Cuatrocientos conejos 4. La de la falda de serpientes #2
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4. La de la falda de serpientes #2

Jean-Frédéric sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

A los pies de Coatlicue estaba el altar donde se llevaban a cabo los sacrificios, cuyos lados, ricamente decorados, mostraban a los guerreros mexicas arrastrando a los prisioneros a su horrendo fin.

En la parte superior, una hendidura profunda, esculpida para recibir la sangre, señalaba el lugar donde el corazón de la víctima, aún palpitante, era extraído del pecho del infortunado cautivo y presentado humeante ante el ídolo, para luego, mezclado con copal, ser consumido por los sacerdotes.

Al otro lado de la sala, una descomunal serpiente cascabel de ojos resplandecientes hechos con piedras preciosas se elevaba majestuosa, dejando ver entre sus fauces a una desdichada joven que luchaba infructuosamente por escapar de ellas.

El objeto principal de la exposición, sin embargo, era una reproducción a tamaño natural de la Piedra del Sol, un monumental disco de basalto de olivino que había sido descubierto apenas treinta años antes, en 1790, durante unas obras de nivelación que se hicieron en la Plaza Mayor de México, y que encarnaba, en veinticuatro pétreas toneladas, la sutil concepción del tiempo y el espacio de los mexicas.

En su centro, burlón, sacándole su afilada lengua al espectador, destacaba el rostro del dios Tonatiuh, el luminoso o el que calienta, alrededor del cual se desplegaban cuatro cuadrados que representaban los cuatro soles o eras anteriores, todo ello contenido por un anillo con los veinte glifos del calendario azteca que forman la base del Tonalamatl.

Mientras los demás se entretenían inspeccionando los detalles de la piedra, la atención de María se desvió hacia uno de los cuadros. Bullock —que se había situado al lado suyo— le explicó que el lienzo representaba la sucesión genealógica de los emperadores aztecas.

—Es una copia. El original perteneció a un tal Botterini o Boturini, un italiano con veleidades astrológicas y filosóficas cuya colección fue confiscada por las autoridades de la Nueva España y que murió en la pobreza en Madrid.

—¿Un italiano?

—Sí, como el signore Aglio —dijo Bullock con su sonrisa de siempre—. Aunque con peor suerte.

Bullock se volvió hacia María sin percatarse de que Waldeck había vuelto y ceñía la cintura de su mujer con el brazo.

—¿No le parece hermoso? —le preguntó el Diablo a María.

—Sin duda —respondió Jean-Frédéric por ella, presintiendo que la diosa Coatlicue esperaba impaciente su respuesta.

Quizás fuera la impresión que le produjo la exposición del Egyptian Hall, o la acuciosa necesidad de ganar dinero para sustentar a su familia, o tal vez la curiosidad por ver en persona las misteriosas estructuras de piedra de Palenque que Antonio del Río y Ricardo Armendáriz describieran en 1787.

Lo cierto es que no es fácil decir en qué momento exactamente Jean-Frédéric Waldeck tomó la decisión de ir a México y por qué.

De su vida anterior se sabía lo que él mismo contaba: que había nacido alrededor de 1766; a veces decía que en Praga; otras, que en Alemania.

Tenía pasaporte británico y se había nacionalizado francés.

Su apellido sugería una conexión con la aristocrática familia alemana de los Waldeck-Pyrmont, aunque ningún miembro de aquel augusto linaje reconociera su nombre.

Dijera lo que dijera, solo dos cosas podían afirmarse como indiscutiblemente ciertas: la primera, que de alguna forma había acabado en Jarrow, donde desposó a Mary Fisher, la María de sus diarios, el amor de su vida; y la segunda, que además de un excepcional talento artístico, el muy fanfarrón tenía un lado oscuro, canalla incluso.

Era justo lo que los Señores del Día y de la Noche y los cuatrocientos conejos de la diosa Mayáhuel andaban buscando para rescatar al Tonalamatl y su galería de dioses del lúgubre olvido al que la ira de Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, los había condenado.

Y como señal inequívoca de que era el Elegido, Coatlicue, la de la falda de serpientes, le regaló las pesadillas.

Los sueños comenzaron el mismo día en que partió del puerto de Portsmouth con destino a Tampico a bordo del So phia .

María y el pequeño Fritz aparecían casi siempre.

Intentaba hablarles, pero sus pálidos rostros no le respondían, y terminaban alejándose, espectrales, insensibles a sus gritos.

Se despertaba de súbito, irguiéndose en la cama, con el pulso acelerado y bañado en sudor.

—Está usted pálido. ¿Otra vez ha pasado mala noche, Mr. Waldeck? —le preguntaban los miembros de la tripulación cada mañana.

—Sí, se ve que la brisa del mar no me ha sentado bien, pero no se preocupen que en breve me tendrán ustedes paseando por cubierta —respondía él, intentando no darle mayor importancia al asunto.

Durante los primeros meses, atribuyó los sueños a la ansiedad de la partida, al miedo de no volver a ver a su hijo y a los celos imaginarios que le provocaba el haber dejado a su mujer sola en una ciudad como Londres.

Era cierto que el viaje a México no se producía en las mejores condiciones.

Incapaz de encontrar a un mecenas que se lo financiara, aceptó sin entusiasmo un trabajo como diseñador de máquinas y otros utensilios en la Compañía Minera de Tlalpujahua por un sueldo de cuatrocientas libras esterlinas al año.

La mala mar y algo de fiebre lo confinaron en su camarote durante los primeros días, pero apenas se repuso y las condiciones lo permitieron se entretuvo jugando a las cartas y conversando con el resto de pasajeros.

El 2 de abril de 1825, al pasar el Sophia la imaginaria línea del Trópico de Cáncer, algunos de ellos celebraron una ceremonia similar a la que se decía que había llevado a cabo el capitán Cook medio siglo antes: arrojaron unas piastras a Neptuno para que garantizara su viaje y, al cenar, brindaron con champaña.

Ya en el Caribe, tuvieron uno o dos encuentros con piratas.

Afortunadamente, el Sophia iba lo suficientemente bien armado como para que estos se dieran la vuelta con el cuchillo entre los dientes y el rabo entre las piernas.

A los ataques de corsarios, pronto se les unieron otras preocupaciones, y en particular las discusiones con los empleados de la compañía, que empezaron por menudencias y fueron agriándose con el paso de los días.

Pero nada era comparable a las pesadillas, que se recrudecieron a medida que se acercaban a la costa: soñaba que su camarote se llenaba de cientos y cientos de conejos que saltaban enloquecidos alrededor suyo y que le insinuaban con gestos obscenos lo que podía estar haciendo su mujer.

—¿Cree en las premoniciones, Mr. Waldeck? —le preguntó un pasajero una tarde.

—No especialmente. ¿Por qué?

—Porque lleva usted varios días hablando dormido. En una lengua que no reconozco.

El Sophia fondeó en Tampico, un pueblo triste, de edificios desvencijados y calles polvorientas, el 11 de mayo de 1825.

Jean-Frédéric y el grupo de empleados de la Compañía Minera de Tlalpujahua se alojaron en un albergue que regentaba un enorme negro natural de Nueva Orleans.

El hombre, que se hallaba desterrado en aquel poblacho por causas que la prudencia aconsejaba callar y la justicia prefería olvidar, los recibió en el umbral con los brazos abiertos.

— Well, well, well! Bienvenidos, caballeros, bienvenidos a mi humilde establecimiento. El único en Tampico que tiene la virtud de estar techado. C’mon in, caballeros, c’mon in .

Y con una amplia sonrisa, les mostró el camino a unas destartaladas habitaciones donde fueron devorados sin misericordia por los mosquitos y las pulgas, que llevaban ya algún tiempo sin probar sangre europea.

Siguiendo el ejemplo de los lugareños, no tardó en comprarse una hamaca, un sombrero de paja y una esterilla, de forma que a las pulgas les costara más llegar a morderle las nalgas y el sol no le secara el cerebro.

Tampoco desaprovechó la oportunidad de sacar su caja de lápices y retratar a los moradores de Tampico.

—Tendrías que verlos sentados durante horas en el atrio de la iglesia, María, —le escribió a su mujer— inmóviles, como estatuas antiguas que hubieran sido abandonadas hace mucho tiempo en este poblacho que apesta a orines de perro y por el que, al caer el sol, deambulan sin rumbo fijo los espectros.

Tras unos días esperando la llegada de las mulas, la comitiva se encaminó hacia Tlalpujahua.

Pasaron por Ozuluama, Chicontepec y Cuacoyoco; cruzaron por Tlaculuca, Chapula y Omitan; rodearon San Agustín, Tetepango y Tula; y recorrieron Pachuca, Xilotepec y Atlacomulco.

Atravesaron enormes bosques de palmas, gargantas profundas y escarpados precipicios que a cada paso susurraban la liberación del suicidio a las agotadas mulas.

Como Boturini un siglo antes, también Jean-Frédéric se maravilló con los enjambres de luciérnagas; con las tempestades que aparecían y desaparecían de repente; con las sombras de los seres que, agazapados entre los agaves y los pinos, amenazaban con devorarlos.

Y una mañana, cerca de Chicontepec, se asombró al ver a cuatro hombres dando vueltas en lo alto de un palo atados únicamente por los pies mientras un quinto tocaba la flauta.

—Es una costumbre antigua para que caiga la lluvia —le dijeron.

Con todo, quizás lo que más le impresionó de aquel viaje fue encontrarse con una mujer que llevaba sobre la cabeza, en una plancha rodeada de flores, el cadáver de su hijo pequeño.

—El más hermoso y lúgubre de todos los entierros que he visto en mi vida —anotó en su diario.

Esa noche soñó que el muerto era Fritz.

La llegada a Tlalpujahua fue de todo menos triunfal.

Pasó más de una semana aquejado de diarrea.

Fue el principio de un tormento. Apenas se curó de ella, sufrió mal de rodillas; después, una hernia a la que siguieron unas espantosas hemorroides.

Con todo, lo que más angustia le producía era no recibir cartas de su mujer.