6. Los cuatrocientos conejos de la Rue Malebranche #2
A punto estuvo de dar media vuelta y marcharse por donde había venido, pero, recordando las máximas sobre la templanza del emperador Marco Aurelio de las que le hablara su abuelo, se dejó caer en un fauteuil cercano.
El salón tampoco revelaba en primera instancia nada fuera de lo habitual: unas sillas tapizadas en seda, algunos cuadros con paisajes pastorales y un aparador, sobre el que descansaba un reloj de bronce dorado, daban a la sala un aire más bien convencional, solo roto por unas gruesas cortinas de damasco, empeñadas en no dejar entrar la luz que se filtraba por los generosos ventanales.
En uno de los lados, la vitrina de un armario de dos cuerpos dejaba ver algunas piezas antiguas que Jean-Fréderic no lograba reconocer, pero que parecían luchar entre ellas por escapar de su cárcel de cristal.
En la pared opuesta, la hoja abatible de un secreter sostenía unos papeles engarabatados.
Ya iba a levantarse para observarlos más de cerca cuando hizo su entrada el hombre al que había ido a visitar esa tarde y con el que esperaba concluir un negocio que a buen seguro resultaría provechoso para ambos.
—No esperaba tener el placer de verle hoy, conde —dijo Aubin, haciendo una minúscula inflexión en la palabra «conde» que no le pasó desapercibida a Jean-Frédéric.
Este se levantó con intención de responder al saludo, y a la indirecta, pero su interlocutor le interrumpió:
—Tengo entendido que ha traído usted consigo algo que podría interesarme.
Aubin miró de soslayo el paquete con el que Jean-Frédéric había atravesado los jardines de Luxemburgo esa tarde y que había dejado sobre una pequeña mesa de centro cuando entró en el salón.
—Así es —respondió aquel arrimándoselo instintivamente al cuerpo, como si el envoltorio contuviera no meros papeles viejos, sino el despojo de su otrora palpitante corazón.
Hubo un silencio, durante el cual los dos hombres se tantearon con la mirada intentando discernir algún signo de duda o debilidad.
«El pasado, pasado. No hay por qué reavivar nuestras viejas rencillas», pensó Jean-Frédéric, quien encontró a Aubin envejecido, con los ojos cansados y el pelo algo encanecido.
Algo parecía haber apagado un tanto los ánimos de un hombre que no hacía muchos años se codeaba con la flor y nata de la alta sociedad mexicana, y le dio algo de lástima verlo así.
Por su parte, Aubin contempló a Jean-Frédéric, al que consideraba un arribista con talento pero sin escrúpulos, con la misma animadversión de siempre, pero, sabiendo que no estaría lúcido durante mucho más tiempo, hizo un esfuerzo por ocultar su disgusto y concentrarse en lo que este tenía que ofrecerle.
—¿Podemos ver sus famosos documentos?
Jean-Frédéric no se hizo de rogar. Deshizo con presteza el nudo que rodeaba el paquete y, retirando el envoltorio, dejó al descubierto una carpeta.
Estaba dispuesto a poner en práctica un antiguo truco de coleccionista: en lugar de mostrar a Aubin desde el principio las piezas que sabía que le interesarían más, comenzó por enseñarle otras de menor valor, de tal forma que tuviera la impresión de que su colección era mayor y mucho más valiosa de lo que realmente era.
Aubin, que había sido entrenado en el arte de adquirir libros viejos por el bibliotecario del mismísimo Satanás, no tardó en darse cuenta de la treta y fue desdeñosamente dejando de lado una hoja tras otra, descartándolas como meras copias o burdas falsificaciones.
—Waldeck, usted sabe que llevo veinte años estudiando antigüedades. Esto es una copia de una copia, ¿me toma por idiota?
No habrían pasado más de diez minutos en este tira y afloja, documento va, documento viene, cuando una mirada fugaz de Aubin, que parecía dirigirse a algún lugar indefinido de la periferia de sus hombros, reveló a Jean-Frédéric que, detrás de él, acechante, siguiendo atentamente todo lo que ocurría, se encontraba la figura pálida y esbelta, casi traslúcida, de Sidonie.
Tuvo la impresión de que la secretaria de Aubin se había aproximado a ellos levitando y no caminando.
Giró ligeramente el cuello, intentando determinar si sus pies estaban en contacto con el suelo, pero el fauteuil en el que estaba sentado y la enagua blanca en la que terminaba la parte inferior de su vestido le impidieron resolver el misterio.
Justo en ese instante, se le cayó al suelo uno de los documentos.
No constaba más que de unas cuantas hojas, pero Aubin enseguida supo de lo que trataban.
Eran las hojas que le faltaban para completar una de las joyas de su colección: el Tonalamatl.
En México, se lo habían vendido incompleto y siempre se preguntó quién habría comprado el resto. Tenía que haberlo imaginado.
Jean-Frédéric se apresuró a recoger las hojas, y al levantar el rostro, vio brillar en los ojos de Aubin un fulgor casi diabólico.
—Lo siento, pero este… No está en venta —les dijo, sacando fuerzas de flaqueza, como un vendedor de crucifijos en los Cárpatos.
Ante la insistencia de Aubin, que se negó rotundamente a adquirir nada si aquel documento no formaba parte del trato, Jean-Frédéric fingió ceder y le pidió cuatro mil francos.
Sintió el aliento de volátil de Sidonie clavársele en la nuca como una estaca, y redujo la oferta a tres mil quinientos.
Aubin le ofreció dos mil setecientos, alegando que, en su ignorancia, Jean-Frédéric se había deshecho de unas supuestas plumas de colibrí que se encontraban en la página diez.
Esa cantidad era mucho más de lo que le había costado a él el falso Robert Roskell de oro con jabonera que había adquirido en México.
Sin ánimo de seguir con la puja, aceptó.
Lejos de saciarlo, la adquisición desató la codicia de Aubin, que no tardó en desembolsar otros dos mil francos por un manuscrito de unos seis metros, elaborado en papel de agave; y antes de dar por concluida la reunión, como quien hubiera obtenido un acceso repentino al tesoro del abate Faria, adquirió por una suma similar, otros dos documentos por los que Jean-Frédéric había desembolsado en México no más de mil piastras.
—Me gustaría poder ofrecerle la acostumbrada copa de cognac con la que se celebran entre caballeros los negocios cerrados con éxito, conde —dijo Aubin, más que satisfecho—, pero mi salud me exige poner fin a este encuentro…
Con un enorme esfuerzo, Jean-Fréderic logró zafarse del fauteuil, que parecía empeñado en tragárselo, y se puso de pie.
—No se moleste, monsieur Aubin. Lo entiendo perfectamente. Es tarde y yo también debo retirarme.
Al girarse para observar mejor a Sidonie, la secretaria había desaparecido.
El propio Aubin le acompañó a la puerta, y los dos hombres se despidieron con unas breves palabras y un apretón de manos.
Cuando salió del edificio era de noche. Aunque ya no llovía, Waldeck abrió el paraguas, aliviado, y se prometió a sí mismo no volver nunca más por aquel lugar.
Apoyada contra una ventana, Sidonie lo vio perderse con paso apresurado por las calles de París, apenas un garabato a la luz de las farolas.
Tras echar los cerrojos y apagar las velas del salón, Aubin se dirigió a su estudio, situado en el rincón más apartado de la casa.
Fue caminando por los pasillos sin poder disimular su aprensión, intuyendo que algo se movía en las sombras, susurrando su nombre.
Llevaba consigo, además de un candelero, los documentos que acababa de comprarle a aquel viejo conocido, al que nunca imaginó que volvería a ver, pues estaba convencido de que, si no le mataban los forajidos que se encontraría por los caminos durante su viaje a Mérida, serían las propias autoridades mexicanas quienes se encargarían de hacerlo desaparecer o, en su defecto, el cólera que se había declarado en Yucatán y que amenazaba con extenderse por otras partes del país.
Al llegar a su estudio, miró de reojo las tinieblas que acababa de atravesar y suspiró aliviado.
No, no había visto a ninguno. De un tiempo a esta parte, le embargaba la certeza de que la casa estaba llena de conejos.
En sus momentos de mayor lucidez creía saber incluso cuándo había empezado a verlos: el día de su partida de México, en que, aterrorizado ante la idea de que los baúles fueran registrados en la aduana de Veracruz y su colección terminara requisada, deshizo con sus propias manos los cuadernos que Boturini había ordenado con tanto esmero y mezcló los papeles viejos con los nuevos, para que ningún oficial supiera distinguirlos.
Ahora creía escucharlos moviéndose detrás de las cortinas y afilando sus dientes con las patas de las mesas.
Tenía la sospecha de que ocupaban ya partes enteras del enorme edificio, del que él era en realidad el único inquilino, y que, poco a poco, se estaban apoderando del resto.
Durante el día, solo se escuchaban los rumores de la calle y el crujir de las maderas al dilatarse con el sol.
Era de noche cuando deambulaban de un lado a otro, hablando un idioma incomprensible del que, sin embargo, él creía alcanzar a distinguir algunas palabras.
Por miedo a que le tomaran por loco, únicamente le había contado sus visiones a Sidonie, su secretaria, y a Jean-Étienne, un alumno aventajado de Philippe Pinel —el famoso alienista—, que concluyó que su estado tenía todos los síntomas de un agotamiento físico y mental.
—Si no es indiscreción, monsieur Aubin —le había preguntado este durante una de sus primeras visitas—, ¿podría decirme en qué trabaja que demanda tal esfuerzo intelectual?
Desconfiado hasta la médula, Aubin arqueó las cejas.
—No creo que lo comprenda; y si lo comprendiera, dudo mucho que le interesara —respondió con desdén.