5. Una caja de zapatos #2
—¿Una operación encubierta financiada por el INAH, licenciado?
Pero si esos no tienen donde caerse muertos.
He visto sus instalaciones en Cancún. Tienen un Volkswagen del 71 sin cuarta velocidad y una secretaria que hace las veces de arqueóloga los fines de semana.
Es posible encontrar algún comunista entre ellos, pero no creo que esto haya sido una conjura de historiadores.
Bermúdez no sonrió, pero no porque no le hiciera gracia el chiste, sino porque una extraña convulsión de la cara delataba que sus músculos faciales habían olvidado cómo hacerlo.
—En México nunca se sabe, Florentino. Déjame hacer un par de llamadas. No cuesta nada asegurarse.
—Como usted diga, licenciado.
—Y mientras tanto, no lo pierdas de vista. Que no se nos vaya a Egipto otra vez.
—Descuide.
Florentino salió del despacho con la certeza de que las llamadas no revelarían nada que él no supiera ya, pero también sabiendo que habría sido irresponsable por parte de su jefe no hacerlas.
Unos pocos días después, con la tranquilidad de quien cree tener todos los triunfos en la mano, el jefe de Florentino firmó la autorización judicial para detener a José Luis Castañeda del Valle y registrar su apartamento en Cancún.
Florentino la leyó dos veces para asegurarse de que todo estaba en orden, la dobló, se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta y encendió un cigarrillo.
—Vámonos —dijo a sus hombres con un tono similar al que Julio César habría empleado para arengar a sus legiones si hubiera sido mexicano.
Los agentes irrumpieron en el apartamento un martes por la mañana, antes de que José Luis saliera a tomar un café en el bar de la esquina, como era su costumbre.
Dos de ellos subieron las escaleras exteriores del edificio mientras Florentino esperaba fumando en el coche, como aguardando el momento adecuado para hacer su aparición.
La mañana olía a salitre y a tortillas recién hechas, y alguien tenía puesta la radio con las noticias de las siete.
El apartamento estaba en el segundo piso.
La puerta era de madera, con una cerradura que no habría sobrevivido ni diez segundos en el D.
F., pero que aquí, en el Cancún de los años ochenta, se consideraba más que suficiente.
Los agentes dudaron si echarla abajo a las bravas, pero, por una vez en su carrera y sin que sirviera de precedente, llamaron a la puerta.
Nada. Volvieron a llamar. Ya estaban por cargar contra ella cuando escucharon un ruido de pasos.
Luego silencio. Finalmente, la puerta se entreabrió hasta donde lo permitía una pequeña cadena de seguridad y Castañeda del Valle se asomó, todavía medio adormilado, por el resquicio.
—¿Quién…?
—Policía federal. Abra la puerta.
Por un instante dudó si cumplir la orden, pero no habría tenido mucho sentido resistirse: hasta un simple empujón habría sacado la cadena de madre. Entornó la puerta, descorrió el cerrojo y abrió.
Los agentes lo encontraron vestido tan solo con una camiseta blanca y unos calzoncillos con estampado de palmeras.
La toalla en el hombro indicaba que le habían sorprendido en el momento justo en el que se disponía a darse una ducha.
Domínguez le mostró la placa. Castañeda la miró con atención, como intentando verificar que era auténtica, cosa imposible de conseguir en los brevísimos instantes en que la tuvo delante de sus narices.
—Necesito ponerme los zapatos… un pantalón… —dijo.
—Después —respondió Domínguez, mientras su compañero miraba en las habitaciones para asegurarse de que no había nadie más en el departamento.
—Está limpio.
Uno de ellos agarró un walkie-talkie y le comunicó la información a Florentino, el cual arrojó por la ventana el cigarrillo que estaba fumando y salió del vehículo ajustándose las gafas de sol, con la cabellera resplandeciente y ese paso lento pero firme que le había hecho merecedor del apodo el Tigre.
El apartamento era como tantos otros de la zona: pequeño, algo caótico, con los platos de la noche anterior sin recoger y una maquinilla de afeitar usada en el lavabo, señales inconfundibles de un hombre que vive solo y no espera compañía, y mucho menos femenina.
Pilas de revistas y periódicos se acumulaban sobre la mesa del comedor, al lado de una Olivetti que tenía todavía una hoja a medio escribir en el carro, como si a la pobre máquina le hubiera dado un síncope y hubiese expirado en mitad de una frase.
En el salón, un mapa de México sujeto al muro con chinchetas de colores y un póster promocional de Cancún daban algo de color a una pared en cuyas esquinas se observaba moho y otras marcas de humedad.
Cuando Florentino llegó al apartamento, José Luis estaba sentado en el borde del sillón, con los codos en las rodillas y las manos juntas, dejando hacer a los agentes, que abrían cajones y armarios y esparcían sus contenidos por doquier de mala manera.
Podría haber evitado el registro, pues le habían comunicado claramente lo que buscaban, pero él —normalmente locuaz— había optado por no decir nada, todavía en estado de shock.
Florentino se limitó a dejar que sus hombres hicieran su trabajo, apoyado en el marco del umbral, observando a su presa detenidamente, aguardando el instante final en el que uno de los suyos decía en voz bien alta, de forma que al sospechoso se le hiciera un nudo en la garganta:
—Aquí hay algo, jefe. Venga.
Efectivamente, encontraron a Tláloc, Tezcatlipoca, Xiuhtecuhtli y el resto de los dioses y Señores del Día y de la Noche que pueblan el Tonalamatl escondidos en un armario del dormitorio, dentro de una caja de zapatos, indignados de haber pasado casi dos meses en tan impropio aposento.
Florentino regresó al salón llevando el Tonalamatl en una mano y la caja en la otra.
—¿Una caja de zapatos? —le dijo a José Luis—. ¿En serio?
Castañeda no respondió. Apenas si acertó a levantar la mirada y poner cara de conejo asustado.
Tuvo el impulso de confesarlo todo ahí mismo, de contarle a ese guerrero temible de gesto fiero y traje impecable: cómo había robado el Tonalamatl de la Biblioteca Nacional de Francia; a dónde había ido después; con quién había hablado; por qué no se había ido derechito al INAH a depositar el documento nada más aterrizar en México; qué le había llevado a guardarlo en su apartamento durante casi tres meses desde entonces; qué pensaba hacer con él; todo, confesarle todo.
Y lo habría hecho si sus estudios de leyes y sus años de abogado no se hubieran interpuesto, de tal forma que lo único que acertó a balbucear fue:
—Conozco mis derechos.
Florentino sintió el impulso de darle un par de bofetadas bien dadas.
Al fin y al cabo, hacerlo casi formaba parte del procedimiento reglamentario de la policía judicial en estos casos, pero su instinto, que tanto le había servido en otras situaciones, le decía que en esta ocasión era mejor contenerse.
—Levántenlo. Nos lo llevamos.
Uno de los agentes se acercó.
—¿Nada más, jefe?
—Nada más. Ya le romperemos la madre más adelante, si hace falta.
Lo llevaron primero a la comisaría de la Policía Judicial Federal en Cancún. Allí, le tomaron los datos, le fotografiaron de frente y de perfil e hicieron una impresión de sus huellas con una tinta azul que tardó tres días en quitarse de los dedos.
La declaración duró casi nueve horas. Florentino dejó que un agente de bigote escaso y bolígrafo mordisqueado, al que apodaban la Apisonadora, hiciera las preguntas.
El apodo no le venía por su brutalidad física —de hecho, era un tipo bajo, de constitución más bien enclenque y gafas de alambre—, sino por su capacidad para aniquilar psicológicamente a quien se le pusiera delante repitiendo sin cesar la misma cantinela.
Como todos, José Luis se mantuvo en sus trece al principio, y no soltó ni prenda, pero poco a poco la Apisonadora empezó a hacer mella en él.
Reconoció haber estado en París. Reconoció haber consultado los fondos mexicanos de la Biblioteca Nacional de Francia.
Pero no reconoció haber sustraído nada. No aclaró si estuvo o no estuvo en Madrid, ni qué había hecho durante su escala en Nueva York.
Los cargos formales se le comunicaron al día siguiente.
Estaba detenido por tráfico de bienes culturales, sustracción de patrimonio ajeno y violación de la legislación internacional sobre protección de monumentos y antigüedades.
El abogado de oficio que le asignaron era un hombre joven, recién salido de la facultad, con una americana que le quedaba algo grande y un maletín de cuero sintético.
Tenía cara de no haber dormido bien las últimas semanas, aunque más por trasnochar con turistas canadienses hasta altas horas de la madrugada que por quedarse en vela preparando las vistas del día siguiente.
—Voy a hacer todo lo que pueda —le dijo en el primer encuentro, con una convicción que, a pesar de todo, sonaba genuina.
—¿Cómo lo ve? ¿Muy mal?
—No. No se crea. Al parecer, las autoridades dudan si es mejor extraditarle a usted a Francia o ahorrarse el pasaje y enviarlo directamente a la Guyana —respondió, intentando quitar hierro al asunto.
José Luis pasó dos noches en los calabozos de la comisaría dedicada a los delincuentes de tercera, es decir, a los que se juzgaba menos peligrosos.
La celda era pequeña, con un catre de metal, una bombilla desnuda encendida permanentemente y una ventana con barrotes orientada a un callejón por el que, de vez en cuando, se escuchaba pasar una motocicleta.
Compartió espacio durante unas horas con un anciano que había sido detenido por contrabando de tabaco y un muchacho de unos dieciocho años que se pasó los dos días durmiendo.
—Y a usted, ¿de qué lo agarraron? —le preguntó el anciano desde el otro catre.
—Robé un manuscrito de una biblioteca en Francia.
—Híjole. ¿Y valió la pena?
José Luis pensó en el Tonalamatl y consideró un momento la situación en la que se encontraba.