Cuatrocientos conejos 6. Los cuatrocientos conejos de la Rue Malebranche #6
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6. Los cuatrocientos conejos de la Rue Malebranche #6

Temeroso, Aubin se resistió a dar semejante paso durante semanas, pero los conejos de su imaginación, cada vez más numerosos, le instaban a hacerlo.

Ometochtli, su líder, se le aparecía en sueños, no ya con su tocado de quetzal, sino con un sombrero de copa como los que usaban los banqueros, gritándole cifras y porcentajes.

Papaztac, conejo dios de la espuma, danzaba ante él con las manos llenas de títulos bursátiles.

Colhuatzincatl, el de la colina torcida, le daba a beber un pulque asqueroso hecho de tipos de interés.

Hasta Jean-Ettiene, su analista, parecía lanzarle mensajes subliminales al respecto, a buen seguro con el fin de mantener viva la esperanza, cada vez más remota, de poder cobrar sus honorarios atrasados.

Al final, exhausto y atormentado, Aubin cedió.

En julio de 1882, hipotecó todo lo que poseía con excepción de su biblioteca para comprar cinco mil acciones de la compañía de Lesseps.

Los primeros años parecieron darle la razón a Sidonie.

Las noticias que llegaban de Panamá hablaban de progresos constantes en la lucha del hombre y la máquina contra la selva y las enfermedades.

Lesseps mismo visitó las obras y declaró que todo marchaba según lo previsto, lo que hizo que las acciones subieran como si Papaztac las llevara en sus hombros.

Por primera vez en años, Aubin se permitió soñar con recuperar su antigua prosperidad, e incluso tuvo la sensación de que había menos conejos deambulando por toda la casa, como si estos presintieran que algo había cambiado y había llegado el momento de partir o que se había terminado el trébol que Sidonie guardaba en la cocina.

Esperanzado, hizo descorrer las cortinas y abrir las ventanas y el sol entró en aquellos cuartos en los que hasta los espejos olían a tristeza y a penumbra.

Sacó del armario su traje y su corbata. Se puso el sombrero y salió a la calle.

Paseó por los grandes bulevares. Tomó un café, e incluso le hizo una broma al concierge , a la que este, que jamás había visto a Aubin de buen humor, no supo qué responder.

—A estas horas… Siempre tienen que interrumpirme a estas horas —fue lo único que acertó a decir.

Confundiendo con un día despejado lo que no era sino el ojo de la tormenta, creyó que lo peor ya había pasado, pero a partir de 1885 comenzaron a circular rumores inquietantes.

Las condiciones en el istmo eran infernales, muchísimo peores que las que se habían visto en Egipto.

La fiebre amarilla y la malaria diezmaban a los trabajadores por millares.

Las montañas oponían una resistencia granítica al avance de las máquinas.

Los ingenieros se veían obligados a revisar sus planes y los costos se disparaban a niveles estratosféricos.

Imperturbable, Lesseps pedía más y más dinero, como si la Naturaleza pudiera ser vencida a fuerza de los derivados, préstamos y divisas que se negociaban en las bolsas de Londres y París.

Se emitieron nuevas acciones. Aubin, aconsejado por Sidonie, apostó el todo por el todo.

Para 1888, la situación era desesperada.

Los periódicos hablaban de suicidios, chantajes y sobornos, de un escándalo de proporciones monumentales. Un año más tarde, el 4 de febrero de 1889, la Compagnie Universelle du Canal Interocéanique de Panama se declaró en bancarrota.

Aubin recibió la noticia aposentado en el mismo fauteuil en el que años atrás se había dejado caer Waldeck.

Los conejos, ahora visibles hasta para el concierge , que se negaba a salir de su garita a menos que le permitieran llevar al hombro un fusil, ocupaban cada rincón del salón.

Eran unos cuatrocientos. Algunos llevaban bandas negras de luto.

Otros se divertían leyendo la Divina Comedia , y se daban los nombres de los demonios que Dante y Virgilio encontraran en el octavo círculo del infierno: uno se hacía pasar por Malacoda (cola malvada) y otro por Scarmiglione (despeinado) mientras que el más gamberro de ellos disfrutaba llamándose Graffiacane (araña perros).

Entre todos, trataban de confundir a Aubin, diciéndole que la cena estaba lista cuando era la hora del desayuno o que sus libros estaban en el estudio cuando lo cierto es que los tenía Sidonie en el suyo, a donde los había llevado anticipando que se aproximaba el final y que, como la mansión de los Usher, no pasaría mucho tiempo antes de que la fachada del edificio se llenara de grietas y se hundiera incapaz de aguantar su propio peso.

Como hiciera tantas otras veces en los años anteriores, Aubin volvió a abrir el Tonalamatl y repasó sus dibujos con la punta de sus dedos.

Sentía por ese códice un amor especial, inexplicable, como si este hubiera echado raíces en su vientre y se estuviera alimentando de su sangre.

Aun así, con el último resquicio de razón que le quedaba, tomó la única decisión que podía salvarle de la ruina personal y financiera que le acechaba y escribió él mismo una nota a Eugène Boban, el tratante de antigüedades, informándole de que deseaba poner en venta su colección, y emplazándole a él y a un industrial llamado Eugène Goupil a visitarle.

Una vez enviada sintió el deseo irrefrenable de comer un poco de trébol.

Se miró en uno de los espejos del salón y ya no se reconoció.

Ese no era su rostro ni sus manos ni su cuerpo. Trató de llorar, pero no pudo.

—Los conejos no lloran —le dijo Sidonie.