4. La de la falda de serpientes #4
—Pues si se cree tan hombre, tenga la gentileza de ir engrasando sus pistolas. Le espero armado en el descampado detrás del cementerio.
El inversor palideció, viendo que iba en serio.
—Esto… esto es una barbaridad. Yo no…
—¿No qué? ¿No tiene agallas?
Aterrorizado, el hombre no dijo nada. Salió del café con la poca dignidad que le quedaba, dejando olvidado su sombrero.
Bravuconadas aparte, Jean-Frédéric se encontró de nuevo en la calle, aunque, como suele decirse, las serpientes de la falda de Coatlicue aprietan, pero no ahogan.
Si a alguien no le pasaron desapercibidos los méritos de la fantasmagoría, fue a un tal Luis Castrejón, coronel retirado que había formado una compañía de ópera italiana recientemente y estaba a la búsqueda de alguien capaz de diseñar los escenarios.
Waldeck, que sabía entonar más que pasablemente bien, aceptó no solo encargarse de los decorados, sino también formar parte del elenco en calidad de barítono.
Debutó en el antiguo Teatro de los Gallos interpretando el papel del intrigante cura Don Basilio de El Barbero de Sevilla , con un aforo casi completo.
La función habría sido un éxito todavía mayor si la estrella del elenco, un sevillano llamado Manuel García, tenor y compositor que había cosechado numerosos éxitos en Italia, hubiera consentido que la ópera se cantara en español.
Pero, aun así, el público quedó satisfecho.
Después de la función Jean-Frédéric corrió a escribir a María, entusiasmado:
—María, tendrías que haberme visto cantando para deleite de los hombres, mujeres y volátiles que se contaban entre el público aquello de «La calumnia es un vientecillo, una brisita muy gentil, que imperceptible, sutil, ligeramente, dulcemente, comienza, comienza a susurrar; bajo, bajo, a ras de tierra, en voz baja, sibilante, va corriendo, va corriendo, va zumbando, va zumbando».
Tras El Barbero de Sevilla , Castrejón ofreció a Waldeck un papel en Semiramide, ópera en la que encarnó al malvado Assur, y aunque unos bromistas se encargaron de reventar el estreno tirando unos petardos, hasta la mismísima Coatlicue —que no había dejado de seguirle con atención desde que saliera de Londres— sintió que sus serpientes se estremecían cuando entonó con patetismo «Deh! ti ferma»:
—¡Ah!… Detente… Serénate… Perdona… Aparta de mí tu aspecto terrible. Ya siento el acero en el pecho, ya el abismo me colma de horror. Regresa a la paz de las sombras, ¡ah!, ten piedad de mi oprimido corazón.
Enternecida, a punto estuvo la diosa de dejar escapar a su presa y dejar que Jean-Frédéric continuase su insospechada carrera operística.
Pero Mayáhuel, la de los cuatrocientos pechos, madre de los cuatrocientos conejos, le recordó a su comadre que se dejara de sentimentalismos, que había cosas importantes que hacer.
Y se pusieron a ello. Pese a sus éxitos, la compañía no tardó en deshacerse por culpa de las desavenencias entre Castrejón y los dueños del teatro, a las que vino a sumarse el decreto de expulsión de los españoles que firmó el gobierno el 20 de diciembre de 1827, tras la fracasada intentona del padre Joaquín Arenas.
Ello obligó a Manuel García a abandonar México precipitadamente, pero no sin antes ser asaltado a la altura de Río Frío por unos bandoleros melómanos que, además de desposeerle de todo lo que llevaba, escarnecieron al tenor sevillano obligándole a cantarles una selección de sus mejores arias.
Tras la clausura del teatro, Waldeck empezó a vivir de noche y a frecuentar garitos y cantinas, locales mal ventilados donde el humo de los puros se mezclaba con el olor a sudor y pulque rancio.
Allí hombres de la más variada condición apostaban todo lo que tenían a los naipes y las peleas de gallos: dinero, joyas, caballos, incluso las escrituras de sus casas.
Comerciante hubo que perdió en unas horas lo que había tardado veinte años en ahorrar vendiendo telas.
—Una mano más, solo una —decían que suplicaba mientras lo sacaban a patadas por la puerta.
A punto estuvo Jean-Frédéric de perderlo todo también, pero Coatlicue se encargó de que no lo hiciera.
Es más, no solo le permitió ganar unos pesos, sino que le reveló la pasión que los mexicanos sentían por el trago y el juego y le animó a abrir él mismo un local parecido, aunque dirigido a un público mucho más refinado, en pleno centro de México.
Situado en la antigua calle del Espíritu Santo, el salón no tardó en contar entre sus clientes habituales a algunos de los personajes más notables de la ciudad.
Nada allí recordaba a los tugurios donde Jean-Frédéric había aprendido el oficio.
Hizo tapizar las paredes de damasco, colgar espejos traídos de Puebla y disponer las mesas a suficiente distancia unas de otras para que los caballeros pudieran arruinarse con discreción.
Se servían vinos de importación y un aguardiente que, decían, no se encontraba mejor en toda la capital.
Él mismo recibía a los clientes, repartía saludos en tres idiomas y, cuando la ocasión lo merecía, les cantaba una de esas arias de Rossini que tanto le habían gustado a Coatlicue.
Se decía a sí mismo que todo ello lo hacía por María y por Fritz, aunque la realidad distaba mucho de ser así.
La mayor parte del dinero lo gastaba apenas entraba o iba a parar a otras manos, pues nadie montaba un negocio así en México que no necesitara sobornar a algunas de las autoridades competentes.
El resto —del que su mujer dependía para sobrevivir en Inglaterra— lo dedicó a adquirir antigüedades, tal y como hacían por entonces el comerciante alemán Karl Adolf Ühde y otros extranjeros cuya compañía frecuentaba; todos ellos movidos por el altruista deseo de dar a conocer México al mundo mientras intentaban llenarse los bolsillos.
Así, lo que empezó con una compra ocasional, una figurita de jade con forma de liebre, no tardó en convertirse en una obsesión.
Se repetía una y otra vez que aquello era una inversión, que revendería con beneficio lo adquirido y entonces sí, entonces mandaría a su familia el doble de lo prometido; o que volvería a Londres con ello, seguro de que Bullock o el mismísimo lord Kingsborough sabrían recompensar adecuadamente sus esfuerzos.
Sin embargo, allí donde fuera le acompañaba un sentimiento sordo de culpa que continuaba por las noches, en sus pesadillas.
En una de ellas vio a María rodeada de flores de cempasúchil y con un vestido de color anaranjado, trayendo la calavera de Fritz entre sus manos.
—Jean, mi querido Jean… —le dijo el fantasma de María, acercándole el despojo a los labios—. Ven a darle un beso de buenas noches a tu hijo.
Finalmente, llegó el día que Coatlicue había estado esperando.
Durante uno de sus paseos por el centro de la capital, unos caballeros le ofrecieron unos papeles viejos y arrugados que guardaban sin mucha ceremonia en una especie de carpeta.
Al principio, los recibió con indiferencia, pero apenas vio lo que contenían, Jean-Frédéric dio un salto.
No lo podía creer. Eran las mismas figuras, los mismos colores e incluso el mismo olor a piedra y moho que le había parecido percibir aquella noche en la que se disponía a abandonar Tlalpujahua para siempre.
Era el Tonalamatl. No cabía duda, aunque no le ofrecían más que unas pocas páginas y no el libro completo.
Lo lamentó, pero tampoco le extrañó. A principios del siglo XIX era habitual en México que códices y documentos antiguos fueran vendidos por trozos para aumentar su valor.
Waldeck sabía que no podía dejar pasar la oportunidad.
—¿Dónde está el resto?
—No lo sé, señor. Eso es todo lo que tenemos —dijo uno de los vendedores, desenvolviendo el manuscrito sobre una mesa mugrienta.
—¿Y cuánto piden por esto? —preguntó Waldeck, sin apartar la vista de los glifos pintados.
—Quinientos pesos.
—¿Cómo? Nadie sale a pasear llevando quinientos pesos encima.
—Entonces no hay trato.
Waldeck se llevó la mano al bolsillo del chaleco y sacó su reloj.
—¿Y esto? ¿Qué le parece esto? Un Robert Roskell de oro con jabonera. Montado con seis piedras.
El vendedor tomó el reloj, lo sopesó, lo acercó a la luz. Luego, sin ceremonia alguna, le dio un mordisco.
—¿Oro de verdad?
—Por supuesto —mintió Waldeck.
El hombre examinó la marca de sus dientes en el metal, todavía desconfiado.
—No sé…
—Es un reloj inglés. Vale el doble de lo que pide por esos papeles.
—¿El doble?
—Al menos.
El vendedor miró el reloj, luego el manuscrito, luego otra vez el reloj y finalmente a su compañero, que asintió.
—Está bien. Trato hecho.
No era un mal cambio: una máquina del tiempo a cambio de un fragmento del libro de los días o del destino.
—No podía dejarlo pasar. Tú habrías hecho lo mismo, querida —le escribió a María esa misma tarde.
Las fuertes sumas de dinero que, noche tras noche, cambiaban de manos en la casa de juego no tardaron en granjear a Waldeck la animadversión de los perdedores.
Algunos, sospechando que en el local se jugaba con cartas marcadas, comenzaron a acecharlo en las esquinas o a pasarle anónimos por debajo de la puerta.
No faltó quien le amenazara con hacerle emparedar, aunque no sin antes romperle las piernas y arrancarle las uñas.
Así que, temiendo ser víctima de una venganza a la mexicana, de esas que dejan a los cadáveres tomando el sol en las acequias, decidió vender discretamente su parte del negocio a sus socios, personas más curtidas que él en el trato con ese tipo de alimañas y malas hierbas.
Las cartas de María, siempre escasas, se hicieron cada vez más duras. Le reprochaba la distancia y el haberlos dejado prácticamente en la indigencia.
—Fritz pregunta por ti cada noche. Le digo que su padre volverá pronto, pero ya no me cree.