Cuatrocientos conejos 5. Una caja de zapatos
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5. Una caja de zapatos

EL COCHE , un Datsun color blanco, estaba estacionado al otro lado de la calle, en un barrio popular de Cancún.

Dentro, el conductor, un hombre de tez cobriza y grandes bigotes negros, hacía tamborilear los dedos sobre el volante, siguiendo a través de sus gafas oscuras a las personas que pasaban por la calle.

—Ese es, jefe.

—¿Lo levantamos? —preguntó su compañero.

—No. Todavía no —respondió el comandante Florentino Ventura, de la Interpol mexicana, desde el asiento de atrás.

Ignorante de que estaba siendo vigilado, Castañeda del Valle caminaba tranquilamente por la acera, y se había detenido a saludar a un vecino. Florentino lo escudriñaba de arriba a abajo.

—Míralo. Guayabera blanca. Cara de pendejo. Puso hasta su dirección en el registro de la biblioteca.

—¿Y? —intervino uno de sus dos hombres.

—Para mí que ese güey tiene pinta de amateur . Y los amateurs cometen errores. Déjenlo moverse.

El que se sentaba en el asiento del conductor dejó de dar golpecitos al volante.

—Muy bien, pero ¿y si se nos escapa?

Florentino sonrió. A él nunca se le escapaba nadie, mucho menos un quedado como ese.

Por aquella época, el comandante Florentino «el Tigre» Ventura era ya una leyenda en México.

Su fama no haría más que crecer en los años siguientes, hasta el punto de que el grupo norteño Los invasores de Nuevo León terminarían dedicándole el corrido que lleva su nombre.

Natural de Colima, cuna de hombres cabales, se decía que Florentino había intentado ser torero y sacerdote antes de convertirse en agente del orden.

Una vez en el cuerpo, no tardó en destacar tanto por su perspicacia como por su falta de escrúpulos.

Ambas cualidades le llevaron a convertirse en la cabeza de la Interpol en México y una de las figuras más notables en la lucha contra el narcotráfico, lo que le granjeó algunos amigos y no pocos enemigos.

Ni muy alto ni muy bajo, de complexión fuerte, risa fácil y amante del whisky , la DEA lo consideraba el mejor, y el peor, policía de México, alguien capaz de torturar a un sospechoso con la misma tranquilidad con la que se liaba un cigarrillo.

El caso que ahora tenía entre manos era posiblemente el más inocuo de toda su vida profesional.

José Luis Castañeda del Valle no era un narcotraficante ni uno de los muchos subversivos de izquierdas a los que Florentino había ajustado las cuentas a lo largo de su carrera, pero a él tanto le daba cuál había sido su crimen.

Una vez que las autoridades francesas transmitieron el nombre del ladrón y su descripción física a la Interpol, era solo cuestión de tiempo que el asunto acabara en su escritorio.

No le resultó difícil encontrarle. Para estupefacción de la policía francesa y mexicana, José Luis había apuntado su verdadero nombre y dirección en el registro de la Biblioteca Nacional de Francia y en el hotel en el que se había alojado en París.

Ese era un gesto cuando menos inusual en el gremio de los delincuentes con los que Florentino estaba habituado a tratar.

Si decidió no detenerlo en ese mismo instante fue porque, como le dijo a su subordinado, le picaba la curiosidad por saber si formaba parte de una red más amplia de traficantes de antigüedades o si había actuado protegido por algún cretino del gobierno.

Mejor asegurarse de que no hubiera actuado por orden de algún pez gordo, no fuera a ser que, intentando atrapar a una lagartija, metiera la mano en un avispero.

Los hombres de Florentino, policías curtidos, vestidos de paisano y acostumbrados a mezclarse con el populacho, lo observaron durante días dirigirse a la pista de atletismo cada mañana.

Calentaba durante diez minutos con una seriedad digna de un dios olímpico y luego echaba a correr con una zancada larga y algo torpe.

Sentados en las gradas, los policías apuntaban todo lo que les llamaba la atención, con quién hablaba cada vez que se detenía a saludar a alguien e, incluso, por puro aburrimiento, cuánto tardaba en darle una vuelta a la pista.

—¡Qué bárbaro! Lleva ya cuarenta minutos sin parar —dijo uno.

—Eso lo explica.

—¿Explica el qué, güey?

—Qué va a ser, pues, que no lo atraparan los franceses. Míralo nomás. Corre como conejo.

Por más que preguntaron, ninguna de las personas con las que hablaron los hombres de Florentino tenía la más mínima conexión con el mundo del arte o de las antigüedades ni dejaban entrever —o podían siquiera imaginar— que José Luis pudiera estar involucrado en algo turbio, y mucho menos en un robo con importantes ramificaciones internacionales.

—Lo adoran, jefe. El güevón sería el esposo ideal de la madre Teresa de Calcuta.

—Sí, y yo una de sus monjas —respondió Florentino—. Sigan. Sigan.

Tampoco en la escuela de fútbol «Quetzalcóatl», a la que iba un par de veces por semana para entrenar a los chavales y jugar él mismo como alero en el equipo de las categorías superiores, tuvieron más suerte.

Había grupos de niños corriendo detrás del balón por todas partes, arremolinándose en torno a las porterías con la universal esperanza de marcar gol.

En un momento dado, una pelota acabó a los pies de uno de los hombres de Florentino, al que le llamó la atención algo que el mocoso que vino a buscarla llevaba colgado al cuello y que no supo identificar.

—Oye, qué bonito es eso que llevas —le dijo al pasar a su lado.

El niño lo miró con orgullo.

—Me lo trajo José Luis de su viaje. De Egipto, ¿sabe? Llegó hace como dos meses, bien emocionado. Dijo que había ido a ver las pirámides y que eran lo más parecido que había visto a Teotihuacán, pero más grandes y más viejas y sin la selva.

—¿Y qué cosa es?

—Dice que es un amuleto. Un escarabajo. Que en el antiguo Egipto eran sagrados. Me lo regaló porque dice que tengo cara de faraón.

Desde el campo se escuchó un pitido, indicando que el entrenamiento iba a recomenzar.

—Ándale, ándale. Que llegarás tarde, faraón.

Algo más de suerte tuvieron Feliciano y sus hombres durante el registro del despacho, situado en una zona céntrica de Cancún, cerca del parque de las Palapas, en un edificio de dos o tres plantas construido a toda prisa en los años setenta y que ya empezaba a mostrar el desgaste del clima caribeño.

No les costó mucho entrar. Una patada en la puerta y listo.

Una vez dentro, lo revolvieron todo en busca del Tonalamatl.

No lo encontraron, pero sí hallaron el resguardo de un billete de tren con destino Bruselas y un sobre con fotos: José Luis en El Cairo; José Luis dando un paseo en camello alrededor de las pirámides; José Luis comprando azafrán, comino o cardamomo en el bazar de Jan el-Jalili; José Luis en el Café Riche o en El Fishawy, disfrutando de una shisha y de un té de hibisco; José Luis ante la máscara de Tutankamón en el Museo Egipcio; José Luis abrazado al guía local, borrachos los dos como cubas, sosteniendo unas babuchas.

En unos cajones aparecieron también notas, números de teléfono, dibujos y varios artículos académicos sobre astrología azteca.

No se llevaron nada excepto algo de dinero y unas pocas cosas de valor, de tal forma que Castañeda del Valle no sospechara de que tenía a la policía pisándole los talones y pareciera que el destrozo lo habían causado unos simples rateros.

Con esa información y otras obtenidas de sus propias fuentes, Feliciano regresó al D.

F. y consultó con sus superiores sobre los pasos a dar, pues había varios cabos sueltos que no acababan de cuadrar.

Había indicios que apuntaban a que Castañeda del Valle podría haber pasado por Madrid, donde habría intentado robar sin éxito el Códice Trocortesiano , el más extenso de los códices mayas conocidos y que, como el Tonalamatl, es también un manual de adivinación y rituales religiosos.

Por su parte, los servicios de seguridad franceses aseguraban tener pruebas de que José Luis Castañeda del Valle se había detenido en Nueva York antes de volver a México.

Allí habría intentado vender el Tonalamatl a varios conocidos anticuarios de la Gran Manzana.

Desde luego, no era una posibilidad descabellada.

Si alguien quería deshacerse rápidamente de un manuscrito como el Tonalamatl, Nueva York era sin duda el sitio al que dirigirse.

—Pero qué quiere que le diga, jefe —señaló Florentino a su superior—.

Los gringos que yo conozco no se fiarían de un amateur , sobre todo cuando hay una orden de busca y captura de la Interpol.

Con un poco de suerte, quizás el muy cretino todavía tenga en su poder el documento y esté buscando comprador.

Florentino conocía a su jefe desde hacía más de una década.

Era un hombre de pocas palabras y muchas precauciones, cualidades que le habían permitido sobrevivir a cuatro sexenios y dos cambios de procurador sin que nadie le hubiera puesto una bala entre los ojos u obligado a que vaciara su escritorio.

—¿Y estás seguro de que no hay nadie detrás? —preguntó finalmente.

—Nadie que hayamos encontrado, licenciado. Lo hemos revisado de arriba abajo. El tipo actúa solo. No tiene conexiones con ninguna red conocida, ni nacional ni internacional. Sus contactos son un abogado de cuarta, dos o tres periodistas de provincia y una escuela de fútbol infantil.

—¿Y políticamente?

—Nada. Es del PRI de toda la vida, como todos, pero sin militancia activa. Nunca ha tenido cargo, nunca ha pedido favores, nunca ha cobrado ninguno.

El jefe de Florentino asintió muy despacio, sin cambiar de postura.

—Tú me estás diciendo que este individuo actuó por su cuenta, pero ¿no podría haber sido una operación encubierta?

¿Alguien del gobierno que quería un golpe de efecto?

El presidente López Portillo ha hecho de la recuperación del patrimonio cultural una de sus banderas.

Lo ha mencionado en no sé cuántos discursos.

Florentino tardó un segundo antes de responder, el tiempo justo para no parecer desconsiderado.