3. Bajo la biblioteca de las nueve bóvedas #4
—Lo interesante —continuó Petit, recuperando el hilo— no fue el desayuno, sino la habitación. Todavía no había sido realquilada. Encontramos algunas notas en la papelera.
—¿Qué tipo de notas?
—Números de vuelo e itinerarios. Madrid, Nueva York, El Cairo…
—Ya veo.
—Pues me alegro de que lo vea —Leconte entornó los ojos levemente—. Porque robar un manuscrito y largarse a Egipto y Nueva York no encaja con el típico turista que se aloja en una pensión de mala muerte del Barrio Latino.
—¿Y en qué perfil encaja?
—Pues creemos que en el de alguien conectado con redes internacionales e interesado en hacer un intercambio de antigüedades. Redes que se deshacen de las piezas lo antes posible para borrar el rastro y que dan sus golpes por encargo.
—Eso, o es un turista con nervios de acero que ha aprovechado su viaje para subir a la Torre Eiffel, robar en la Biblioteca Nacional y luego darse un paseo por la pirámide de Keops aprovechando que hay vuelos chárter con descuento —añadió con sorna Leconte.
—¿Algo más, caballeros? —dijo Alain, viendo que la conversación no resultaba excesivamente de provecho.
—Pues que probablemente ya no esté en París.
—¿Y cómo lo saben?
En un alarde de sagacidad detectivesca fue Petit el que respondió.
—Pues porque nos lo ha dicho el taxista que lo llevó al aeropuerto. Un golpe de suerte. Al pasar por la parada que está aquí, cerca de la biblioteca, oímos a dos conductores hablar de sus clientes. Ya sabe lo chismosos que son, monsieur le directeur.
—¿Y bueno?
—No, nada que recalcar fuera de lo inusual de andar por París en junio vestido con sarape. Dijo que era un cliente amable, aunque no especialmente generoso. Se durmió casi desde el principio del trayecto y llegó algo desorientado al aeropuerto.
Leconte intervino para agilizar la discusión.
—Al parecer, cuando se bajó del taxi se quedó parado en la acera mirando los árboles durante un buen rato.
El taxista pensó que quizás no se encontraba bien, pero arrancó de todas formas.
No es su trabajo preguntar o preocuparse por los clientes una vez que están fuera del taxi, y mucho menos cuando a uno no le han dejado ni un franco de propina.
Petit cerró la libreta que había utilizado para consultar sus notas y dejó a su jefe la tarea de formular las conclusiones.
—Monsieur Gourdon, nuestra conclusión provisional es que el manuscrito ya no está en París. Probablemente ya no esté en Francia. El asunto quedará en manos de la Interpol a partir de mañana. —Hizo una pausa—. Tenemos también algunas recomendaciones.
—Las escucho.
—Recomendamos limitar temporalmente el acceso a la sala de manuscritos al doctor Brandt hasta que hayamos podido descartar su implicación.
—El doctor Brandt es un investigador de reputación internacional… —dijo Alain.
—De reputación algo complicada… —corrigió Leconte—. Y recomendamos también apartar temporalmente de sus responsabilidades a madame Cohen mientras dure la investigación. Probablemente no tenga nada que ver en este embrollo, pero por si acaso.
—Muy bien. ¿Algo más?
Era la pregunta que Leconte había estado esperando. Como el que no quiere la cosa, agarró un tomo de L’Encyclopédie que estaba sobre la mesa del despacho de Alain Gourdon, lo abrió como si lo consultara y en el tono más educado que pudo le dijo:
—Pues sí, hay una cosa más, monsieur le directeur. La próxima vez que se ponga en contacto con nuestros superiores e interfiera en mi investigación me aseguraré de que este volumen quede correctamente archivado entre sus respetables nalgas.
Los policías abandonaron el despacho y Alain intentó volver al trabajo.
Afortunadamente, no había fantasmas que le incordiaran.
En el fondo, no había mucho más que hacer, excepto evitar que la noticia saltara inmediatamente a los periódicos, y no solo para ocultar en lo posible el escándalo hasta que se aclarara el paradero del manuscrito, sino porque los nombres mexicanos siempre se le atragantaban a Alain, y mira que el francés tiene sus peculiaridades, pero el náhuatl tiene sonidos y combinaciones de consonantes que le volvían loco, como la «tz» de «tzompantli» o la «tl» de «Tláloc».
Para un escritor como él no ser capaz de leer lo que está escrito era mucho más que una fuente de frustración; era una afrenta a su posición de tlacuilo de las bellas letras francesas y alto funcionario del Estado.
Con un poco de suerte, el affaire pasaría inadvertido y cabía la posibilidad de que el manuscrito se recuperara en las semanas o meses siguientes.
Satisfecho con esta resolución, se dijo que era inútil dedicarle más tiempo y se dirigió a su mesa de lectura.
En ella había una copia litográfica del Tonalamatl realizada en la Institución Nacional de Sordomudos de la Rue Saint-Jacques por Jules Desportes en 1854.
Y a su lado un libro que le llamó la atención y que no recordaba que estuviera allí antes.
Llevaba por título Viaje pintoresco y arqueológi co a la provincia de Yucatán , durante los años 1834 y 1836 , y pretendía demostrar las conexiones entre los mayas y el antiguo Egipto.
Había sido escrito por Jean-Frédéric Maximilien de Waldeck.
Alain reconoció el nombre. Era uno de los antiguos poseedores de al menos una parte del Tonalamatl original.
Abrió el libro, plagado de ilustraciones de un trazo limpio, seguro, sin vacilaciones, que reproducían las ruinas no como piedras viejas puestas unas encima de otras, sino como un compendio de escenografías, a medio camino entre la arqueología y la ópera.
Y sin poder resistir su embrujo, se sentó a leer.