Cuatrocientos conejos 5. Una caja de zapatos #3
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5. Una caja de zapatos #3

—Pues todo dependerá de los años que me caigan —suspiró.

Al contrario que su otro compañero de celda, Castañeda no durmió mucho esos días.

Se quedaba mirando la bombilla desnuda como quien mira un pálido reflejo de Tonatiuh, el que va alumbrando, la deidad de lengua de cuchillo que aparece en el centro de la Piedra del Sol.

Y, sin quererlo, sus pensamientos se iban a los dioses que había tenido secuestrados en su caja de zapatos y que probablemente estarían prestando declaración contra él por las muchas ignominias que les había hecho pasar desde que agarraron el avión de vuelta a México.

—Pero ¿qué otra cosa podía haber hecho yo? —mascullaba en su catre José Luis—. Si no fui yo quien lo eligió, fue él quien me eligió a mí.

Y es que uno cree que es uno el que elige los libros, pero al final son los libros los que le eligen a uno, como el Códice Calixtino eligió al papa Calixto II.

Había tratado de explicárselo a todos ellos como buenamente pudo muchas veces, pero tan solo Tlazolteotl, la devoradora de inmundicias, la que tiene el poder de perdonar faltas morales, por lo que se la suele representar defecando, estuvo dispuesta a escucharlo.

Contra todo pronóstico, quien también se tomó la molestia de escucharle fue el abogado de oficio, el cual no solo llevó el caso de forma más profesional de lo esperado, sino que, gracias a sus gestiones, Castañeda del Valle logró hacer llegar a sus conocidos una desesperada petición de ayuda.

Estos fueron llamándose los unos a los otros hasta que finalmente la noticia de su encarcelamiento llegó a oídos de Lucía Carrillo, corresponsal de Televisa en Cancún y miembro de la Asociación de Periodistas del Norte de Quintana Roo, de la que Castañeda del Valle era asesor jurídico desde su fundación.

Lucía era una mujer de cuarenta y pocos años, menuda y de voz ronca de tanto fumar, que había cubierto huracanes, escándalos urbanísticos y más de un crimen que a punto había estado de costarle el pellejo, y que no se arrugaba a la hora de destapar negocios turbios, ya fueran del tendero de la esquina o del hijo del gobernador.

Ella y José Luis se conocían desde hacía tiempo y compartían las preocupaciones típicas de la profesión: la libertad de prensa, la independencia editorial, lo abultado del riesgo y lo escaso del sueldo.

Hubo un momento, allá por los primeros años de la asociación, en la que todos daban por sentado que aquella complicidad terminaría por convertirse en otra cosa.

Y no andaban muy desencaminados: una noche, en una marisquería del puerto, faltó muy poco para que la besara.

Pero José Luis era hombre de aplazarlo todo, lo importante y lo intrascendente, y cuando quiso darse cuenta Lucía se había casado con un ingeniero de Mérida del que ya estaba, por cierto, oportunamente divorciada.

Los hombres de Florentino la habían investigado junto al resto de los miembros de la asociación y la habían descartado sin más, convencidos de que ninguno de ellos sabía nada del Tonalamatl ni del robo.

Nomás supo dónde lo tenían detenido, Lucía se presentó en la comisaría esa misma tarde con ropa limpia para José Luis, una bolsa de tamales que el sargento de guardia inspeccionó detenidamente, quedándose finalmente con uno, y varios nombres y números de teléfono a los que pensaba llamar esa misma noche.

Cuando por fin estuvieron frente a frente, le dio un abrazo y bajó la voz para que el sargento no la oyera.

—Esto va a salir en el noticiero de las diez, José Luis. Ya me encargo yo. Para mañana lo sabe todo México.

—No quiero que te metas en líos por mí.

—Demasiado tarde. Tú dedícate a parecer inocente, que para eso tienes esa cara de angelito que Dios te ha dado.

José Luis esbozó una sonrisa por primera vez en dos días e intentó decirle algo, pero un carraspeo del sargento le recordó dónde estaba, y se calló, como siempre.

A pesar de sus esfuerzos, ni Lucía ni su abogado pudieron hacer nada contra la orden de trasladarlo por avión al D.

F. que llegó temprano al día siguiente. De camino al aeropuerto, José Luis apenas si acertó a reconocer las calles que él mismo había recorrido tantas veces, tan escasa era la luz que entraba en el habitáculo.

El trayecto se le hizo eterno, aunque probablemente no pasaran más de veinte o veinticinco minutos antes de que lo hicieran descender del vehículo y lo llevaran, a través de corredores reservados a empleados y fuerzas del orden público, hasta la aeronave que lo trasladaría a la capital.

Una vez dentro, lo sentaron en el lado de la ventanilla, con Florentino Ventura a su costado, y un par de sus hombres en el asiento de atrás.

Antes de despegar, le quitaron las esposas.

—No se emocione, licenciado. Tan solo es para no tener que cargar con usted al hombro en el caso de que esta vaina tenga un accidente.

Aun así, Castañeda del Valle le agradeció el gesto.

Ya en el aire, el avión giró sobre el mar para tomar rumbo noroeste.

De repente, Cancún se le apareció delante de los ojos en todo su esplendor desarrollista: una franja de arena entre el Caribe y la laguna Nichupté, con sus hoteles y sus hamacas, y más allá su característica cuadrícula de supermanzanas extendiéndose hacia el interior como un organismo insaciable.

Unos minutos más tarde, el avión sobrevolaba la península de Yucatán.

El verde uniforme e infinito de los árboles era interrumpido de vez en cuando por el destello de un cenote o por el trazo geométrico de alguna carretera.

Luego el verde fue haciéndose más claro, más seco, y aparecieron los primeros indicios de la llanura yucateca con sus pueblos blancos, sus plantaciones de henequén y sus solitarios caminos.

Y después, durante un largo rato, la nada azulada del Golfo de México, el mismo desierto de agua que atravesaran Waldeck y Boturini en pos del documento que él había traído de vuelta a México.

—Mírelo bien, que igual no vuelve a ver el mar en una temporada —le dijo Florentino.

Castañeda no dijo nada. Florentino pidió un whisky a la azafata, que justo en ese momento pasaba a su lado. Saboreó el trago, y volvió a la carga.

—Y dígame, aunque solo sea para matar el aburrimiento, ¿por qué puso su nombre verdadero en el registro de la biblioteca?

—Porque yo no me robé nada —dijo Castañeda sin volverse, con una compostura que si Florentino hubiera estudiado literatura habría calificado de «quijotesca».

—¿Ah, no?

—No, yo recuperé algo que era nuestro. Los ladrones se esconden. Yo no tenía por qué.

Florentino consideró esto mientras le daba un sorbo al whisky .

La explicación era una imbecilidad, pues José Luis había escondido en Tonalamatl durante meses en su apartamento sin razón aparente, pero hay imbecilidades e imbecilidades, y esta tenía cierta lógica, así que, para saber hasta dónde estaba dispuesto a llevarla, le pinchó un poco más.

—¿Y si le hubiera salido mal?

—Me salió mal —dijo Castañeda—. Fíjese dónde estoy. Sentado al lado de usted.

—Me refiero a si hubieran descubierto lo que llevaba antes de salir de la biblioteca.

—No sé. Habría dicho que iba a tomar un café y que ahoritita regresaba, que me daba no sé qué dejar a tanto dios suelto por la biblioteca no fueran a destrozarla.

Florentino fue incapaz de reprimir una breve carcajada.

—Usted está bien loco, licenciado.

—Eso me han dicho.

Dos horas después, el Distrito Federal apareció por la ventanilla como una gigantesca mancha gris y marrón rodeada de montañas que se esfuerzan en vano por contenerla.

El avión inició el descenso sobre Iztapalapa y Castañeda del Valle sintió que se le aceleraba el pulso.

Le habrían venido bien un par de tequilas y un tranquilizante, como los que se tomó el día del robo.

Una vez aterrizados, Florentino le puso las esposas de nuevo antes de que abrieran la puerta, más por costumbre que por miedo a que su prisionero fuera a salir corriendo.

—Disculpe, licenciado, pero usted me entiende… Las ordenanzas son las ordenanzas.

Con lo que no contaba Florentino era con que la prensa estuviera ya esperándoles a la salida de la terminal, intentando captar una instantánea del detenido y conseguir una declaración. El ruido de las cámaras y los flashes los rodeó por todas partes.

En la foto que al día siguiente publicara El Universal salen los dos.

El comandante Florentino Ventura aparece vestido de traje y corbata, perfectamente peinado, con una raya a la izquierda y un tupé que le cae sobre la frente, bigote y patillas a juego.

Se diría que su mano derecha sujeta con fuerza el brazo izquierdo de José Luis, que está ligeramente adelantado, escorado hacia delante, como si estuviera esposado.

Al contrario que su captor, mira a la cámara de frente, con una media sonrisa dibujada en el rostro que parece la de un escolar travieso al que el profesor estuviera sacando del aula de clase.

—Y estos pendejos —le preguntó a uno de sus hombres tras dejar atrás a los periodistas— ¿cómo se enteraron de que íbamos a estar aquí?

—No sé, jefe, pero parece que no se habla de otra cosa por la tele.

Efectivamente.