Cuatrocientos conejos 5. Una caja de zapatos #4
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5. Una caja de zapatos #4

La noticia de que un mexicano se las había arreglado para robar un códice mesoamericano de la Biblioteca Nacional de Francia y traerlo de vuelta al país del que nunca debió salir corrió como la pólvora en los medios de comunicación de la capital y del país entero.

Que se difundiera tan deprisa fue en parte gracias a Lucía Carrillo, que se pasó toda la noche colgada al teléfono, cobrándose, uno por uno, los favores que veinte años de profesión le habían ido dejando a deber.

Contó, eso sí, con la ayuda inestimable del agregado de prensa de la embajada francesa en México, el cual generó un torrente de indignación a escala nacional al manifestar su «satisfacción» por la captura de José Luis Castañeda del Valle e insistir en que daría los pasos oportunos para recuperar lo que «es nuestro», refiriéndose al Tonalamatl.

El gobierno, que apenas si había prestado atención al caso, se apresuró a cambiar su posición.

El país atravesaba un periodo de profundas turbulencias financieras que habían puesto a la administración del presidente López Portillo contra la pared.

Lo último que necesitaba era que además se le viera como un lacayo de Francia, y precisamente en un tema —la recuperación del patrimonio arqueológico mexicano— que había sido una de sus banderas durante los años anteriores.

Si las relaciones con Mitterrand y sus secuaces tenían que irse al carajo, que se fueran.

La Procuraduría General de la República anunció la liberación sin cargos de José Luis Castañeda del Valle apenas unas horas más tarde.

Aseguraba carecer de argumentos para imputarlo formalmente y contradecía el rumor según el cual las autoridades habrían considerado la posibilidad de extraditarlo a Francia para que rindiera allí cuenta de sus acciones.

Hurgando en la herida abierta en las relaciones bilaterales, que ya antes no pasaban por su mejor momento, anunció además que el códice en cuestión, formado por 18 hojas originales de 24 por 27 centímetros, tampoco sería devuelto a la Biblioteca Nacional de Francia, ya que formaba parte del irrenunciable derecho de México a recuperar su patrimonio cultural.

En concierto con su abogado y sus colegas de Quintana Roo, Castañeda del Valle no desaprovechó la oportunidad que le brindaban la atención de la televisión mexicana y distintos medios nacionales e internacionales para convocar una rueda de prensa en la que dar una de las muchas versiones que circularían sobre lo sucedido.

La sala estaba llena a reventar cuando entró en ella vestido de guayabera blanca y pantalón de gabardina. Tomó asiento, colocó las manos sobre la mesa y miró a los periodistas con su sonrisa característica. Estos empezaron con sus preguntas.

—José Luis, José Luis, ¿cómo se siente?

—Pues como Héctor «Pecho de Águila» Zelaya antes de marcarle el gol a España.

—Le han tratado bien en prisión.

—Tan bien como cabe suponer.

Las preguntas rápidamente se dirigieron a lo ocurrido los días de los hechos.

—¿Por qué lo robó? —preguntó alguien desde el fondo.

Castañeda del Valle respondió lo primero que se le pasó por la cabeza.

—Robé el códice porque me indignó la actitud de la empleada de la biblioteca. Cuando solicité ver el manuscrito, se echó a reír y me dijo que había venido tan lejos a verlo porque en México estos documentos los tiramos en cualquier rincón. —Hizo una pausa—. No lo pude tolerar.

La explicación suscitó entre muchos de los presentes un murmullo de desaprobación hacia tan despreciable actitud y una sincera admiración hacia quien de forma tan galante había defendido el honor de la patria.

—Salí de la biblioteca, tomé un taxi al aeropuerto de Orly y abordé un avión con rumbo a Madrid.

Tenía intención de ver el Códice Trocortesiano en el Museo de América, pero estaba en restauración.

—Se encogió de hombros con la naturalidad de quien lamenta un contratiempo menor—.

De Madrid me fui a Egipto a conocer las pirámides.

Regresé a Cancún a través de Nueva York y Nueva Orleans.

A la mención de Nueva York, uno de los periodistas que trabajaban para el diario español El País hizo referencia a quienes lo acusaban de ser un vulgar traficante de antigüedades.

—Eso es mentira. Nunca traté de comerciar con el Tonalamatl —respondió indignado—. Siempre tuve la intención de entregarlo a las autoridades mexicanas competentes. Lo que hice fue recuperar algo que nos pertenece.

—¿Y dónde ha estado el Tonalamatl todo ese tiempo?

—En mi escritorio, perfectamente envuelto en papel de seda. Aunque debo aclarar que los agentes del comandante Ventura, al encontrarlo, decidieron transportarlo en una caja de zapatos. No sé lo que habrán pensado los dioses de tan humilde alojamiento, pero yo preferiría no preguntárselo.

Hubo risas y chascarrillos entre los asistentes, que siguieron bombardeándole a preguntas que permitieran a los lectores tener una imagen más exacta de ese hombre alto y algo desgarbado que, con temeridad inusitada, se había atrevido a rectificar una injusticia histórica ante toda una antigua potencia colonial como había sido Francia.

Desde un lateral de la sala, con su credencial de Televisa colgada al cuello, Lucía lo veía crecerse ante las cámaras, y negaba con la cabeza, entre divertida y resignada, las ocurrencias de José Luis.

En algún momento sus miradas se cruzaron.

Él le guiñó un ojo. Coqueta, ella le mandó un beso.

Después, se dio la vuelta y volvió a su libreta, porque —se dijo— tenía una crónica que escribir y hay cosas que es mejor dejar donde están.

Cuando terminó la rueda de prensa, periodistas, camarógrafos y curiosos se arremolinaron alrededor de José Luis y le acompañaron hasta la salida.

Florentino contemplaba la escena desde la puerta del edificio de enfrente fumando un cigarrillo y acompañado, como casi siempre, de dos de sus hombres vestidos de paisano.

—No lo puedo creer. Lo sueltan así nomás —dijo uno.

—¿Y qué esperabas? —le respondió Florentino.

—Esto es una mamada —murmuró el otro.

Castañeda sonreía para las cámaras levantando el puño. Alguien le había dado una bandera mexicana. No era ni un ladrón ni un pícaro. Era un pinche héroe.

—Raro será que Los invasores de Nuevo León no le hagan un corrido—, dijo Florentino tirando la colilla y escupiendo al suelo.

Y sin más, los tres policías subieron al coche y desaparecieron en dirección a la Rue Malebranche.