6. Los cuatrocientos conejos de la Rue Malebranche #3
Sintió unos pasos que se acercaban a la puerta de su estudio. Alzó la mirada, expectante, temiendo que fuera uno de los horribles conejos de su imaginación. La manija giró lentamente sobre sí misma. Ya estaba por soltar un grito, cuando reconoció aliviado la delgada figura de Sidonie.
—Su té con galletas, monsieur —dijo ella, depositando una bandeja sobre el escritorio en la que sobresalía un frasco con una pequeña cantidad de láudano de Rousseau y un cuentagotas.
A pesar de ser un compuesto del opio, el preparado se compraba en cualquier farmacia sin necesidad de receta.
Aubin se había acostumbrado a él desde pequeño, cuando su madre se lo daba para quitarle el dolor de muelas.
En México lo utilizó para curarse unas diarreas y, ya de vuelta a Francia, para contrarrestar la «melancolía» —como entonces se llamaba a la depresión— y el número creciente de alucinaciones que, según le contó a Jean-Étienne tumbado en un sofá, había experimentado desde su regreso a París.
Era Sidonie la que se encargaba de calcular las dosis, que había ido aumentando de manera perceptible a lo largo de los años.
Él la observaba con atención mientras dejaba caer las gotas en el té.
Le gustaba ver el gesto concentrado de su secretaria, sus pómulos de porcelana, los brazos largos, cubiertos por una muselina de algodón ajustada bajo la que se transparentaba una piel alba, nívea, como de espumas, tan blanca que habría escandalizado a Alfonsina Storni.
Terminada la operación, Sidonie le alcanzaba la taza, que él se llevaba a los labios con mano temblorosa, y de la que sorbía lentamente, como si fuera una poción mágica en la que buscara refugio y sosiego.
—¿Los oye, Sidonie? —murmuró, con la mirada perdida en algún lugar del techo—. Esta noche han vuelto pronto.
—No se preocupe, monsieur Aubin. No le harán ningún mal. Descanse —le respondió ella, saliendo del estudio con la bandeja entre las manos y dejándole sumido en su trance.
Su nombre completo era Sidonie Verhagen y procedía de un pequeño pueblo belga.
Había llegado a París a mediados de los años treinta.
Hablaba francés con acento valón. Sabía leer y escribir, lo cual era raro para una mujer de su clase, y tenía algunas nociones de aritmética que había aprendido ayudando en la tienda de su tío.
Entró a trabajar para Aubin tras responder a un anuncio que había aparecido en uno de los periódicos de la época, en el que se buscaba una gouvernante discreta para un «académico distinguido».
—Mademoiselle Verhagen —le había dicho Aubin en su primera entrevista, clavando en ella sus ojos cansados por el insomnio—, el trabajo requiere discreción absoluta. ¿Comprende usted lo que eso significa?
—Perfectamente, monsieur —había respondido ella tan seca y rotundamente que Aubin consideró innecesario entrevistar a nadie más.
Los primeros meses pasaron con relativa normalidad.
Como era habitual por aquel entonces, Sidonie ocupó al principio un cuarto abuhardillado en la parte alta del edificio, sin calefacción, con un pequeño brasero y con un œil-de-bœuf que daba a la calle.
Poco a poco se fue ganando la confianza de Aubin.
Este dedicaba sus días de pesadumbre y sus noches de insomnio a la promesa de ordenar los documentos que él mismo había deshecho y publicar unas conclusiones que nunca llegaban, o solo lo hacían de forma parcial e incompleta.
Le complació enormemente encontrar en Sidonie una joven reservada pero despierta, atenta al más mínimo detalle e implacable con las faltas del resto del servicio.
No tardó en confiarle no solo la gestión de las finanzas domésticas, sino también su correspondencia personal.
Al cabo de un año, Sidonie había abandonado las chambres de bonne del tejado y se había mudado a una habitación en la planta noble, debido en parte a la creciente paranoia del señor, que veía conejos por todas partes, y a la necesidad de este de tenerla cerca.
El resto del personal les había ido abandonando poco a poco, incapaces de soportar los cambios de humor que exhibía el primero y el régimen de terror que había instaurado la segunda.
Hasta los inquilinos que residían en otras partes del enorme edificio fueron desapareciendo como por arte de magia o brujería, excepto el del tercero derecha, al que encontraron colgado de una soga.
Al final, solo quedaron ellos dos, pero, al contrario de lo que habría sido de esperar, la casa exhibía un orden perfecto.
Jamás faltaban provisiones en la despensa ni se alteró en lo más mínimo el régimen de comidas.
Las chimeneas tenían leña y parecía que las ventanas las hubieran limpiado todos los días.
Qué ejército invisible se encargaba de tener todo a punto era un misterio, pues Sidonie no hacía personalmente ninguna de esas tareas; pero Aubin o no se daba cuenta o, por aquel entonces, no quiso darle mayor importancia.
Solo comenzó a percibir la magnitud de su presencia una mañana en la que encontró sus notas ordenadas sobre el escritorio.
—¿Quién ha tocado mis papeles? —exclamó colérico, haciendo retumbar hasta los cuadros del pasillo.
Sidonie apareció en el umbral casi al instante, impasible, como si hubiera estado esperando ese momento.
—Yo, monsieur. Estaban desordenados.
—¿Desordenados? ¿Desordenados, dice? Estaban exactamente donde yo los había dejado.
—Sí, monsieur. En el suelo, bajo la mesa, dentro de un libro… —respondió ella con firmeza—. Me he tomado la libertad de ayudarle, monsieur.
Aubin se volvió furioso hacia el escritorio, dispuesto a rebatir semejante afirmación, pero el reproche se le quedó atravesado en la garganta. Las hojas estaban dispuestas en un orden cronológico perfecto, formando una narrativa coherente que él había apenas empezado a vislumbrar.
—¿Qué demonios? —Tragó saliva—. ¿Cómo ha sabido…?
—He leído los libros que tiene en su biblioteca, monsieur. Los mismos que usted —replicó, sin asomo de disculpa.
Estupefacto, Aubin se recostó lentamente en su butaca. Sintió como si todo el peso de la Piedra del Sol descansara sobre su espalda.
—¿Quiere que me vaya? —añadió ella.
—No —dijo finalmente, sin fuerzas para despedirla—. Quédese. Pero no vuelva a tocar la colección sin mi permiso.
—Como guste, monsieur.
A partir de entonces, Sidonie se volvió imprescindible para Aubin.
Una y otra vez se veía obligado a pedirle que le ayudara a hallar entre ese marasmo de papeles observaciones que ya había escrito y desechado; y una y otra vez, invariablemente, ella le proporcionaba el documento.
Los rumores de que Aubin tenía algo más que una criada no tardaron en extenderse entre colegas y conocidos.
Una tarde de julio, se encontró por la calle, no muy lejos del Café Tortoni, ubicado por entonces en el Boulevard des Italiens, a un antiguo compañero de la École Préparatoire , que buscó confirmarlos con un pretexto cualquiera.
—He oído que tiene usted una nueva asistente —dijo a propósito de unos libros—. Una belga, según dicen.
—Mademoiselle Sidonie es mi secretaria, sí.
—Ah, secretaria. —Sonrió el otro con malicia—. Qué conveniente. Aubin le devolvió bruscamente el ejemplar que estaba examinando. —¿Qué insinúa exactamente?
—Nada, nada. La gente habla, ya sabe.
—La gente habla, sí —respondió Aubin—, sobre todo la que, como usted, no tiene nada que decir.
Y, sin esperar respuesta, se caló el sombrero y siguió su camino.
Sidonie no solo no era su amante, sino que cualquiera que se encontrara en su presencia experimentaba inmediatamente la sensación de estar, no ante una vulgar meretriz, sino ante una virgen vestal o una sacerdotisa, como las que servían en el templo de Artemisa en Éfeso, o las cihuatlamacazque de las que hablaba Tezozomoc, que eran entregadas por sus familias para servir en los templos de Huitzilopochtli y Tláloc.
Con su ayuda, Aubin se dedicó, durante los meses siguientes, al estudio del Tonalamatl y de los demás manuscritos que obraban en su poder, hasta que estuvo por fin en condiciones de compartir algunas de las conclusiones preliminares a las que había llegado.
—Lo que parecen meros dibujos —señaló en una de las escasas conferencias que dio al respecto ante un auditorio lleno a rebosar— es en realidad un sistema mnemotécnico complejo que puede sistematizarse para establecer una narrativa dotada de un significado sorprendentemente exacto.
Sin embargo, consideraba que sus esfuerzos iban mucho más allá de lo estrictamente antropológico.
—Constituyen —y así se lo dijo al público— el triunfo de la Razón occidental sobre unos textos a los que frailes y teólogos habían considerado obras del Demonio, creyendo ver la sombra de este emerger entre el humo que formaban las hogueras donde los quemaban.
La conclusión era evidente: gracias a la biblioteca de Boturini, ahora en su poder, Francia poseía una nueva piedra de Rosetta, y en él a un nuevo Champollion, que, tarde o temprano, descifraría los secretos de los dioses del Nuevo Mundo.