4. La de la falda de serpientes #3
Una tarde, harto ya de esperar, interceptó a uno de los administradores de la compañía en el patio.
—¿Ha llegado algo para mí? ¿Alguna carta de Inglaterra?
—No que yo sepa, Mr. Waldeck.
—Llevo tres meses sin noticias de mi mujer.
—El correo es lento. Ya sabe cómo son estas cosas.
—¿Lento? No me venga con historias.
El administrador se encogió de hombros.
Preso de furia epistolar, Jean-Frédéric escribía a María a diario.
Sus opiniones sobre el carácter de los mexicanos, al principio amables, empezaron a cambiar.
Alababa los musculosos y broncíneos cuerpos de los hombres tanto o más que la belleza de las mujeres, pero cuando no les acusaba de perezosos, los tildaba de ladrones y afirmaba que pocos de entre ellos superaban la edad mental de un niño de cuatro años.
Se maravillaba de que sus antepasados hubieran podido construir semejantes estatuas, templos y pirámides.
—Mucho, mucho más hermosas que las del Egyptian Hall, María.
Quizás un día puedas venir a verlas. ¿Te gustaría?
¿Querrías ver este cuarto enorme en el que me han alojado en Tlalpujahua, este convento que se cae a pedazos y por cuyas galerías pasan corrientes de aire que hacen crujir los goznes de las puertas y llenan las noches de ruidos que azuzan todavía más mis malos sueños?
¿Te gustaría estar aquí, conmigo, María?
Pero María no respondía, así que, poco a poco, fue olvidando las palabras de amor que le dedicaba al inicio, sustituyéndolas en sus cartas por otras de ira, cubriéndola de reproches, dando rienda suelta a su amargura, describiendo con detalles morbosos lo que le decían los conejos de sus pesadillas, cómo la soñaba en brazos del Diablo, poseída por sátiros, enferma de lujuria.
Los desacuerdos con Vincent de Rivafinoli, el italiano que le había proporcionado el empleo, no tardaron en emerger.
Le resultaba cada vez más evidente que Rivafinoli y el resto de empleados de la Compañía Minera de Tlalpujahua conspiraban en su contra, que le llenaban de guijarros los zapatos, le robaban las cartas, le echaban más ají del debido en la comida o le ponían alacranes en las tazas.
Tampoco el salario era el que había esperado.
—Faltan ochenta pesos —dijo, contando las monedas.
—Deducciones —respondió Rivafinoli sin levantar la vista del libro de cuentas.
—¿Qué deducciones?
—Alojamiento. Comida. Uso de materiales.
—¡Nada de eso estaba en mi contrato!
—Claro que sí. Léalo de nuevo.
Las maquinaciones del alcalde y del cura del pueblo por hacerse con parte de los derechos de las minas, unidas a la llegada de un alemán —al que Rivafinoli había contratado supuestamente para ayudarle, pero del que sospechaba que estaba destinado a sustituirle—, terminaron por convencer a Jean-Frédéric de que la ciudad de México era un lugar mucho más prometedor que Tlalpujahua.
Tras una serie de interminables discusiones, llegó finalmente a un acuerdo con Rivafinoli para rescindir sus compromisos con la compañía.
La noche antes de partir tuvo el sueño en el que Coatlicue, los Señores del Día y de la Noche y los cuatrocientos conejos le revelaron por primera vez el Tonalamatl.
Apenas cayó dormido en la cama, se vio transportado al esqueleto ennegrecido y humeante de una mansión consumida por las llamas que amenazaba con desmoronarse sobre su cabeza a cada paso.
Las vigas del techo crujían como si estuvieran hechas de huesos y por entre las grietas de las paredes se colaba una luz que no era de antorchas.
—De pie, en el centro de la casa, con un extraño libro entre las manos, estabas tú, María.
Preso de emoción, reconoció su rostro, el mismo que había dibujado cientos de veces en el pasado: la recta línea de la mandíbula, la suave caída de los párpados, la pequeña cicatriz junto al labio superior, el pelo luminoso, rubio, de color ceniza.
Pero su alegría solo duró un momento. Lo que tardaron esos dulces rasgos en revelar, como en un palimpsesto, una capa más antigua, más dura, pintada con franjas negras, el cabello largo, sin cortar, teñido de noche a base de tinta y de sangre, las orejas adornadas con pendientes tubulares y un bezote de obsidiana en el labio inferior.
—Acércate —le dijo con la voz de un alma en pena.
Sobre una mesa que parecía un altar de piedra, yacía extendido un extraño libro que se desplegaba en forma de acordeón.
Jamás libro alguno le pareció tan hermoso.
Aquella figura, amada y repulsiva a la vez, realizó una serie de invocaciones, tomó un puñado de granos de maíz y los arrojó sobre las páginas.
Luego señaló con un dedo. Jean-Frédéric se inclinó sobre las páginas.
Intentó entender lo que veía, pero apenas fijaba la vista en una imagen, la siguiente aparecía compitiendo por su atención.
Había una mujer emergiendo de una planta de hojas carnosas con espinas, rodeada de conejos que corrían en círculos a sus pies.
Había otra con flores de quetzal en el tocado y mariposas posadas en los brazos extendidos, sumamente hermosa a pesar de su aspecto terrible.
Y había una tercera figura, la más grande, con una banda negra en la boca y las manos extendidas sobre lo que parecían semillas.
No lo entendió. No sabía entonces, no podía saber, que se trataba de su futuro, de Mayáhuel, Xochiquétzal y Tlazolteotl, encarnaciones de la embriaguez, el amor y la lujuria, respectivamente.
Apenas levantó la vista del texto, la mansión se derrumbó con un estrépito de siglos, enterrándoles a ambos bajo una montaña de calaveras.
Se despertó abruptamente, y corrió a buscar sus lápices, a intentar bosquejar en sus apuntes el libro que había visto, sin lograrlo.
Las figuras no se dejaban dibujar. Se negaban a quedarse quietas bajo su mano, como si despreciaran el papel y hubiesen decidido que era mejor, para cumplir con lo que los Señores del Día y de la Noche se habían propuesto, quedarse a vivir en su memoria.
El sol todavía no había asomado entre los montes mineros de Tlalpujahua cuando Jean-Frédéric se puso en camino hacia la ciudad de México.
Una vez allí, intentó durante semanas que el gobierno reparara en su presencia, pero sin nadie que le apoyara o cartas que dieran fe de quién era resultaba prácticamente imposible que le consideraran para los cargos que ambicionaba.
Con los bolsillos vacíos, le entraron las primeras dudas, y llegó incluso a arrepentirse de haber abandonado Tlalpujahua, hasta que un día, saliendo del ayuntamiento, a donde se había dirigido para ofrecer sus servicios, se tropezó con Claudio Linati.
Fundador de la Sociedad Secreta del Gran Elegido, Perfecto y Sublime Masón, Linati era uno de los más estrafalarios de todos los italianos estrafalarios que habían pasado por la capital del Anáhuac, lo cual no es decir poco.
En Parma, había sido condenado a muerte por conspirar contra el gobierno, lo que le hizo emigrar a México, donde instaló el primer taller de litografía que hubo en el país.
Waldeck y Linati —artistas ambos— congeniaron de inmediato, y bastó una botella de aguardiente para que, antes de la medianoche fueran ya socios, cómplices y amigos.
Entre los dos concibieron el proyecto de crear una fantasmagoría, uno de esos espectáculos en los que, utilizando un juego de luces y espejos, se proyectaban en el interior de una sala oscura imágenes, figuras y quimeras que, unidas a otros efectos teatrales, servían para deleitar o poner los pelos de punta al respetable.
Linati llegó a sugerirle que, si tenían éxito, hicieran después una gira por los Estados Unidos.
—Imagínese, Waldeck —le dijo una tarde mientras revisaban los bocetos—. Nueva York, Filadelfia, Boston. Los americanos nunca han visto nada parecido.
—¿Y cree que nos dejarían entrar? Con mi acento francés y sus ideas políticas…
Linati soltó una carcajada.
—Precisamente por eso. En América todo el mundo huye de algo.
Desafortunadamente, los temores de Waldeck no tardaron en materializarse, pero no fueron los americanos, sino los propios mexicanos quienes echaron al italiano a patadas del país tras publicar este en el semanario femenino El iris , una litografía titulada «La Tiranía», que poco tenía que ver con los figurines de moda que la revista había prometido, y mucho con la situación política de la joven nación.
— Addio e buona fortuna, caro amico —fue todo lo que Linati tuvo tiempo de decirle.
Ido su socio, resolvió sacar la fantasmagoría adelante con la ayuda de los inversores que Linati había logrado convencer para que financiaran el proyecto.
Muchos de ellos, sin embargo, no terminaban de fiarse de él y cambiaban de opinión de la noche a la mañana.
Pero Jean-Frédéric no se rindió. Pintó nuevas imágenes, construyó un megascopio —un artefacto que había diseñado él mismo y del que estaba particularmente orgulloso, aunque nunca explicó cómo funcionaba exactamente—, hizo pruebas y, finalmente, el 3 de marzo de 1827 dio su primera función, inspirada en lo que había visto en la exposición que en Londres organizara Bullock sobre México y, sobre todo, en aquel texto que se le aparecía regularmente en sus pesadillas en manos de María.
Los beneficios prometidos se volatilizaron en la primera semana y la fantasmagoría apenas duró un mes en cartel debido a la escasa afluencia de público, que encontró las entradas excesivamente caras y el espectáculo, mucho menos entretenido que las corridas de toros.
Sintiéndose estafados, los inversores acusaron a Waldeck de haber malversado los fondos.
Las recriminaciones fueron subiendo de tono hasta que uno de ellos lo acorraló en un café.
—Es usted un auténtico charlatán, Waldeck.
—Los beneficios llegarán. Solo necesito tiempo.
—¿Más tiempo? ¿Para qué? ¿Para que nos robe más dinero?
—Cuidado con lo que dice.
—¿O qué? ¿Cree que a mí me asustan sus ridículos fantasmas?
Waldeck se levantó de golpe, tirando la silla al suelo.