Cuatrocientos conejos 4. La de la falda de serpientes
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4. La de la falda de serpientes

EL CARRUAJE DEJÓ a Jean-Frédéric Waldeck y su mujer enfrente del Egyptian Hall, en la calle Piccadilly de Westminster, un edificio de tres pisos que imitaba un templo de la época de los faraones.

—Bienvenida a Luxor-upon-Thames, querida —le dijo con sorna ajustándose el sombrero.

Absorta como estaba en la contemplación de las dos estatuas colosales que flanqueaban la entrada, ella apenas si le hizo caso, presa de una excitación que mezclaba a partes iguales la curiosidad y el temor.

Se habían casado hacía apenas dos años en el pueblo de Jarrow, en el antiguo condado de Durham, en el noroeste de Inglaterra, una localidad que antiguamente albergara una de las mayores bibliotecas de la temprana Edad Media al norte de los Alpes.

Ella tenía ya treinta años cuando aceptó su propuesta de matrimonio, aunque sus rasgos la hicieran parecer mucho más joven.

Tampoco Jean-Frédéric era lo que podría decirse un chaval, pues había alcanzado ya la cincuentena, y aquellas eran sus segundas nupcias.

Todo lo que le quedaba de su primera mujer —de la que rara vez hablaba— era un hijo de unos catorce años, John, al que, poco después de este nuevo enlace, se sumó el pequeño Fritz.

Su nacimiento hizo sospechar a los otrora cultos vecinos de Jarrow que el matrimonio entre el pintor Jean-Frédéric Waldeck y Mary Fisher, a quien él llamaba cariñosamente María, no había sido precisamente por amor.

—¿Puedo ponerme el vestido azul?

—Si quieres. Me han dicho que es el color de moda en Buckingham Palace.

—Pero qué tonto eres —respondió riendo.

Propiedad de William Bullock, un conocido de Jean-Frédéric con olfato para los negocios, el Egyptian Hall se había convertido en una de las mayores atracciones de Londres desde que abriera sus puertas en 1812.

Por un shilling la entrada, cualquier londinense, sin importar su edad, sexo o clase social, podía acceder a la colección de historia natural y etnografía que había acumulado durante sus viajes y compartir las experiencias que habían vivido él y otros aventureros de su época.

Fue un triunfo sin precedentes. Al reclamo de pasen y vean, ladies and gentlemen , pasen y vean, más de doscientas mil personas acudieron a su exhibición sobre Napoleón.

Unas treinta y cinco mil libras se habría embolsado Bullock a cuenta del emperador de los franceses.

No menor expectación causó la que dedicó al Círculo Polar Ártico, en la que se las ingenió para que, quien lo deseara, pudiera dar un paseo en trineo por las salas de un Egyptian Hall que —para desesperación de las falsas momias que tenía guardadas en el almacén— fue cubierto con una especie de nieve artificial.

Quienes creyeron que Bullock se daría por satisfecho con esos éxitos, ignoraban que guardaba todavía otro as en la manga: una civilización de sacrificios humanos y deidades terribles, un lugar de ciudades misteriosas, plantas extrañas y curiosos animales, un país que acababa de independizarse de su tiránica metrópolis y del que él, William Bullock, empresario avezado y explorador extraordinaire , acababa de regresar cargado de mil y un misteriosos artefactos.

—A juzgar por la cola no cabe duda de que México es un negocio redondo— le dijo Jean-Frédéric a María, un tanto contrariado por tener que esperar.

—No seas impaciente, querido —le amonestó ella dándole una cariñosa palmada con la mano que tenía apoyada sobre su brazo.

Unos minutos más tarde lograron franquear la entrada.

Apenas sus ojos se habituaron a la penumbra, María y Jean-Frédéric se encontraron ante una galería que ofrecía como fondo una vista panorámica del valle de México, tal y como este se vería desde un promontorio colocado en el jardín del obispo en la ciudad de Tacubaya, a una distancia de unos diez kilómetros.

—Es magnífico —exclamó María, entusiasmada.

En el centro de la imagen, rodeada de volcanes y montañas, destacaba la antigua capital virreinal, con su catedral, cúpulas y calles en cuadrícula.

A la derecha, en una pequeña colina, se alzaba el Peñón de los Baños, famoso por sus aguas termales; y a la izquierda, no muy lejos del lago de Texcoco, alcanzaba a distinguirse la basílica de la Virgen de Guadalupe.

Bullock había hecho construir a escala real un típico jacal mexicano con su huerto, al que rodeó de papayas, aloes, yucas, magueyes, nopales y unas calabazas gigantes que generaron algunos comentarios indecentes.

Pájaros y animales disecados parecían a punto de levantar el vuelo, listos para enredarse en las falsas lianas que colgaban del techo o en los exquisitos peinados de las señoras; y al fondo, unas amplias vitrinas exhibían orgullosas todo tipo de objetos, incluyendo el cuerpo disecado de un chihuahua, alrededor de cuya tristísima figura se arremolinaban con curiosidad grandes y pequeños.

Pero si algo causaba verdadera sensación eran las curiosas figuras de los nativos del valle de México vestidos con sus trajes típicos y ocupados en sus tareas tradicionales, de piel cobriza y ojos oscuros, todos ellos congelados en el espacio y en el tiempo, y tan de cartón piedra como las dos monumentales estatuas de la entrada.

Todos, excepto uno: José Cayetano Ponce de León, el único de los vecinos de Chiautla, un pequeño pueblo cerca de Texcoco, que había aceptado la propuesta de William Bullock de acompañarle a Londres.

Dócil y extremadamente inteligente —según lo describía el catálogo de la exposición—, José Cayetano paseaba de un lado a otro de la sala, algo desorientado, pero sin negarse a entablar conversación con quien tuviera el valor de acercarse a conocer a un mexicano viviente.

Al verle, María se sintió cohibida, pero tan pronto como estuvo a su altura y comprobó que era inofensivo, perdió su natural modestia y empezó a acribillarle a preguntas, a las que el buen hombre respondió tan educadamente como pudo en una mezcla ininteligible de español, italiano, inglés y náhuatl.

Ya se disponían a seguir adelante cuando María y Jean-Frédéric escucharon la voz aguda de William Bullock a sus espaldas.

—Antes de continuar —dijo este entre burlón y condescendiente—, yo le recomendaría a su encantadora esposa que aproveche el consejo que acaba de darle José Cayetano y se agarre bien a su brazo, no vaya a ser que se desmaye de la impresión.

Jean-Frédéric se dio la vuelta. Ahí estaba Bullock —el Diablo, como le apodaban sus amigos—, con su calva reluciente y una sonrisa de oreja a oreja, haciendo una reverencia educada y besando con finura de sátiro la delicada mano de su mujer.

Otros dos caballeros le acompañaban: el pintor de origen italiano Agostino Aglio y Edward King, vizconde de Kingsborough.

Agostino Aglio, un hombre algo retraído, de mirada penetrante, impecable perilla y arreglado bigote, era el autor de los frescos y extraños glifos que decoraban la exposición, algunos de ellos copiados de los manuscritos que Bullock había traído consigo desde México.

—Le interesará saber, signore Aglio —dijo Bullock—, que, como usted, Mr. Waldeck es también un consumado artista. Se cuenta que aprendió el oficio en París, primero bajo la dirección de Jacques-Louis David y luego en el estudio de Pierre-Paul Prud’hon.

—Mr. Waldeck… —dijo Aglio, saludándole con frialdad, casi con desconfianza—. Creo recordar ese nombre. ¿No es usted quien ilustró las ruinas de Palenque?

—Así es. Me encargué de limpiar y pasar a placas de grabado en cobre los dibujos originales de Armendáriz sobre Palenque para su edición inglesa, pero nunca estuve allí.

—Interesante trabajo —comentó el italiano secamente.

Jean-Frédéric percibió la ambigüedad del cumplido.

—Gracias, signore Aglio. Pero no es este el momento de hablar de mi obra, sino de admirar la suya —dijo, desviando la conversación—. Permítame felicitarle.

Como si se encontrara ante un nuevo Miguel Ángel, Jean-Frédéric alabó la calidad de sus dibujos y la seguridad de su trazo, aunque para sus adentros pensó que él podría haberlo hecho mejor, mucho mejor, algo que quizás no le pasara del todo desapercibido al vizconde de Kingsborough, quien acababa de contratar a Aglio para su monumental proyecto Antiquities of Mexico , una serie de volúmenes en formato elefante ricamente ilustrados que ofrecían a sus afortunados dueños una copia a todo color de algunos de los códices más importantes que se encontraban, no solo en Londres o en Oxford, sino en París, Viena y el Vaticano.

Durante siete largos años estaría Aglio al servicio del vizconde, aunque, si hubiese podido imaginar la recompensa que recibiría por ello, probablemente habría salido corriendo en ese mismo instante.

Concluidas las presentaciones de rigor, el grupo se dirigió a la siguiente estancia, si bien Bullock optó por quedarse algo rezagado, fingiendo conversar con Cayetano, para poder así observar mejor su reacción.

—¿Qué se apuesta, mi buen don Cayetano, a que la señora pega un grito? —murmuró el Diablo a su oído, viéndolos echar a un lado la cortina que separaba un espacio de otro e internarse en las sombras de lo que asemejaba una gruta.

—Siempre gritan, señor Bullock —contestó aquel—. Siempre gritan. Nunca falla.

Dentro, el México luminoso y cálido de la sala precedente cedía su lugar al México antiguo, oscuro y amenazante, de una fascinación imposible de resistir.

Una enorme estatua de Coatlicue, diosa azteca de la vida y de la muerte, apareció de repente, con su cabeza formada por dos serpientes enfrentadas, una falda hecha de culebras y el pecho cubierto de los cráneos, manos y corazones de las víctimas sacrificadas en su honor.