3. Bajo la biblioteca de las nueve bóvedas #2
—Los primeros días sí que nos llamó la atención, sí —admitió ella—.
Pero los investigadores a veces tienen… sus manías.
El profesor Santorini, el caballero que ocupa la mesa del tercer puesto, lleva veinte años viniendo con la misma corbata de punto verde.
Alguno hemos tenido que llevaba un turbante.
Y una vez se presentó uno con un kirpán.
Aquí vienen estudiosos de todo el mundo. Al final, uno se acostumbra.
—¿Cuántos días estuvo en la sala?
—Cuatro. Del martes al viernes. Llegaba puntualmente a las diez de la mañana y se marchaba antes de las dos. Pedía siempre varios documentos y los devolvía sin incidencias.
—¿Habló usted con él?
La bibliotecaria vaciló un instante casi imperceptible.
—En alguna ocasión. Tenía un francés bastante deficiente, pero se hacía entender. Era correcto en las formas, aunque…
—¿Aunque qué? —presionó Alain desde la puerta, contra la que estaba apoyado, incapaz de estar sentado.
Tenía un fuerte dolor de cabeza y las explicaciones de madame Cohen, que ya había escuchado, se le clavaban en la sien como si fueran agujas.
—Aunque a veces se quedaba mirándome más de la cuenta —dijo ella, bajando la voz—. Y me hacía preguntas que no venían a cuento. Que si estaba casada, que si me gustaría conocer México. Tonterías. Nada que no supiera manejar, pero no quiero hablar sobre ello, monsieur le directeur.
Leconte le sirvió un vaso de agua que la bibliotecaria bebió apresuradamente, intentando calmar sus nervios.
—Lo entendemos perfectamente, madame Cohen, pero comprenda que necesitamos aclarar lo que ocurrió. ¿Dijo algo que pudiera resultar significativo en retrospectiva?
La bibliotecaria miró brevemente a Alain antes de responder.
—Me dijo que esos documentos deberían estar en México.
—¿Eso dijo?
—Sí. Y yo le respondí que si se hubieran quedado allí probablemente ya no existirían. Se echó a reír. No sé si fue una risa de acuerdo o de burla, pero tampoco le di mayor importancia.
—¿Y alguna vez le vio hablar de eso o de cualquier otra cosa con alguien aparte de con usted?
—No. Nunca le vi hablar con nadie en la sala.
Aunque… El martes, el primer día, coincidió en la sala con un investigador alemán.
El doctor Brandt, el especialista en códices mesoamericanos de la Universidad de Heidelberg.
Estuvieron sentados en la misma mesa durante casi dos horas.
No puedo asegurar que hablaran, pero tampoco puedo asegurar que no lo hicieran.
—¿Y sigue en París ese tal doctor Brandt? —interrumpió nuevamente Petit.
—No lo sé —dijo madame Cohen—. No lo he visto últimamente.
—Ya veo. Y explíqueme: ¿cuándo se dio cuenta de que el manuscrito, códice o como quieran llamarlo, había sido sustraído?
La bibliotecaria, que había logrado mantenerse serena hasta ese momento, ya no pudo aguantar más y se cubrió el rostro con un pañuelo blanco que tenía entre las manos.
—Por favor, contrólese y conteste a las preguntas de los agentes— le espetó Alain sin contemplaciones, incapaz de explicarse cómo podía haber sido tan incompetente como para que le robaran un manuscrito de las características del Tonalamatl.
Madame Cohen se sonó la nariz y volvió a juntar las manos sobre la mesa.
—Esta mañana —dijo con la voz algo quebrada—.
Cuando abrí la caja donde debía estar guardado el Tonalamatl encontré unas cuartillas usadas, de esas que se utilizan en la sala para tomar notas.
Al principio pensé que había habido un error de archivo, que alguien había mezclado documentos sin querer.
Eso ocurre a veces, ¿sabe? Pero cuando busqué el Tonalamatl en las demás carpetas y no apareció, yo… yo…
A la bibliotecaria se le quebró una vez más la voz y dejó sin terminar la frase.
—Muy bien —dijo Leconte tras unos segundos—. Volvamos al viernes. ¿Puede describir con exactitud lo que ocurrió desde que el individuo llegó hasta que se marchó?
—Llegó a la misma hora que los días anteriores, alrededor de las diez. Pidió varios documentos, entre ellos el Tonalamatl. Estuvo trabajando en su puesto con normalidad durante unas dos horas. A mediodía…
—¿A mediodía? —presionó Leconte.
—A mediodía recibí una llamada telefónica. Tuve que ausentarme de la sala durante unos minutos para atenderla en el despacho. No más de diez o quince minutos.
—¿Una llamada?
—Sí, mi hermana, que estaba en el hospital. Nada realmente importante.
—¿Y quién la sustituyó en la sala durante esos minutos?
—No… No hubo sustituto. Fueron solo diez minutos. Normalmente no pasa nada en diez minutos.
— Normalmente —dijo Alain con un tono que no dejaba dudas de que, si hubiera podido, la habría estrangulado en ese momento.
—Y cuando regresó, ¿el individuo del sarape seguía en su puesto? —continuó Leconte.
—Sí. Estaba exactamente donde le había dejado, consultando el documento dentro de su caja. Al menos eso me pareció.
—¿Comprobó usted el contenido de la caja cuando la devolvió? —preguntó Petit.
La respuesta tardó un momento en llegar.
—No. Había otros investigadores devolviendo documentos al mismo tiempo. Es el momento de más actividad de la mañana, pues los viernes cerramos pronto. Y pensé… pensé que otro compañero lo habría hecho.
Leconte consideró que la mortificación ya había durado lo suficiente y cerró su bloc de notas, dando la entrevista por concluida. La bibliotecaria estaba a punto de abandonar el cuarto, cuando escuchó la voz del inspector a su espalda.
—Antes de que se marche, madame Cohen, una pregunta más, ¿cómo pudo obtener este individuo acceso a la sala, si está restringida a investigadores?
—Al principio no se lo dimos, pero luego dijo que era periodista y que estaba haciendo un reportaje sobre la colección Goupil. Que trabajaba para un periódico en Cancún. El Informador del Caribe , o algo así.
—Así que periodista, ¿eh?
—Eso dijo.
—Gracias, madame Cohen. Eso es todo por ahora.
Leconte y Petit no tardaron en dar con el paradero del doctor Brandt.
Lo encontraron leyendo el Journal de la Société des Américanistes en Le Temps Perdu, un bistró estrecho cercano a la Sorbona cuyo menú del día probablemente ya incluía terrina de campaña, confit de canard y tarte tatin cuando los aztecas decidieron abandonar Aztlán.
—¿Doctor Brandt?
El hombre levantó la vista por encima de las gafas y supo que los dos individuos que le habían interrumpido la sobremesa eran policías incluso antes de que el inspector Leconte le enseñara la placa.
—Policía judicial. ¿Le importa si nos sentamos un momento con usted?
Al agente Petit le encantaba cuando su superior decía esa frase. Le recordaba a Jean-Paul Belmondo en Peur sur la ville , aunque Leconte tenía veinte kilos más y ninguna intención de perseguir a un ladrón de libros por los tejados de París.
—Estamos investigando el robo de un manuscrito de la Biblioteca Nacional de Francia —continuó Leconte acomodándose en una silla sin esperar que el doctor diera su venia—. Nos han dicho que usted coincidió en la sala de manuscritos con el individuo que creemos responsable del robo.
Brandt cerró el libro y reflexionó —o fingió reflexionar— un instante.
—¿El mexicano del jorongo?
—El mismo.
Una sonrisa pícara se dibujó en el rostro arrugado de ese hombre de unos sesenta años y algo corpulento, que llevaba con orgullo dos grandes entradas en la frente y un corte de pelo a lo Klaus Kinski.
—Sí, coincidimos varios días en la sala, sí. Un tipo singular. Comimos juntos una vez, precisamente aquí —señaló vagamente la mesa de al lado con un gesto de la mano—. En esa misma mesa, si no recuerdo mal.
Petit sacó su libreta y anotó algo en ella.
—Qué gentil de su parte, doctor Brandt. ¿Ya se conocían?
—No, era la primera vez que lo veía en mi vida, pero siempre he tenido debilidad por las personas extravagantes.
—Ya, ya veo. ¿Y de qué hablaron, si no es indiscreción?
—Pues mire usted, fundamentalmente de fútbol. Me dijo que era un gran admirador de Rummenigge y que él tenía una escuela de fútbol en México. Me dijo el nombre, pero ya no lo recuerdo.
—¿Fútbol? ¿Eso es todo?
—Bueno, ahora que lo menciona también parecía estar algo obsesionado con los cuatrocientos conejos. Me mostró incluso un tatuaje que llevaba en el brazo en honor de uno de ellos.
Leconte y Petit se miraron.
—¿Perdón?
—Los centzon tōtōchtin . Las cuatrocientas divinidades aztecas del pulque, señor inspector.
Una leyenda mexicana. A la segunda copa de Burdeos que se tomó, ya juraba y perjuraba que yo me había convertido en uno de ellos.
Hasta insistió en tocarme el bigote para cerciorarse, a lo que naturalmente me negué.
Pero dejando ese detalle aparte, me pareció un hombre extraordinariamente bien informado sobre las antiguas tradiciones indígenas. Demasiado, diría yo.
—¿A qué se refiere?
—Pues a que un aficionado no se sabe de memoria los nombres de cuatrocientos dioses y habla de ellos como si los tuviera delante.
Eso lo hacen los fanáticos o los locos, inspector.
Si a ello le sumamos el cargo de ladrón de manuscritos que ustedes le imputan, comprenderá que me parezca un tipo fascinante —añadió el Dr. Brandt con cierta sorna.
Leconte hizo un gesto a su subordinado para que continuara con el interrogatorio.
—Doctor Brandt, tenemos entendido que usted ha sido acusado en el pasado de irregularidades en la adquisición de piezas arqueológicas.
Desde que los dos hombres se identificaron como policías, estaba esperando esa pregunta.
En los círculos de la americanística europea se contaba que en los años sesenta había sacado de Guatemala una estela maya troceada en la bodega de un carguero bananero; que una máscara de jade que él atribuía a una «colección privada suiza de los años treinta» se parecía sospechosamente a una desaparecida del Museo de Villahermosa; y que, en la universidad, sus colegas le conocían por los apodos der Grabräuber (el saqueador de tumbas) y Tutankamón, debido al gran número de artefactos funerarios que tenía en su despacho.