6. Los cuatrocientos conejos de la Rue Malebranche #5
—Si nuestro colega me permite la franqueza —dijo, sin intención alguna de ser cortés—, lo que dice son hipótesis que no están apoyadas en los textos y carecen de la más elemental base científica.
Ramírez no se inmutó.
—Monsieur Aubin, me parece curioso que hable usted de apoyarse en los textos cuando tengo entendido que, para sacar del país los que usted posee, no tuvo reparo en deshacerlos con sus propias manos. Dígame, ¿qué clase de científico destruye aquello que dice salvar?
A partir de aquel día, Aubin no dio tregua.
Fulminaba a diestra y siniestra. A Ramírez lo tildó de aficionado; a unos colegas, de exagerados; a otros, de superficiales; y a casi todos, de patanes.
Enfebrecido —hay quien decía que de tularemia— no perdonaba ocasión de recordar que los tesoros de la historia mexicana estaban mejor en manos europeas, pues era una irresponsabilidad supina confiarlos a quienes no sabían valorarlos.
—¡Esto es lo que México no sabe apreciar! —exclamó un día ante una vitrina con las piezas que el abad Brasseur de Bourbourg se había traído de su expedición, como si la frase pudiera absolverlo.
Hasta el coronel Doutrelaine, mando militar y máximo responsable de los trabajos de la comisión, hubo de llamarlo al orden.
—Monsieur Aubin —le dijo un día en privado—, su genio no excusa su grosería.
Pero a Aubin el tacto tanto le daba, y la verdad es que tenía poco que perder.
Más allá de denostar el trabajo ajeno, en todos aquellos años no produjo un solo documento propio digno de mención.
Uno tras otro, los colegas dejaron de saludarlo, de citarlo, de invitarlo.
Para cuando las fuerzas de Juárez recuperaron el control de México y los prusianos humillaron a Napoleón III en Sedán, Aubin era ya un hombre acabado, y no solo intelectualmente, sino también financieramente.
Como su cerebro, el manantial de la fortuna que había acumulado durante sus años en México se estaba secando.
Desesperado, intentó avivarlo otra vez, pero no con un sacrificio de sangre, como él creía que le exigían al unísono los conejos que eran dueños y señores de su casa, sino apostando el todo por el todo a una empresa que le aseguraron que resarciría con creces sus pérdidas, pues estaba encabezada por el Huitzilopochtli de la ciencia y la ingeniería francesas: el vizconde de Lesseps, santo patrono de los canales oceánicos.
Ferdinand Marie, vizconde de Lesseps, era sin duda el hombre del momento. Celebrado como un nuevo rey Midas que había obrado el milagro de convertir el desierto en oro y acortado el viaje entre Marsella y Bombay a la mitad, parecía que no había obstáculo natural que pudiera detenerle.
—Para lograr grandes cosas no basta con actuar, hay que soñar; no es suficiente calcular, hay que creer —había dicho Anatole France refiriéndose a él.
Aun así, cuando anunció que pensaba abrir un canal que uniera el Atlántico con el Pacífico a través del istmo de Panamá, repitiendo en lo esencial la misma fórmula que tanto éxito le había aportado en Suez, la fe dio paso al escepticismo.
La primera emisión de capital de la Compagnie Universelle du Canal Interocéanique de Panama , que Lesseps había fundado para este propósito, no logró alcanzar los objetivos previstos.
Fue un revés en toda regla que a punto estuvo de dar al traste con todo el proyecto.
Para evitarlo, este moderno Prometeo se dejó de poesía y recurrió a una serie de oscuros intermediarios que, sobornando políticos y comprando periodistas, se aseguraron de que tanto el gobierno como los periódicos apoyaran la empresa y animaran a pequeños ahorradores y accionistas a invertir en la compañía.
Fue Sidonie quien primero sacó el asunto a colación.
Una tarde de marzo de 1881, mientras Aubin estaba inmerso en la redacción de una de sus interminables notas, entró silenciosamente en el estudio llevando el periódico del día, que en grandes titulares anunciaba unos progresos que en realidad no eran tales.
—Monsieur —dijo interrumpiéndole—, el vizconde de Lesseps busca inversores para su nuevo canal.
Aubin levantó la vista, los ojos enrojecidos por el láudano y el insomnio, el pelo ya completamente cano.
—¿Lesseps? —murmuró como si el nombre le sonara de algo, pero no acertara a identificar de qué.
—El mismo que doblegó las arenas de Suez —respondió ella, acercándose hasta quedar de pie junto a él.
Sus dedos, tan finos que se podían ver las cortinas del salón a través de ellos, acariciaron con delicadeza la cabeza de Aubin, enredándose en su pelo.
—Dicen que las acciones se multiplicarán por diez en menos de cinco años —añadió.
Aubin sabía que sus finanzas estaban en un estado deplorable.
La pérdida de los ingresos que recibiera de sus inversiones y propiedades en México, unida a los gastos de mantener una casa como aquella, había mermado considerablemente su fortuna.
Podría haberse desprendido de su colección para pagar a los acreedores que día y noche le recordaban sus deudas, pues sabía del interés que un anticuario francés asentado en México llamado Eugène Boban había mostrado por adquirir sus manuscritos, pero deshacerse de ella, deshacerse del Tonalamatl…
No, eso era impensable. Antes de hacerlo habría sacrificado una pierna, como Santa Anna.
Aquellos documentos eran su vida, su obsesión, su condena y el único árbol que le proporcionaba al menos una tenue sombra de felicidad.
Sidonie pareció leer sus pensamientos.
—No sería necesario vender nada —le susurró—. Bastaría con hipotecar la casa. Temporalmente. Cuando las acciones rindan sus frutos, podrá recuperarlo todo y más.