Y qué hay del ladrón? Ese tal… ese tal…

—¿Se refiere al «héroe»? ¿A Castañeda del Valle?

—Sí, al mismo.

—Todos los informes que tenemos indican que es un traficante de antigüedades aficionado.

Si hubiera sido menos patoso, le habrían pagado un buen dinero por ese texto en Nueva York.

Sabemos de forma aproximada lo que hizo en esos días y con qué marchantes habló.

Al fin y al cabo, a la mitad de ellos se les permite que continúen con sus trapicheos en París a cambio de pistas que nos ayuden a resolver casos como este.

—¿Y si hiciéramos público todo lo que sabemos?

—Pues tampoco resolveríamos nada. Confíe en mí, señor embajador.

Nadie creerá que es un pícaro ni aunque bajara del cielo San Pedro a dar fe de ello en la Plaza de Toros Monumental de México.

Y menos cuando se rumorea que la BnF está considerando restringir el acceso a investigadores mexicanos hasta que el manuscrito sea devuelto.

—¿Eso es legal?

—Quién sabe. Pero es lo que Gourdon ha sugerido y es posible que él o su sucesor intenten llevarlo a cabo. En la práctica nadie va a impedírselo.

El embajador pensó en Gourdon, a quien había conocido brevemente en una recepción en París antes de venir a México. La medida, de tomarse, le parecía tan equivocada como la declaración del agregado de prensa.

—Eso solo servirá para arrojar más leña al fuego y alargar este embrollo—dijo Bochet, al que por algo apodaban Jacques el Fatalista.

—Efectivamente —replicó el consejero.

El embajador se puso en pie, se ajustó la chaqueta y miró una última vez los telegramas.

El primero lo guardaría en la carpeta que llevaría a la reunión.

El segundo se quedaría en la caja fuerte del despacho, ya sabría él cómo transmitir su contenido al canciller Castañeda.

Cogió su carpeta y se dirigió a la puerta.

Ya se disponía a salir del despacho con el paso cansado pero firme de un galo que parte a enfrentarse con las legiones de Julio César, cuando le interrumpió su consejero.

—Una última cuestión antes de que se marche, señor embajador.

—Dígame.

—El manuscrito… El Tonalamatl ese…

—Sí, ¿qué ocurre?

—Yo me andaría con ojo.

—¿Por qué?

—Dicen que está embrujado.

El embajador francés llegó a la Secretaría de Relaciones Exteriores, situada en la Torre de Tlatelolco, a un costado de la Plaza de las Tres Culturas pasada la una de la tarde.

Era un edificio de veintitantas plantas, funcional y moderno, que contrastaba con las ruinas del antiguo convento colonial, el cual, a su vez, se asentaba sobre los cimientos de un gran templo azteca que en su día fue uno de los centros ceremoniales más importantes de Mesoamérica, y que los frailes franciscanos, tan dados ellos a conservar el patrimonio, utilizaron como cantera.

Una vez dentro, Bochet se enteró, para su disgusto, que el canciller Castañeda no lo estaba esperando allí, sino en el restaurante Versalles del Hotel del Prado.

—Por supuesto… Muy conveniente.

No es que el hotel estuviera muy lejos, a unos tres kilómetros en línea recta, pero para llegar a él tenía que deshacer el camino andado y volver básicamente por donde había venido.

Al embajador no le pasó desapercibido lo simbólico del agravio, por mucho que el asistente del canciller se disculpara profusamente por la confusión causada y echara las culpas del malentendido a una secretaria recién contratada que tenía órdenes tajantes de no decir palabra.

—Al Hotel del Prado —le dijo Bochet a su chófer intentando ocultar su enfado.

Dejando tras de sí una cortina de humo, el Peugeot 604 de la embajada enfiló la avenida Manuel González y giró poco después hacia el Paseo de la Reforma en dirección a la Avenida Juárez.

La entrada principal del Hotel del Prado se ubicaba justo frente a la Alameda Central, en la esquina de la avenida Juárez y la calle Revillagigedo.

Presentaba una fachada de bordes redondeados y una estética de modernidad racionalista que hacían de él uno de los lugares más sofisticados de todo el Distrito Federal.

—El señor canciller le espera en el restaurante —le informó nada más atravesar el lobby un funcionario de la cancillería que se ofreció a acompañarle hasta allí.

A esa hora el restaurante Versalles estaba habitualmente cerrado, pero el canciller Castañeda había pedido que lo abrieran para él y le acomodaran una mesa justo en el lugar donde antaño había estado el mural de Diego Rivera Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central , pintado específicamente para ser expuesto en ese espacio hasta que en los años sesenta fue trasladado al vestíbulo principal del hotel.

Pero ese día era como si el tiempo no hubiera pasado, como si el mural estuviera allí todavía presente, y el canciller y el embajador fueran dos figuras sacadas directamente del gigantesco cuadro.

—Excelencia, bienvenido —dijo el canciller levantándose de la silla y tendiendo su mano al embajador francés.

Se sentaron. En el ambiente flotaba el verde de los ahuehuetes de la Alameda, el rojo de los uniformes militares del siglo XIX y el azul del cielo que Rivera había desplegado sobre cuatrocientos años de historia mexicana.

Un mesero depositó sobre la mesa una cesta de pan y dos copas de vino blanco.

En una mesa aledaña, con sus primeras hojas desplegadas, reposaba el Tonalamatl, que el canciller había hecho traer del INAH para la ocasión, como si fuera un comensal más.

El gesto de estupefacción del embajador francés al ver el libro hizo que el canciller sonriera para sus adentros.

—Excelencia, quiero que sepa que el gobierno mexicano comprende perfectamente la situación que este desafortunado incidente ha creado para Francia y lamentamos profundamente las circunstancias en que todo esto ha ocurrido.

Me he tomado la libertad de traer el libro con la esperanza de que, al verlo, comprenda mejor lo que significa para México.

La Catrina de Rivera, con su elegante boa de Quetzalcóatl, observaba la escena desde lo alto, divertida con la aparente seriedad con la que aquellos dos señores discutían sobre un libro que ni ella ni nadie de su entorno de blanquecinas osamentas se había tomado nunca en serio.

—Se lo agradezco, canciller —respondió el embajador, contrariado—. No era necesario que se tomara la molestia. París desea resolver esto con discreción y prontitud. No quisiéramos que un incidente así dañara una relación bilateral de tan larga y fructífera historia.

Jorge Castañeda, un hombre de unos sesenta años, al que tan solo le faltaba el bombín o el sombrero de copa para no desentonar en el cuadro de Ribera, se mesó el mostacho.

—Comparto ese deseo. Sin embargo —dijo, haciendo girar su copa de vino—, debo ser honesto sobre los límites de nuestra posición.

México no puede devolver un documento que, según nuestra legislación, no ha sido objeto de delito alguno en territorio nacional.

El señor del Valle —no se le escapó a Bochet que el canciller evitaba el apellido compartido— actuó en Francia, no en México.

Y ese documento salió de México en el siglo XIX en circunstancias que, con todo respeto a la Biblioteca Nacional, difícilmente podrían considerarse legales.