4. La de la falda de serpientes #5
Jean-Frédéric apenas si hizo caso al reproche de su mujer.
El lugar que antaño esta ocupara en su cama lo ocupaban ahora Mariquita y Vicentita, las hijas de su lavandera, a las que no tardó en unírsele también Encarnación, su cocinera, a la que terminaría dejando embarazada, si bien nunca mostró por ese hijo —Federico Augusto Tirso se llamaba— el más mínimo interés.
Lejos de ocultarle a María estas y otras infidelidades, se las contaba con pelos y señales en sus cartas.
Quizás buscara vengarse de ella, movido por los celos de imaginarla acostándose con otros hombres para poder sobrevivir; o quizás para que le absolviera, pues a veces le pedía disculpas por su franqueza, diciendo que lo hacía para no volverse loco en ese manicomio de dioses y de piedras que era México.
—¿Cuántos hombres en mi lugar no convendrían en ello y cometerían mil delitos en lugar de uno? —le dijo a Ühde una tarde.
—Sin duda, Herr Waldeck, sin duda; yo, el primero.
Fuera como fuese, sus sueños no tardaron en llenarse de mujeres, y no solo de mujeres vivas, sino de cadáveres de miembros mutilados que se acercaban a besarle vomitando sangre.
Los meses siguientes los dedicó a pintar y comprar antigüedades, visitando todos los lugares que podía en los alrededores de México, excavando en ocasiones con sus propias manos en busca de objetos de otros tiempos.
Para evitar que le robaran o copiaran sus dibujos, se preocupó de firmarlos todos, cosa que también hizo con los manuscritos que poseía, dejando constancia de que eran suyos.
La calidad de sus ilustraciones atrajo al fin la atención de Isidro Icaza, miembro de la Soberana Junta Provisional Gubernativa y primer director del Museo Nacional, a cuya instancia produjo una serie de láminas en las que plasmó con exquisito detalle no solo la famosa piedra del sacrificio, sino ruinas, estelas, bajorrelieves, figuras de piedra y de barro, fragmentos de manuscritos, recreaciones históricas y hasta la famosa estatua de Coatlicue, quedando la diosa tan complacida de cómo la había retratado que esa misma noche le obsequió con cinco espantosas pesadillas.
Entre una excursión y otra, fue tomando forma en su cabeza la idea de crear un álbum monumental que representase el pasado de México.
Estimaba que cada uno de sus dibujos le reportaría aproximadamente ochenta piastras, pero que tendrían todavía más valor si añadiera a las ilustraciones y documentos que ya poseía otras procedentes de Yucatán y, especialmente, de Palenque.
Sin embargo, moverse por aquellas zonas, solo, y sin permiso del gobierno, era no menos peligroso que gestionar una casa de juego en la ciudad de México.
Así pues, con su tradicional aplomo, decidió presentar el proyecto a Icaza y al prominente político, historiador, empresario y naturalista mexicano Lucas Alamán.
—Es un plan ambicioso, señor Waldeck —dijo Alamán en su despacho, sin levantar la vista de los bocetos.
—Y necesario. México debe conocer su propia grandeza.
—¿Y dice usted que, aparte de sus honorarios, necesitaría veinte soldados y veinte mulas?
—Como mínimo. Las ruinas están en zonas peligrosas.
—Y usted sería el único ilustrador, si lo entiendo bien.
—Naturalmente. Nadie en México tiene mi experiencia.
Alamán cerró la carpeta.
—Lo estudiaremos. No le prometo nada.
—¿Cuánto tiempo…?
—Ya le avisaremos.
Jean-Frédéric sabía que eso significaba nunca.
Inasequible al desaliento, trató de convencer del éxito de la empresa a otros caballeros, incluyendo al recién llegado vizconde de Chaptal, pero ni siquiera con semejante gigoló, acostumbrado a despilfarrar el dinero de su padre, obtuvo el éxito esperado.
Al enterarse de que su competidor y antiguo amigo Karl Adolphe Ühde había partido hacia Palenque con intenciones similares, Waldeck decidió arriesgar el todo por el todo y no esperar más.
Para evitar el destino que había tenido la colección de Boturini, dejó sus códices y documentos doblados y marcados con su firma en casa de un conocido para que los enviara a Europa.
Antes de envolverlo, desplegó una última vez su fragmento de Tonalamatl.
Era el único objeto en México que le recordaba a María.
No pudo mirarlo por más de un momento. Envolvió el texto en papel de estraza, lo ató con un cordel y lo puso con el resto.
Después escribió una breve carta a su mujer, de la que no sabía nada desde hacía meses, para anunciarle que, con el apoyo del gobierno o sin él, también él había decidido partir a Yucatán:
—Lo demás, querida, ya no importa.
El viaje fue una auténtica odisea, plagado de desavenencias y discusiones con sus porteadores, a los que obligaba a llevarle a cuestas en una silla cubierta que había construido específicamente para esa función.
Una vez en Palenque, construyó una cabaña de barro a los pies del Templo de la Cruz con un techo de ramas de árbol y hojas de palma, sin ventanas y con tan solo una puerta, en la que no había más mobiliario que dos camas, una mesa y una repisa que contenía sus medicinas, frascos con ejemplares de reptiles e insectos y un par de libros de historia natural.
Del techo colgaban los víveres para ponerlos a salvo de las hormigas y, en un lado, apilados contra la pared, estaban los fusiles y algunos instrumentos.
Un gallinero sólidamente apuntalado para evitar que las gallinas sirvieran de merienda a los jaguares, y una cocina que servía además de cuarto para sus domésticos, José López y su esposa María Sánchez, que le sirvieron de modelos de los indios palencanos en sus dibujos, completaban el recinto.