3. Bajo la biblioteca de las nueve bóvedas
—He aquí uno de los mayores tesoros de Francia; aseguraos de que sois digno de él.
El edificio, un palimpsesto arquitectónico construido en etapas sucesivas durante tres siglos, de techos altos y molduras deterioradas, puertas de madera oscura, tiradores de bronce y luz amarillenta, ciertamente se prestaba a los robos, las apariciones y los prodigios.
Su parte más antigua, conocida como el Hôtel Tubeuf, había pertenecido al cardenal Mazarino, uno de los hombres más poderosos de Francia.
Sin embargo, los anaqueles pronto desbordaron las paredes que los constreñían y la biblioteca, convertida en un manglar de folios, pliegos, pergaminos y gofrados, no tardó en expandirse a las salas y propiedades colindantes hasta ocupar casi toda la manzana.
Ese era, a grandes rasgos, el templo que había sido profanado, y del que Alain Gourdon había sido nombrado director, conservador y sumo sacerdote apenas un año antes por obra y gracia de Pierre Mauroy, primer ministro durante la presidencia del h uey tlatoani François Mitterrand:
—Alain —le había dicho Mauroy—, he aquí uno de los mayores tesoros de Francia; aseguraos de que sois digno de él.
A Gourdon se le hinchó el pecho de orgullo.
No le cabía la menor duda de que él era la persona indicada.
Reconocido escritor y ensayista, Alain pertenecía a esa clase de intelectuales franceses que supieron combinar el oficio de escritor con el de alto funcionario público en la Francia de los años ochenta, formando una especie de casta sacerdotal capaz de desentrañar el verdadero significado de los torcidos glifos de la modernidad en una embriagadora conjunción de cultura, poder político y ostentación.
Quizás en algún momento se sintiera un poco como Borges cuando fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina, pero Borges era en el fondo un romántico de los libros que se imaginaba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca.
Alain no se tomaba su trabajo como director de la Biblioteca Nacional menos en serio que el escritor argentino, pero si se permitía imaginar el Paraíso de alguna forma, era bajo la especie de un puesto de alto funcionario en las Naciones Unidas.
De ahí que el expolio que había acontecido unos días antes fuera no solo un suceso institucional, sino una afrenta personal.
El despacho de Alain estaba situado en la planta primera, relativamente cerca de la entrada y de la galería principal.
Cuando llegó, hacía ya diez minutos que le estaban esperando dos miembros de la policía judicial.
El inspector Leconte y el agente Petit habían aceptado encargarse del caso a regañadientes, temiendo con razón ser blanco de las burlas de sus compañeros, tipos duros, curtidos, acostumbrados a lidiar con homicidios, estafas y atracadores de banco, y no con robos en bibliotecas, museos y jardines de la pequeña infancia.
Ni uno ni otro eran especialistas en arte o manuscritos, por lo que, después de las presentaciones de rigor y los cinco minutos de cortesía dedicados a temas perfectamente intrascendentes como el estado del tiempo, sus primeras preguntas fueron dirigidas a intentar entender qué demonios era lo que había sido sustraído y requería la intervención de dos agentes de la policía judicial.
—Bien —dijo Leconte, sacando una libreta—. ¿Puede describirnos el objeto sustraído?
Alain suspiró con la resignación de quien tiene que explicarle a un extraterrestre lo que es el Corán.
—Se trata de un manuscrito mexicano del siglo xvi conocido como el Tonalamatl de Aubin. Un libro de augurios y profecías que los aztecas utilizaban para determinar el destino de las personas según el día de su nacimiento. Aquí tiene unas fotografías.
Leconte levantó la vista de la libreta y revisó las instantáneas con mal disimulado escepticismo.
—¿Un libro de horóscopos? ¿Como los que publica Le Parisien ?
—No, un libro sagrado, inspecteur Leconte —corrigió Alain.
—¿Y cuánto vale?
—Es difícil de decir, pero su valor cultural es inmenso. Existen menos de veinte códices prehispánicos completos en el mundo. Menos de veinte, inspector. El resto fue destruido durante la conquista española.
—¿Códice?
—Manuscrito. Libro. Documento antiguo —dijo Alain, que empezaba a arrepentirse de haber pedido la intervención de la policía.
Petit, que hasta ese momento había permanecido en silencio, concentrado en la taza de café con galletas que les había servido la secretaria al entrar, intervino por primera vez:
—¿Cómo llegó el manuscrito a esta biblioteca?
—Es una historia larga —dijo Alain sin entender muy bien en qué podía ayudar la lección de historia a resolver el caso.
—Tenemos tiempo —respondió Leconte, que no tenía ninguna prisa por volver a la brigada y enfrentarse a la mofa de sus compañeros.
Alain se recostó en su silla.
—El Tonalamatl perteneció originalmente a la colección de un italiano llamado Lorenzo Boturini, que llegó a México en el siglo XVIII y pasó años recorriendo el país reuniendo manuscritos indígenas.
Las autoridades coloniales lo arrestaron, le confiscaron todo y lo mandaron de vuelta a España.
Sus documentos quedaron en México, en las cajas reales.
—¿En las cajas reales?
—En los almacenes del gobierno colonial.
Allí permanecieron hasta la independencia de México, en estado de abandono.
Después pasaron por varias manos, incluyendo las de un explorador de nombre Waldeck y de un académico llamado Aubin, que es por lo que al documento que ha sido sustraído se le conoce como el Tonalamatl de Aubin.
Este se lo vendió a un industrial llamado Goupil, cuya viuda lo donó a esta biblioteca en 1898. Y… desde entonces han estado aquí.
— Très, très intéressant … —dijo Leconte arqueando una ceja e intercambiando una mirada con Petit.
—¿Y se puede saber qué es lo que le parece tan interesante, inspecteur Leconte? —preguntó con falsa cortesía Alain, que no se caracterizaba por su paciencia.
Leconte optó por no contestar, acostumbrado como estaba a ser él el que hacía las preguntas.
—Y cuénteme, monsieur le directeur, ¿qué medidas de seguridad tiene este edificio? Sin duda han de ser excepcionales.
—Yo he heredado las que había —respondió Alain, molesto por la velada acusación del policía, dicha con malintencionada retranca.
— Mais, oui, évidemment. Nadie le acusa a usted de nada…
—Al menos, no todavía —apostilló burlón, el compañero.
Alain lo atravesó con la mirada.
—Monsieur, esto es una biblioteca. No un banco. Tratamos con lectores e investigadores, no con delincuentes. Nuestro deber es facilitar el acceso al conocimiento, no impedirlo. Entenderán ustedes que…
—¿Tienen algún tipo de cámara o circuito cerrado de televisión?
—No.
—¿Y los únicos que vigilan quién entra y quién sale del edificio son esos dos fornidos y no muy despiertos caballeros que nos han saludado al entrar?
—Si se refiere usted a nuestros agentes de seguridad, sí así es, pero todas las personas que entran en la sala de manuscritos deben además aportar una acreditación y consignar sus datos.
—Oh, no me diga… Agente Petit, tome usted nota: en este respetable edificio se piden datos. ¿Y tiene usted por casualidad los del ladrón?
—Pues sí, ¿quiere verlos?
El inspector se puso las gafas y abrió la carpeta que desde el otro lado de la mesa le tendía Alain de mala gana.
En la ficha de admisión aparecía un nombre: «José Luis Castañeda del Valle».
Una dirección en México. El documento de identidad aportado.
Y otros detalles menores. Probablemente todo falso, juzgó Leconte, cerrándola de un golpe.
—Muy bien, monsieur le directeur. Ahora, nos va a disculpar, pero el agente Petit y yo tenemos otras diligencias que hacer. A la vuelta nos gustaría que nos llevara a la sala de manuscritos y nos permitiera hablar con la persona encargada de la misma el día de los hechos.
Una vez fuera del despacho, Leconte le preguntó a Petit con una risa apenas contenida:
—¿Qué te parece?
—Un imbécil.
—No, hombre, no. El director no. Digo el caso.
— Une connerie .
Un par de horas más tarde, los dos policías regresaron a la Biblioteca Nacional.
Alain Gourdon los acompañó a la sala de manuscritos, de donde había sido sustraído el Tonalamatl.
Mucho más íntima que las grandes salas de lectura diseñadas por Henri Labrouste y Jean-Louis Pascal, disponía de unas largas mesas de trabajo flanqueadas por sillas de rejilla que crujían cada vez que alguien se movía.
Una luz lateral proveniente de unos grandes ventanales caía sobre los investigadores, que parecían puestos allí a propósito, como si alguien se hubiera propuesto recrear un scriptorium medieval.
Al fondo de la sala, detrás del mostrador de petición de manuscritos, esperaba sin poder contener su nerviosismo madame Cohen, una mujer menuda, de unos cincuenta años y el cabello teñido de castaño, que se apresuró a dejar su sitio a un compañero apenas Alain Gourdon le hizo la señal convenida de que se acercara.
—Madame Cohen, estos son el inspector Leconte y el agente Petit. Haga el favor de acompañarnos.
La mujer asintió sin decir nada y los cuatro pasaron a una sala auxiliar, reservada al personal, donde se guardaban los ficheros de acceso, los registros de peticiones y los documentos administrativos.
—Madame Cohen —empezó Leconte con el tono neutro y ligeramente aburrido de quien ha hecho esa misma pregunta muchas veces—, ¿puede describirnos al individuo que consultó el documento los días previos al robo?
La bibliotecaria carraspeó.
—Era un hombre de estatura media, complexión normal, más bien delgado, cabello negro y rizado, tez morena. Tendría unos treinta y cinco o cuarenta años. Llevaba siempre el mismo… atuendo.
—¿Qué tipo de atuendo?
—Una especie de poncho.
Leconte la miró sin poder ocultar su sorpresa.
—¿Un poncho?
—Sí, de colores. Verde con rayas.
—¿Y eso no le pareció inusual? —preguntó Petit, dirigiéndose a la bibliotecaria.