4. La de la falda de serpientes #6
Dedicó el tiempo que estuvo allí a copiar ruinas, estelas y jeroglíficos, convencido de que solo acumulando el mayor número sería posible descifrar lo que decían.
En ellos creyó encontrar evidencia de que los mayas eran el vestigio de una antigua civilización asiática con conexiones egipcias, de que habían poseído y adorado a los elefantes y que habían sido gobernados por una raza de mujeres libertinas descendientes de Votán, el organizador del cosmos y fundador de Palenque, según los cronistas coloniales.
Dedujo que el templo conocido como El Palacio —que ya reflejara Armendáriz— había sido la residencia de una poderosa reina que usaba como especie de sofá un tigre de dos cabezas, que algunos de los estucos representaban símbolos fálicos y que las celdas sin ventanas del edificio habían servido para bacanales secretas.
Él mismo tampoco dejó pasar cuanta ocasión tuvo para acostarse con las descendientes de esas intrépidas amazonas, al menos hasta que finalmente contrajo gonorrea y tuvo que abandonar las ruinas para buscar remedio en Tabasco.
El médico, un mestizo que no veía la hora de abandonar la región, le examinó sin levantar la vista.
—¿Cuántas mujeres?
—¿Es eso relevante?
—Para el tratamiento, no. Para mi curiosidad, sí.
—No le concierne.
—Ya veo. Pues tendrá que aplicarse mercurio. Dos veces al día. Durante un mes.
—¿Mercurio? ¿No hay otra cosa que pueda recetarme?
—Si gusta, puede probar con oraciones. Dicen que funcionan igual de bien.
Waldeck pagó por el ungüento sin decir palabra.
Las pesadillas, que le acompañaban allí donde iba, se hicieron todavía más vívidas tras su enfermedad venérea.
A veces soñaba que le perseguían las serpientes, otras que él y su porteador se hundían en las tierras cenagosas, y aun otras que las monstruosas figuras de los dioses mayas se levantaban de sus tumbas de piedra y cobraban vida mientras dibujaba.
Mandó a lord Kingsborough alguno de sus dibujos y el noble irlandés le respondió agradecido, prometiéndole incluir sus láminas como parte de su colección Antiquities of Mexico .
Animado por su respuesta, se propuso además obtener la suculenta recompensa que, según le habían dicho, había prometido la Société de Géographie de Paris al primero que fuera capaz de proporcionar una reproducción exacta de todos aquellos monumentos.
La esperanza de un reconocimiento tangible pareció devolverle los ánimos y dar sentido a sus desvelos.
Entre tanto, le llegaron noticias de que su detestado Rivafinoli había huido de México tras la quiebra de la Compañía Minera de Tlalpujahua. Un tratante de ganado que pasaba por Palenque de camino a Guatemala le contó los detalles.
—Dicen que se llevó toda la plata que quedaba en las arcas.
—¿Y el alcalde y el cura?
—¡Uy, esos! Esos lo buscan para matarlo.
—¿Y sabe a dónde fue?
—A los Estados Unidos. A las minas de Carolina, me dijeron.
Esas y otras cosas le contó aquel inesperado visitante, a las que Jean-Frédéric apenas dio importancia.
Toda su obsesión consistía en captar hasta el último detalle de las ruinas que le rodeaban con la exactitud de un geómetra y la devoción de un místico.
Se levantaba antes del amanecer para estar listo cuando los primeros rayos de luz iluminaran los relieves, y pasaba horas enteras midiendo proporciones, copiando inscripciones y trazando líneas, siempre pendiente del cielo, no fuera a ser que una súbita tormenta diera al traste con todo su esfuerzo.
Dedicado completamente a sus mediciones y dibujos, su vida antes de Palenque le parecía distante, casi irreal.
Pero si él se había olvidado de la ciudad de México y del gobierno mexicano, el gobierno mexicano no se había olvidado de él.
Como tampoco lo había hecho Coatlicue, la de la falda de serpientes.
Entre los enemigos que se granjeó durante su estancia en Yucatán estaba el general Francisco de Paula Toro, cuñado de Antonio de Padua López de Santa Anna y gobernador del Estado, que había recibido órdenes de la capital de que vigilase lo que se traía entre manos.
Fue este el que, aprovechando que Waldeck se había refugiado en Mérida huyendo de la epidemia de cólera que se decretó en la zona, hizo que el alcalde de la ciudad se presentase en su domicilio y le embargara todas las antigüedades que tuviera en su poder, incluyendo los dibujos, manuscritos y papeles de cualquier clase y condición que portara consigo.
Jean-Frédéric, que ya había mandado a Europa parte de ese material, incluyendo el Tonalamatl, se vio así despojado de un buen número de los esbozos y láminas que había realizado desde su llegada, quedándole de todo ello tan solo un recibo de lo que se habían llevado y un pequeño ídolo de jade groseramente esculpido que escapó de la atención del alcalde y sus acólitos.
—Un consejo de amigo, Mr. Waldeck —le dijo el alcalde antes de salir—. Váyase. Váyase lo antes posible.
—¿De Yucatán?
—No se haga el pendejo. De México, Mr. Waldeck. De México.
Derrotado, el 24 de marzo de 1836 Jean-Frédéric zarpó de Veracruz.
Esa noche, en su camarote, tuvo una última pesadilla.
Soñó que caminaba por las salas de un Egyptian Hall vacío de gente.
Docenas de cartas, como las hojas secas de un árbol, estaban desperdigadas por el suelo.
Reconoció la letra. Eran las cartas de María.
Las había escrito, una por una, durante todos esos años, sin que jamás llegaran a sus manos.
Siguió su rastro. Soñó que atravesaba el recinto por el que otrora deambulara José Cayetano como un tigre encerrado, y que llegaba a la estancia donde Bullock le enseñara la piedra del Sol y los dibujos de Aglio.
Allí encontró la última de ellas y, antes de despertarse llorando, vio a María, con el pecho abierto de par en par, desangrándose a los pies de Coatlicue, la de la falda de serpientes, que parecía decirle adiós con su lengua viperina.