Cuatrocientos conejos 6. Los cuatrocientos conejos de la Rue Malebranche #4
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6. Los cuatrocientos conejos de la Rue Malebranche #4

También podría haberles contado, aunque prefirió no hacerlo, que, por todo, absolutamente por todo, se paga un precio.

De Newton se decía que el esfuerzo de transmutar en leyes matemáticas los arcanos de la Naturaleza a punto estuvo de hacerle perder el juicio.

Aubin lo perdió. Trabajando hasta dieciséis horas seguidas al día sin parar, se internó en una selva todavía más oscura que ese bosque de Guam en el que es imposible dar un paso sin enredarse en una telaraña.

En ocasiones, le parecía que las paredes se llenaban de glifos, e incluso creía escuchar a las propias pinturas susurrar dentro de sus estuches palabras monótonas que se detenían apenas los abría.

Como Acteón, que se convirtió en ciervo, él también tenía la impresión de estar transformándose lenta pero inexorablemente.

Notaba que se le alargaban imperceptiblemente las orejas, que se le enrojecía el iris de los ojos, que las manos se le cubrían de un vello extraño y que, en las encías, le crecían en secreto nuevos incisivos.

Por supuesto, nadie que no fuera él se daba cuenta de su metamorfosis, ni puestos en pie, entre parabienes y aplausos, el público que asistía a sus conferencias notó el más mínimo cambio en aquel sabio que no pudiera ser explicado por un exceso de láudano, pero, por si acaso, optó por encerrarse en su apartamento: renunció a las conferencias, despidió a las visitas y cerró puertas y ventanas, buscando olvidarse de México.

México, sin embargo, no parecía dispuesto a olvidarse de él.

Una mañana de febrero, mientras observaba horrorizado sus dientes e intentaba sin conseguirlo afeitarse el vello blanquecino, escuchó el familiar tintineo de las campanillas anunciando que alguien deseaba entrar en el edificio.

Del individuo en cuestión solo alcanzó a ver, a través de la ventana, su elegante abrigo, unos anteojos de alambre y una lustrosa calva flanqueada por los restos de una cabellera, que en el pasado debió de ser rizada y frondosa.

Tuvo la esperanza de que el concierge no estuviera en su puesto, pero este salió de su garita arrastrando su pierna derecha como un alma en el infierno arrastra su condena.

—A estas horas… Siempre tienen que venir a estas horas —refunfuñó, dejando otra vez de lado la comida y accionando el engranaje de poleas que abría el portón.

Instantes después el visitante subía por la escalera. Por el eco que hacían sus zapatos contra el mármol y el suave deslizarse de su guante de cuero sobre el pasamanos, Aubin supo no solo que era mexicano, sino exactamente quién era, y se le encogió el estómago.

Lo había tratado años atrás en México, cuando ambos frecuentaban las tertulias eruditas de la capital, y desde entonces había seguido de lejos su carrera.

Se llamaba José Fernando Ramírez: antiguo secretario de gobierno, presidente del Tribunal Mercantil y de la Junta de Instrucción Pública, senador de la República, Ministro de Relaciones Interiores y Exteriores y, recientemente, ilustre exiliado desde que Antonio López de Santa Anna lo designara magistrado del Supremo Tribunal de Justicia de la Nación y él decidiera que mejor se iba a Francia, que no estaba para aguantar por más tiempo al héroe de las cuarenta derrotas, al caudillo de los cangrejos, al quince uñas, al guerrero inmortal de Zempoala.

Liberal moderado que con el tiempo se inclinaría hacia la causa conservadora, José Fernando Ramírez había dedicado su vida, además de a la política, a recuperar la historia olvidada de México, así que aprovechó su exilio para intentar recuperar o, al menos copiar, cuanto códice pudiera encontrar por las frías tierras de Europa.

Durante su estancia en París, había tenido ocasión de leer la memoria de Aubin sobre la escritura de los aztecas, y se había informado a conciencia acerca de la fabulosa colección que albergaba en su estudio.

También había escuchado rumores sobre la creciente misantropía, su tendencia a desplazarse dando saltos y sus visitas intempestivas al galeno responsable de una conocida institución de salud mental de la ciudad.

Convencido de que Aubin no se atrevería a negarle la entrada a un viejo conocido que, exiliado o no, encarnaba al Gobierno de México, la nación a la que todo se lo debía, José Fernando Ramírez tomó la decisión de presentarse directamente en su domicilio.

No se equivocó.

En un ataque de pánico, Aubin le pidió a Sidonie que entretuviera al caballero todo lo posible mientras arreglaba su desaliñado aspecto, tras lo cual, tomando aliento e intentando mantener la compostura, se dirigió al salón donde este le esperaba.

—Estimado señor Ramírez —dijo Aubin, con una amabilidad forzada y voz temblorosa—, qué inesperada sorpresa tenerle por aquí. Dígame, ¿lleva mucho tiempo en París?

—Unos meses ya —respondió Ramírez—. Las circunstancias de mi país, ya sabe usted.

—Lo sé, lo sé. Una lástima. —Aubin se aferraba a la conversación como a un clavo ardiendo—. ¿Y qué ha sido de nuestros viejos conocidos? El general Morán, el Marqués de Vivanco, ¿vive aún?

—Murió hace tres años. En su hacienda de Chapingo, que ya está en otras manos.

—Vaya por Dios. Un gran hombre que me honró con su amistad. ¿Y sus hijos? Yo mismo enseñé a leer a Pancho en francés, ¿sabe usted? Recitaba la tirade de Théramène como un actor de la Comédie-Française.

—El joven Francisco se metió a militar, como su padre. Tengo entendido que anda con los conservadores.

—Ah. —Aubin no supo cómo encajar la noticia y se apresuró a cambiar de asunto—. ¿Y mi colegio?, el que fundé mientras estuve en México, el de la calle del Puente del Correo Mayor. ¿Sigue abierto?

—Lo cerraron. Ahora es una casa de vecindad. —Ramírez dejó que el silencio entre los dos se asentara un instante—. Pero no he venido a hablar del pasado, monsieur Aubin.

Cualquier esperanza de que la presencia de Ramírez se limitara a una simple visita de cortesía se desvaneció de golpe.

—Monsieur Aubin —dijo Ramírez con voz serena pero firme—, vengo a solicitar el acceso a los documentos en los que ha basado sus conclusiones.

Y debo decirle, con todo el respeto, que me parece inaudito que un caballero de su talla sacara del país, mediante subterfugios impropios de su condición, un acervo documental de tal importancia.

Ese patrimonio pertenece al pueblo mexicano.

Aubin palideció. Con manos temblorosas, se sirvió una copa de cognac y ofreció otra a su visitante.

—Créame, señor Ramírez, no fue mi intención causar ofensa alguna.

Admito que mis métodos no fueron los más ortodoxos, pero gracias a ellos esos documentos han sido preservados.

Han sido estudiados por los más grandes sabios de Europa.

¿No es eso, al fin y al cabo, un servicio a la mayor fama y grandeza de México?

Ramírez no respondió de inmediato. Su mirada, fija y penetrante, bastaba para expresar su desaprobación.

—Además —añadió Aubin, cada vez más nervioso—, Francia también tiene algo de derecho a ese legado. No olvidemos que el propio Boturini decía ser de ascendencia gala y, sin él, nada se habría logrado en primer lugar…

Nada de ello convenció a José Fernando Ramírez, que, notando que su adversario parecía a punto de ceder, redobló sus esfuerzos.

—Monsieur Aubin —dijo, inclinándose ligeramente hacia él—, no estamos hablando de una curiosidad académica. Se trata de documentos que narran la memoria de un pueblo. Nuestro pueblo.

Extenuado por la falta de sueño y el exceso de opio, Aubin habría terminado por entregar su colección a ese hombre si no hubiera sido por Sidonie, que se interpuso inesperadamente entre ambos.

Aduciendo la llegada de un telegrama urgente cuya respuesta no admitía dilación, logró sacar a Aubin de la habitación y conducirle a su cuarto.

Una vez allí, y para asegurarse de que no salía de él hasta que ella no se hubiera desecho del inoportuno visitante, le dobló la dosis de láudano y lo dejó a cargo de Tepoztécatl, dios del pulque, y uno de los más importantes entre los cuatrocientos conejos, que prometió darle un paseo por el inframundo.

Tras ello, hecha una furia, volvió al salón.

—Señor Ramírez —dijo Sidonie con la cortesía gélida de una Clitemnestra—, lamento profundamente que monsieur Aubin no pueda continuar con esta conversación. Como muestra de buena voluntad, permítame ofrecerle estas reproducciones litográficas de los documentos más importantes.

Y le hizo entrega de un juego de láminas que Aubin había encargado tiempo atrás al famoso impresor parisino Jules Desportes. Después, de la forma menos ceremoniosa imaginable, poco menos que lo echó de casa.

Todos los esfuerzos de José Fernando Ramírez por volver a ver a Aubin durante las semanas que permaneció en París fueron inútiles.

El concierge recibió instrucciones precisas de no abrirle el portón y todas sus misivas fueron retornadas a la dirección desde la que las envió sin ni siquiera ser abiertas.

A Aubin le llevó casi un mes recuperarse de la crisis nerviosa que sufrió ese día, y solo respiró aliviado cuando tuvo la certeza de que Ramírez había abandonado París, si bien no sería la última vez que sus destinos se cruzaran.

Años después, ambos formarían parte de la Comisión Científica fundada por Napoleón III para dar una pátina de legitimidad intelectual a su proyecto de invadir México e instalar como emperador de México al desdichado Maximiliano de Habsburgo.

Como quizás no podía ser de otra forma siendo quienes eran, el sabio francés que había despojado a México de sus documentos y el sabio mexicano que había cruzado el océano para intentar recuperarlos se vieron sentados a la misma mesa.

Aubin vio en aquello una ocasión para ajustar viejas cuentas. En una de las primeras sesiones, cuando Ramírez expuso sus trabajos sobre los códices, Aubin lo interrumpió sin miramientos.