2. El Señor de la Torre y Hono #6
Tal era su ánimo que ni se alegró con la noticia.
El caballero del Sacro Imperio Romano recogió sus escasas pertenencias y, saliendo de la antigua Gades por la Puerta de Tierra, se encaminó una vez más a la Corte, esta vez con intención de limpiar su buen nombre y reclamar que su majestad le devolviera los manuscritos que habían quedado en México y que tanto trabajo le había costado atesorar.
Llegó a Madrid con todo el polvo del camino acumulado en su sombrero y una carta para don Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, a cuya casa se dirigió.
Poblano de nacimiento, Veytia se encontraba en la capital despachando asuntos de su padre, oidor de la Audiencia de México y uno de los pocos amigos que socorrieron al caballero Boturini durante su caída en desgracia.
—Mi padre me pondera sus apreciables prendas y me ordena que le ayude en cuanto pueda. Quédese el tiempo que necesite —le dijo Veytia doblando la carta de su progenitor.
Y volviéndose a sus criados, les indicó:
—María, Antonio: preparad un baño caliente y una habitación para el señor.
Los dos criados, como movidos por un resorte, partieron a cumplir la orden.
Recobradas las fuerzas, lo primero que hizo fue presentarse ante la condesa de Santibáñez, a quien, con la mayor humildad, explicó cuanto había pasado desde que puso por primera vez los pies en su palacio: cómo había vuelto a la capital todavía más pobre de lo que salió, sin papeles de sus antepasados que mostrarle y sin haber logrado asegurar sus rentas.
Esa mujer, que ahora le parecía simplemente una pobre vieja, arrugada y marchita, y no la deidad terrible de antaño, no solo se compadeció de sus desventuras, sino que puede que tuviera también algo que ver con el inesperado apoyo que su causa y proyecto recibieron por parte del ministro José de Carvajal y Lancaster, hombre seco y agrio, brusco y tajante, pero que era honrado, íntegro y amigo incondicional de la verdad, protector oficial de la Real Academia de Bellas Artes y decano del Consejo de Estado, cuyo padre había sido el conde de la Enjarada, también conocido como Bernardino de Carvajal y Vivero Moctezuma.
—Moctezuma. Otro Moctezuma. Ni que todo esto fuera cosa de encantamiento —se dijo en voz baja Boturini.
Fue gracias a los buenos oficios de Carvajal que el recién proclamado rey Fernando VI escuchó los ruegos del lombardo y, contra el parecer de su Consejo, accedió a nombrar al caballero Boturini nada menos que cronista de Indias; y no contento con ello le asignó además un sueldo de mil pesos al año y le ordenó regresar a México, donde debían serle restituidos sus libros.
El gozo, sin embargo, no le duró mucho al hijo del herrero.
No solo el sueldo era escaso para tal viaje, sino que su archienemigo, el conde de Fuenclara, había regresado a España y, como él, también se asentó en Madrid, en una casa palacio que había sido de los Enríquez de Guzmán.
Desde allí, discretamente, hizo todo lo que pudo para impedir que el Señor de la Torre y Hono pudiera cumplir su deseo.
A despecho de quienes conspiraban contra él, el caballero Boturini consideró que era su obligación cumplir con la tarea de cronista que el rey le había encomendado mientras llegaba el ansiado momento de volver a la Nueva España.
Se propuso así escribir una nueva historia de América basada en los textos que había descubierto, y se entregó a la tarea como antaño a coleccionar genealogías, aun sin dinero ni acceso a los documentos.
—Pero ¿cómo piensa vuesa merced llevar a cabo tamaña empresa sin sus libros? —le preguntaban.
—Los tengo todos aquí —solía decir, dándose golpecitos en la sien—. Me los robaron de las manos, pero no de la cabeza.
Párrafo tras párrafo, hoja tras hoja, fue bosquejando su obra, pero a medida que esta crecía, sus esperanzas de verse de nuevo en un barco se fueron marchitando.
Uno tras otro sus conocidos se marcharon o murieron: Veytia partió a México; Carvajal falleció de repente en su habitación del Buen Retiro; incluso Ensenada, en quien había depositado sus últimas esperanzas, fue defenestrado.
Y así el que se hiciera llamar Señor de la Torre y Hono quedó solo y desamparado en Madrid, deambulando entre manolos, majas y chisperos.
La muerte lo sorprendió en un pequeño cuarto de la plazuela de Ludones, la misma plazuela donde vivió Elena Osorio, una de las tres hijas del histrión Jerónimo Velázquez, primero amada y luego infamada por Lope de Vega, que en su honor escribió aquello de «estas son tres, estas son tres, las que empuercan el barrio de Lavapiés».
Lo encontró con una copa de licor blanquecino entre las manos, soñando con la biblioteca que había formado a costa de los indios, que quedó guardada en México en las cajas reales, y en la que se encontraban, entre muchos otros, los cantares del rey poeta Nezahualcóyotl, la crónica de Tetzotzomoc, el mapa de Chalma, Tlaltecahuaca y Tlaxichco, los tributos de los indios de Tlatlauca, las ruedas del año indiano y también el Tonalamatl, que en 1982 robara Castañeda del Valle en París, y en el que el Señor de la Torre y Hono quizás siempre supo que estaba escrito su destino, y en el que Alain Gourdon, director de la Biblioteca Nacional de Francia, nunca sospechó que pudiera estar escrito el suyo.