Cuatrocientos conejos 3. Bajo la biblioteca de las nueve bóvedas #3
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3. Bajo la biblioteca de las nueve bóvedas #3

Brandt dejó la copa de vino que tenía en la mano sobre la mesa y respondió con una calma estudiada.

—Simples calumnias. Las acusaciones contra mí fueron retiradas por falta de pruebas.

—Sí, pero no por falta de indicios.

—Qué distinción tan interesante. Ya me gustaría que mis compañeros de departamento en Heidelberg fueran tan sutiles como usted.

Brandt llamó al camarero con un gesto discreto.

— Une tarte tatin, s’il vous plaît . ¿Ustedes desean algo?

—Estamos trabajando —dijo Leconte.

—Lástima. La tarte tatin aquí es notable.

Y no exageraba. Le Temps Perdu llevaba con orgullo el haber ganado dos veces el campeonato mundial dedicado a ese postre en la localidad francesa de Lamotte-Beuvron.

—Dr. Brandt —intervino Leconte, que no había probado bocado desde las siete de la mañana—, no debería tomarse el asunto a broma. Lo que usted haya hecho en el pasado en otro país no nos concierne, pero sustraer o ayudar a sustraer un manuscrito de una institución francesa es… un delito grave.

—¿Me están advirtiendo o amenazando?

—Le estamos informando —dijo Leconte—. Por si acaso sabe algo que pudiera ser relevante y que por alguna razón no nos ha contado todavía.

—Miren, caballeros. Escúchenme bien, porque no voy a repetirlo.

Yo no tengo nada que ver con esto y ese hombre no era un traficante.

Los traficantes que yo conozco, y es cierto que conozco alguno, inspector, no se presentan en una biblioteca con un jorongo de colores y un acento mexicano que se oye desde el jardín Vivienne.

Para mí que ha sido alguien desde dentro.

—¿Sospecha de alguien?

—¿Han hablado ya con madame Cohen?

—¿La bibliotecaria?

—Sí, la misma. Esa se hace la mosquita muerta, pero tiene muy mala leche, pero que muy mala. A mí una vez me hizo esperar por un manuscrito cinco horas. Solo por eso deberían declararla culpable.

Leconte y Petit intercambiaron una mirada mientras el Dr. Brandt daba cuenta de la tarte tatin .

—Ya, muy fino su análisis, Dr. Brandt. Muy fino. Una última pregunta, ¿mencionó su estimado amigo dónde se alojaban él y sus conejos?

Brandt pinchó el último trozo de tarta y, sosteniéndolo en el aire, lo consideró antes de responder.

—Sí. Después de comer dimos un paseo. Me despedí de él en la puerta de su hotel. Estaba en la Rue de Bièvre, muy cerca de aquí. Un hotelito pequeño, de esos con el nombre pintado sobre la puerta. Les diré el nombre a condición de que se larguen y me dejen en paz.

En vista de que ya no podían esperar conseguir mucha más información de la que tenían, el inspector Leconte aceptó el trato.

En la Biblioteca Nacional, Alain Gourdon estaba a la búsqueda de alguna excusa que le permitiera retrasar el inevitable encuentro con los espectros de sus antecesores.

Una vez finalizadas las pesquisas, había acompañado a los agentes de la policía judicial hasta la puerta principal, pero más por diferir dicho momento que por gentileza.

El dolor de cabeza, que no solo no había remitido, sino que iba en aumento, le brindó el pretexto que necesitaba, por lo que, en lugar de volver a su despacho, decidió dirigirse al lavabo y refrescarse.

Mientras dejaba correr un poco el agua, volvió a repasar mentalmente la reunión que acababa de tener lugar.

No sabía qué le indignaba más, si la negligencia de la bibliotecaria, la actitud condescendiente de los dos policías o el que un payaso con jorongo hubiera logrado sustraer un manuscrito azteca de su biblioteca.

Aunque, mirándose al espejo, tampoco llegaba a explicarse por qué el hecho le molestaba tanto.

La biblioteca tenía miles de documentos antiguos.

Uno más o uno menos tampoco es que importara tanto.

—Y afortunadamente se trata de uno de los del fondo mexicano y no de un original de Zola o Victor Hugo o de Les Miracles de Nostre Dame de Gautier de Coinci —se dijo para intentar tranquilizarse.

Sin duda los documentos del fondo mexicano eran valiosos, pero tampoco en París habían recibido esos papeles viejos la consideración que merecían.

El Códice Peresianus , uno de los cuatro códices mayas que sobrevivieron a la conquista, fue encontrado por Léon de Rosny en 1859 dentro de un cesto de papeles viejos cerca de una chimenea.

Se salvó de convertirse en cenizas de puro milagro.

—Mucho boato, mucho grandeur , pero la puñetera biblioteca siempre fue un caos —refunfuñó Alain Gourdon, frotándose las manos con jabón.

No era de extrañar que Mitterrand le hubiera puesto al frente del intento de modernizarla y dotarla de un catálogo informático, una novedad sin precedentes en una época en la que las búsquedas todavía se hacían utilizando fichas de cartón.

Pero hasta al gran Mitterrand, al que los franceses apelaban cariñosamente como Tonton, se le agotaría la paciencia y terminaría por construir una nueva sede en el barrio de Tolbiac, en el decimotercer arrondissement de París, un proyecto desmesurado, frío e impersonal, de un tamaño proporcional al de su ego.

La pesada puerta que daba acceso al lavabo de caballeros se abrió con una especie de graznido.

Un hombre le saludó cortésmente y se dirigió al urinario.

Alain lamentó tener que compartir ese momento de reflexión con un desconocido, pero ni modo.

Él podía ser el director de la biblioteca, pero eso era un baño público y el pueblo tenía derecho a usar el retrete tras empaparse de cultura.

Así que cerró el grifo, arrancó una tira de papel del dispensador con la que secarse el rostro y las manos, y, saliendo del baño, se resignó a volver a su despacho.

Una vez allí, trató en vano de concentrarse en su trabajo.

Era difícil hacerlo con los fantasmas de sus antecesores sacando los libros de sus estantes y arrastrando sus cadenas por la habitación.

Al fantasma de Joseph Naudet, que le acusaba de incompetente, se sintió obligado a recordarle que en su época habían salido de Francia no una, sino treinta mil obras, incluyendo manuscritos de Galileo y Descartes.

Y al de Jules Vincent, un obrero armero que fue designado durante la Comuna de París como director de la Biblioteca, le afeó el que le hubieran destituido de sus funciones el 27 de abril de 1871 tras haber sido declarado culpable de un robo de diez mil francos.

En una esquina, refunfuñaba el fantasma de Jean-Louis Carra, arrestado y ejecutado el 31 de octubre de 1793, razón por la que su cabeza, que aguantaba en una mano, estaba separada del tronco.

Le recriminaba a Gourdon que se preocupara más por filosofar sobre los tabúes sexuales de las francesas que por garantizar la seguridad e integridad de las bibliotecas.

Y en los mismos términos se expresaba el espectro de Bernard Faÿ, nombrado administrador general de la Biblioteca Nacional el 6 de agosto de 1940 a raíz de la destitución por Vichy de Julien Cain, que era judío.

Faÿ no se mordía la lengua —o lo que quedaba de ella— a la hora de expresar su disgusto.

—Puto, comunista y masón. Eso es lo que es usted. Es porque estoy muerto que si no… Se iban usted y el mexicano del sarape de excursión por el este de Europa.

Algo de razón tenían, pensó Gourdon, que antes de acceder al cargo de director de la biblioteca había publicado bajo el seudónimo Julien Cheverny varios tratados sobre el matriarcado y el eterno femenino.

—Más me hubiera valido quedarme en casa —suspiró.

Unos y otros se arremolinaban por el despacho exigiéndole que tomara medidas urgentes para asegurarse de que el manuscrito en cuestión retornara a su carpeta, y esta a su estantería correspondiente.

—Y mientras tanto —sugirió el fantasma de Gilles Malet, mirando de reojo a Gourdon—, no deje entrar a la sala de manuscritos a ningún mexicano y entérese de lo que esos inútiles de la policía judicial tienen pensado hacer.

La propuesta concitó la aprobación entusiasta de todos los espectros.

—De acuerdo —dijo Alain sin mucha fe.

Unos días más tarde, Leconte y Petit se presentaron de nuevo en la Biblioteca Nacional con la puntualidad resignada de quienes cumplen una orden que no comparten.

No era habitual que la policía judicial informara sobre sus pesquisas a personas involucradas en un caso, pero Alain tenía el tipo de amistades que permitían que las normas se relajaran en determinados casos.

—Gracias por venir, agentes —dijo Alain, levantándose del sillón para saludar a los dos policías y tratar de aplacar el enfado de estos, sin conseguirlo.

—Antes de empezar —dijo Leconte reprimiendo a duras penas sus deseos de mandar al cuerno al director— quiero dejar constancia de que compartir detalles de una investigación en curso con personas implicadas no es el procedimiento habitual, por muy director de la Biblioteca Nacional que sea.

—Entendido —dijo Alain.

Leconte miró a Petit y le hizo una seña para decir lo que tenían que decir y salir de allí lo antes posible.

—Hemos localizado el hotel en el que se hospedó el sospechoso gracias a un conocido de ustedes, el doctor Brandt —empezó diciendo—. Un establecimiento pequeño, familiar, de los muchos que hay cerca de la Rue de Bièvre.

—¿Y?

—Y que utilizó el mismo nombre para registrarse que había dado en la biblioteca. José Castañeda del Valle. O es muy tonto, o es muy listo; pero al menos nadie le puede negar que no sea consistente.

—La propietaria, que hace también las veces de recepcionista, nos dijo que era un huésped discreto —interrumpió Leconte—. Que salía temprano y volvía tarde. Y que las únicas conversaciones que tuvo con él fueron en el desayuno. ¿Quiere monsieur le directeur saber también lo que ordenó?

Alain parpadeó, tomado por sorpresa. Leconte no le dio tiempo a responder.

—Huevos rancheros y frijoles refritos, al parecer un plato muy apreciado en México. Si tiene curiosidad, puedo indicarle a dónde dirigirse para buscar una receta.

—Muy amable, inspector. No hará falta.