6. Los cuatrocientos conejos de la Rue Malebranche
HACÍA UN DÍA DE PERRO s, como no podía ser de otra manera tratándose de un mes de noviembre en París. Una llovizna fría desafiaba la gravedad con la ayuda del viento y aprovechaba para colarse por debajo de los paraguas y dejar a los transeúntes calados hasta los huesos.
—Lo que faltaba —dijo en voz alta Waldeck levantando las solapas del abrigo y poniendo un pie en la calle.
Había regresado a Europa hacía unos años, pero, como de costumbre, la suerte le había sido adversa.
Lord Kingsborough, del que esperaba que se convirtiera en su mecenas, había terminado su carrera de editor de antigüedades y amante de las artes en la lúgubre prisión de Dublín, a donde fue llevado por no poder pagar la deuda que había contraído con uno de sus impresores.
El desagradable episodio no habría pasado de ser una anécdota si no fuera porque lord Kingsborough, poco acostumbrado a tales rigores, contrajo el tifus durante su estancia en tan indigno lugar y falleció tres semanas más tarde, dejando a Agostino Aglio, el pintor italiano que había contratado para que copiara los códices mesoamericanos que estaban desperdigados por Europa, en la más absoluta de las miserias.
La falta de perspectivas económicas no fue, ni mucho menos, la única razón que empujó a Waldeck a dejar atrás Londres y trasladarse a París.
Haciendo innumerables sacrificios, María y Fritz habían logrado sobrevivir a las estrecheces que supuso su partida, pero, tras más de seis años sola en Londres, ella se había cansado de su ausencia, sus fantasías, sus infidelidades y sus reproches.
No la encontró en brazos de otro, como la imaginara tantas veces en México, pero sí de un humor que habría espantado a la propia Coatlicue si se hubiera tropezado con ella.
En vano se esforzó por convencerla de que el esfuerzo había merecido la pena.
Incluso trató de que le perdonara ofreciéndole unos pendientes de jade que le aseguró que habían pertenecido a la mismísima Tecuichpo Ichcaxóchitl, hija primogénita de Moctezuma II, viuda de Cuitláhuac, esposa de Cuauhtémoc y amante forzosa de Cortés.
María los miró con desprecio.
—Puedes quedártelos. Dudo que me den más de dos libras esterlinas por ellos en la casa de empeños de la esquina —le espetó.
Y antes de que Jean-Frédéric pudiera responder, le dio con la puerta en las narices.
Al ser todavía su marido, habría podido forzarla legalmente a volver con él, o incluso arrebatarle la custodia de Fritz en los tribunales, pero se contuvo.
Al fin y al cabo —pensó—, era una oportunidad para empezar de nuevo.
Unas semanas más tarde, le comunicó a María que tenía la intención de trasladarse a Francia y que, una vez asentado allí, les mandaría el dinero que necesitaran. Fue la última vez que la vio.
—Maldita lluvia —exclamó, esquivando a duras penas los charcos que las ruedas de los carruajes hacían saltar por doquier, poniendo perdidos de agua, barro y heces de caballo a los transeúntes.
Mientras se internaba en los jardines de Luxemburgo, echó un vistazo al paquete que llevaba bajo el brazo para asegurarse de que la lluvia no hubiera atravesado el envoltorio.
En su interior estaban algunos de los libros y códices que con tanto esfuerzo había conseguido sacar de México.
De poco o nada le servían ya, pues tampoco en Francia había recibido el reconocimiento esperado, o al menos no en el grado que él habría deseado.
Sí, había logrado publicar un álbum de litografías en el que narraba sus andanzas por aquellas junglas llenas de ruinas, y la Société de Géographie de Paris le había otorgado una medalla por sus pinturas.
Ahora bien, de los dos mil cuatrocientos francos de premio que le habían prometido… ni rastro.
Lo más doloroso, sin embargo, fue el escarnio público.
En los círculos eruditos de los que formaba parte, comenzaron a alzarse voces autorizadas que se burlaban abiertamente de sus teorías, acusándolo de haber manipulado la realidad según sus propios caprichos.
Afortunadamente para él, no era posible desmentirle rotundamente, o al menos no todavía, pues por aquel entonces no existía la fotografía propiamente hablando.
Lo único que había conseguido un tal Joseph Nicéphore Niépce era una especie de vista fantasmagórica y casi irreconocible de lo que se veía desde su ventana en Le Gras.
A nadie se le había ocurrido hacer lo mismo en Palenque, no fuera a ser que la instantánea atrapara a un Señor del Día o de la Noche.
Entre quienes habían criticado con mayor dureza sus conclusiones se encontraba, precisamente, el caballero al que se disponía a visitar esa tarde: Joseph Marius Alexis Aubin.
—Sí, Aubin… —masculló entre dientes mientras dejaba atrás el gran estanque octagonal del palacio de Luxemburgo y sus apesadumbrados patos—. Aubin, el soberbio. Aubin, el afortunado. Aubin, el maldito Aubin.
Aubin, al que una década antes había conocido en México, era considerado la máxima autoridad francesa sobre el pasado indígena de ese país.
Había llegado allí como enviado científico del gobierno francés, y de las observaciones astronómicas y meteorológicas que debía realizar acabó convirtiéndose, casi sin darse cuenta, en dueño de la mayor parte de los documentos que habían pertenecido al caballero Lorenzo Boturini.
Era, pues, de los pocos que comprendía el valor de los textos que Waldeck guardaba con tanto celo dentro del paquete y, quizás más importante aún, el único dispuesto a pagar por ellos.
—Ah, pero no se los venderé barato. No, eso no.
Y, dando vueltas al precio que pediría por ellos, apretó el paso, no fuera a ser que Tláloc hiciera que la lluvia arreciara y lo dejara calado hasta las vértebras.
No mucho después, con las orejas ateridas de frío y el abrigo chorreando, Jean-Fréderic se presentó frente al número 8 de la Rue Malebranche, por aquel entonces conocida con el nombre de Rue Saint-Hyacinthe-Saint-Michel.
A un costado de la enorme puerta de carruajes pendía un cordel, del que tiró con decisión, haciendo sonar la campanilla.
El concierge , un hombre de mirada estrábica y voz ronca, quizás algo más que medianamente jorobado, asomó el pescuezo desde su garita, con el mismo gesto de disgusto que si le hubieran comunicado que le llevaban al patíbulo.
—A estas horas… Siempre tienen que venir a estas horas —refunfuñó, dejando de lado el plato del que estaba comiendo y accionando el engranaje de poleas que abría el portón.
Mientras esperaba a que dejaran de chirriar los goznes, Jean-Fréderic alzó la mirada, buscando algún presagio escrito en la fachada del edificio.
Este no tenía nada de extraordinario. Era una más de esas construcciones de unas cinco plantas con buhardilla que se habían levantado durante la Restauración y en las que la típica piedra caliza parisina de color beige hacía resaltar las elegantes y geométricas líneas de balcones y contraventanas.
Con todo, la penumbra de la entrada, el hecho de que estuviera lloviendo y el que hasta las palomas que le miraban aburridas desde la cornisa parecieran una bandada de zopilotes daba al conjunto un aspecto triste, inquietante, como si fuera el palacio de otoño de un Nosferatu racionalista.
Una vez despejado el paso, Jean-Fréderic se internó en el zaguán que daba acceso al patio interior.
—¿Qué se le ofrece? —gruñó el concierge .
—Vengo a ver a monsieur Aubin.
El concierge lo miró de arriba a abajo, deteniéndose en el abrigo empapado y las botas enlodadas.
—Siga la escalera principal hasta el primer piso. La puerta de la derecha.
—Muy amable —replicó Jean Frédéric, encaminándose en la dirección que indicaba el dedo retorcido de aquel hombre.
La escalera tenía peldaños de piedra finamente pulidos que retumbaban a cada paso.
La escasa luz que se colaba por la claraboya daba a la barandilla de hierro forjado un toque grisáceo; y, en los rellanos y descansillos, las junturas de las baldosas dibujaban pequeños rombos negros.
Al llegar al primer piso, Jean-Frédéric se encaminó hacia la entrada a la que se refería el concierge .
Era una puerta de doble hoja con un llamador de bronce de rostro femenino —una diosa, tal vez— cuya expresión parecía a punto de lanzar una advertencia al visitante.
Sin darle tiempo a que lo hiciera, Jean-Frédéric levantó la aldaba y, cuando ya iba a soltarla, se abrió la mirilla con un chasquido y dos ojos inquisitivos lo escrutaron de arriba abajo.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó una voz seca desde el otro lado de la puerta.
—Tengo una cita con monsieur…
La mirilla se cerró de golpe, sin darle tiempo a terminar.
Un instante después, escuchó cómo se descorrían un número absurdo de cerrojos y una mujer de mediana estatura y piel pálida, casi traslúcida, abrió la puerta.
Jean-Frédéric sintió un escalofrío al verla.
Recuperando la compostura, le tendió su tarjeta de visita, en la que, bajo un elaborado escudo heráldico, se leía en letra inglesa «Jean-Frédéric Maximilien, conde de Waldeck».
La había hecho imprimir al poco tiempo de establecerse en Francia, país en el que quién más y quién menos se decía como mínimo barón de algún lugar remoto.
La mujer, que solo más tarde supo que se llamaba Sidonie y que hacía las veces de ama de llaves y secretaria de monsieur Aubin, leyó la tarjeta sin inmutarse y le invitó a pasar al vestíbulo mientras notificaba su llegada.
Tras una espera que se le hizo interminable y que a un verdadero conde le habría parecido indecorosa, Sidonie regresó y le acompañó al salón de recepción, donde le invitó a tomar asiento.
—Monsieur Aubin se encuentra algo indispuesto hoy, pero estará con usted en unos momentos —le dijo con un tono de amapolas de ultratumba.
Acto seguido desapareció sin ofrecerle ni siquiera un café o un tequila con el que calmar sus nervios o hacerle más llevadera la espera.