7. Idas y avenidas
A JOSÉ LUIS CAS TAÑEDA DEL VALLE se le permitió regresar a Cancún, pero por más que se hubieran retirado los cargos, nadie le había dicho que el asunto estuviera definitivamente cerrado, y él conocía lo suficientemente bien su país como para no fiarse de las autoridades.
No en vano Diles que no me maten era uno de sus relatos preferidos.
El silencio, en México, podía significar el olvido o podía significar que alguien, en algún rincón del D.
F., estaba aún barruntando qué hacer, y más en un caso como el suyo, en el que andaban entremezclados dioses y franceses, combinación que nunca ha terminado bien.
Tampoco tuvo su llegada a Cancún el lado romántico que había imaginado.
Pensó que Lucía le acompañaría durante el viaje de vuelta, que le iría dando mordisquitos en la oreja en el avión y que cenarían juntos en aquella marisquería en la que años atrás casi se atrevió a besarla.
Se dijo, entusiasmado, que quizás estaba escrito en el revés de alguna hoja del Tonalamatl que a la tercera —¿o era ya la cuarta?
— iría la vencida. Pero Lucía alegó motivos de trabajo para quedarse en la capital y poco o nada más había escuchado de ella desde la conferencia de prensa.
Dada su escasa educación sentimental, y su íntima repulsa por las telenovelas, José Luis ni siquiera se planteó lo que cualquier charro de Jalisco habría hecho en semejante ocasión: ir a buscarla y decirle, en medio de uno de esos enormes aguaceros que a veces caen en la antigua Tenochtitlan, todo lo que sentía por ella.
Hubo, eso sí, un congreso-homenaje organizado por sus colegas de la asociación de periodistas, en el que académicos, arqueólogos y otros miembros de la sociedad civil debatieron sobre la práctica y la política de la repatriación de antigüedades, materia sobre la que todos tenían mucho que opinar y ninguno, salvo el propio José Luis, la menor experiencia práctica.
Él volvió a exponer su versión de los hechos y defender sus actos.
Se debatió calurosamente sobre si infiltrar historiadores mexicanos en las principales bibliotecas y museos del mundo —como parte de una organización secreta dedicada a la recuperación de códices— era el camino a seguir para lograr repatriar otros tesoros arqueológicos.
Pero no todos los asistentes estuvieron de acuerdo con el principio de que ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón.
—Un robo es un robo, señor Castañeda del Valle, no importa quién lo cometa ni cuáles sean los antecedentes —le dijo con dignidad un viejo profesor, de esos que abandonaron una carrera universitaria para trabajar en las escuelas rurales de Quintana Roo por un sueldo de miseria.
Los que sí se alegraron sinceramente de verle, y celebraron su vuelta como si tratara de la de un torero, fueron sus amigos deportistas.
La escuela de fútbol Quetzalcóatl le eximió del pago de las siguientes tres cuotas y montó una liguilla en la que él volvió a ocupar su tradicional posición de extremo, corriendo por el ala detrás del balón como alma que lleva el diablo.
Y la misma afabilidad mostraron quienes, de una forma u otra, frecuentaban la pista de atletismo: sus compañeros de carreras, los jubilados que se sentaban a mirarlos, la señora bajita del puesto de bebidas, y en general hasta las ceibas y palmeras que engalanaban el parque.
—¡Ahí viene el bandido de París! —gritó al verle uno de los maratonistas.
—¡Qué bueno verle por aquí, licenciado! —dijo otro.
—Un agua de Jamaica para José Luis… —se oyó exclamar.
—¿Ahora? ¡Pero si vamos a empezar! Ándale, ándale. Bibliotecario el último…
Y salieron todos corriendo, entre parabienes y abrazos.
Sin embargo, no fueron pocos los que notaron que las horas pasadas en los calabozos y en compañía de Florentino «el Tigre» Ventura habían dejado un poso amargo en el estado de ánimo de José Luis.
Cada vez que un coche de color blanco se detenía a su lado, escudriñaba inquieto el interior, incapaz de decidir si eran turistas en un taxi o el vehículo al que lo habían subido el día de su detención.
La misma ansiedad le asaltaba si un desconocido de andares felinos le pedía la hora en la calle o si los Testigos de Jehová llamaban a su puerta, sobre todo si lo hacían mientras salía de la ducha.
Hasta cuando entrenaba con sus amigos, ya fuera por la zona hotelera o sobre el concreto ardiente de la pista de atletismo, no podía evitar la sospecha de que unas presencias invisibles lo seguían, acechándole, aguardando el momento propicio para echarle el guante y ponerle de camino a una bartolina del D. F. o a la Guyana francesa.
Su paranoia se vio acrecentada por un creciente sentimiento de injusticia, de haber sido ninguneado por las autoridades.
Le parecía incomprensible que nadie del gobierno se hubiera dirigido a él para agradecerle el haber devuelto a México nada menos que el Tonalamatl de Aubin, el libro de los días o del destino, uno de sus grandes tesoros documentales.
—Lo mínimo sería recibir una carta de agradecimiento del pinche León-Portilla, ¿no crees, güey? —le dijo a su hermano, con el que se había reunido a tomar unas chelas cerca de la playa, en un bar de la zona hotelera.
Puede que no le faltara algo de razón. Sin embargo, León-Portilla, autor de Visión de los vencidos , representante de México ante la UNESCO y director del Instituto de Investigaciones Históricas, no tenía la más mínima intención de hacer tal cosa.
El Tonalamatl era el tipo de documento que él había dedicado su vida a estudiar y reivindicar, pero en los círculos y espacios que León-Portilla se movía, entre los que se incluía, como no podía ser de otra forma, la Biblioteca Nacional de Francia, amparar las acciones de un vulgar ratero como Castañeda del Valle habría sido considerado de pésimo gusto.
Lo que León-Portilla sí hizo fue proponer que el texto dejara de llamarse el Tonalamatl de Aubin, como se conocía hasta la fecha, y pasara a denominarse con el más mexicano apelativo de Tonalamatl de los Pochtecas.
—Ya puestos, digo yo que lo podrían haber llamado el Tonalamatl de José Luis —dijo el propio José Luis, dolido por la forma en la que su nombre estaba siendo borrado de la historia.
—Mira, cabrón, agradece que no te hayan hecho pagar el viajecito en avión —respondió su hermano, mientras pedía otras dos cervezas.
José Luis no contestó. Cerca del mar, los cocoteros se enredaban en el viento, ajenos a sus cuitas, y él se quedó un rato mirándolos mecerse.
—Me pregunto qué será de ellos —suspiró al fin, casi mareado de tanto vaivén.
—Qué será, ¿de quién?
Los rayos del sol se reflejaron sobre su tatuaje.
—¿Pues de quién va a ser, menso? De los Señores del Día y de la Noche.
En el número 279 del Paseo de la Reforma, sede de la embajada francesa, el embajador Bernard Bochet se ajustaba los gemelos.
El traje de Pierre Cardin y la corbata de Hermès a duras penas lograban disimular su hastío y su cansancio.
En un par de horas estaría en la Secretaría de Relaciones Exteriores transmitiéndole al canciller Jorge Castañeda lo que opinaba el Quai d’Orsay sobre la liberación de José Luis Castañeda del Valle y la entrega del Tonalamatl al INAH, la institución mexicana encargada de la conservación del patrimonio histórico.
Había recibido dos telegramas esa mañana, uno por la vía oficial y el otro por la reservada, dándole instrucciones sobre cómo ejercer la máxima presión sobre el gobierno mexicano para conseguir la repatriación del manuscrito, cuyo robo había dejado en ridículo a toda una institución como la Biblioteca Nacional de Francia y, por consiguiente, al gobierno francés.
En el despacho, con el pelo cuidadosamente peinado hacia atrás y ese aire de superioridad que distingue a los funcionarios del Quai d’Orsay formados en la École nationale d’administration , le esperaba su premier conseiller .
Era la única persona en todo el edificio cuya opinión Bochet tenía algún interés en escuchar antes de la reunión.
—¿Ha leído los telegramas? —le preguntó Bochet.
—Los dos, señor embajador.
—¿Y qué le parecen?
El consejero consideró la pregunta con la cautela de un Talleyrand, aquel famoso ministro de asuntos exteriores a quien Napoleón definiera, con su particular sutileza, «como mierda en una media de seda».
—Me parece que reflejan el estado de ánimo en París mejor de lo que reflejan la situación aquí.
Bochet asintió. Era exactamente lo que pensaba él, pero le resultaba reconfortante escucharlo de otros labios.
Sus colegas atribuían a esa innata inseguridad suya el que le hubieran designado embajador en México y no en un destino de más copete, como Roma, Madrid o Tokio, no digamos ya Washington, Londres o Moscú, aunque, por carácter, y porque odiaba el sol con toda su alma, él habría preferido ser embajador en Suecia.
Se acercó a la ventana. El Paseo de la Reforma estaba ya animado a esa hora, con sus camiones y sus taxis y sus vendedores ambulantes instalados en las esquinas desafiando como cada día cualquier intento de regulación urbana.
Ese caos de rojos, amarillos, verdes y azules chillones, y sus arrabales de servilletas usadas, palillos de dientes y latas aplastadas era una de las muchas cosas del país que Bochet no terminaba de entender.
Tampoco entendía cómo un simple manuscrito había podido envenenar de tal modo las relaciones entre dos países amigos.
—Explíqueme cómo hemos llegado hasta aquí. Esto, —y agitó en el aire los dos telegramas— esto no puede ser solo el resultado de la sustracción de un manuscrito.
—No, señor embajador —respondió el consejero—. Está usted en lo cierto. Como se suele decir aquí, llueve sobre mojado.
Una reproducción de Tláloc, dios de la lluvia, que había en la estantería dio un pequeño salto, feliz de escuchar la referencia.