Cuatrocientos conejos 2. El Señor de la Torre y Hono #5
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2. El Señor de la Torre y Hono #5

El Señor de la Torre y Hono pasó varias semanas encerrado en Veracruz, añorando cada uno de sus objetos y manuscritos.

De ellos, únicamente había conseguido salvar unos pocos, y estos gracias a que no se encontraban con él en el momento de su detención.

Por las tardes los sacaba uno a uno del baúl y se quedaba embobado mirándolos, y tenía un deseo irreprimible de hacer brotar sangre, de pincharse un dedo o la oreja con una aguja o una espina; o de tirar unos granos de maíz sobre ellos e intentar leer en qué dirección apuntaba su tonalli o fuerza vital y qué es lo que el futuro le tenía reservado.

Sobre la mesa había puesto una auténtica muela de gigante, de esos que, según él, habían antaño poblado esas tierras, y en la pared dibujó una rueda calendárica, para saber en qué día estaban.

Empezó a llevar la cuenta según la antigua usanza y a interpretar los signos.

Fue entonces cuando comprendió que el tiempo se le estaba acabando y que no le eran precisamente propicios los augurios.

Una mañana temprano los vigías de la fortaleza otearon en el horizonte las velas del Concordia, que así se llamaba el barco que había de llevarle a España.

El postigo se abrió de repente. El alcaide asomó su feo rostro por el ventanuco y lo encontró tirado en el suelo con los papeles desperdigados a su alrededor, murmurando palabras en una lengua que no reconoció.

—¿Puede saberse qué demonios hace vuesa merced? —preguntó con desconfianza.

—Leo el futuro —respondió el Señor de la Torre y Hono sin levantar la vista.

El alcaide, sorprendido, consideró la respuesta un momento.

—¿Y qué dice?

—Que saldrá usted de este mundo como entró.

—Pues deje vuesa merced de ensuciarme el suelo de la celda y apréstese para partir —le espetó malhumorado—. Y guarde su asquerosa muela de gigante en el baúl.

Los que lo vieron salir de San Juan de Ulúa no sabían si santiguarse o apedrearlo, tan poco cristiano era su aspecto.

Por la ciudad corría además el rumor de que el prisionero era pájaro de mal agüero.

Una vez instalado en el Concordia, marinero hubo que pensó en tirarlo a él, a sus manuscritos y a la dichosa muela de gigante por la borda, máxime cuando el día de la partida la nave se les llenó de conejos que nadie supo explicar de dónde habían salido.

Lo que ocurrió después dio la razón a los más timoratos de entre ellos, pues cuando ya estaba el Concordia a un tiro de piedra de Cádiz, a la altura del cabo de Espartel, le salió al encuentro el Solebay, un barco de guerra inglés.

Al principio nadie supo quién era quién.

Los ingleses —tan sibilinos ellos— se hicieron pasar por holandeses y los españoles —no menos embaucadores— por franceses.

Y así las dos naves se fueron cautelosamente aproximando, sabiendo que en ese gato había inglés o castellano encerrado, hasta que, cuando estuvieron una al lado de la otra, saltó la liebre.

Arriaron a toda prisa sus banderas y dejaron ver sus verdaderos colores, y al grito de «¡Viva el rey, cabrones!

», estuvieron combatiendo por espacio de cinco horas, cañonazo va, cañonazo viene.

Al final, los ingleses desarbolaron al Concordia y, tras abordarlo, trajeron por los pelos a su capitán, que les informó de que había perdido al menos setenta de sus hombres y que el barco tenía casi cinco pies de agua en las bodegas.

No pudiendo salvar la nave, los ingleses hicieron pasar a todos los pasajeros del Concordia al Solebay, así como su cargamento, y con todo ello a buen recaudo pusieron rumbo a Gibraltar.

Una vez en el Peñón, de nada le sirvió al Señor de la Torre y Hono declarar que él era italiano, y por lo tanto de un país neutral, pues le aconteció en tan señalada ocasión la metamorfosis más extraña que jamás le ocurriera a caballero alguno: que fue verse expelido de las Indias como extranjero y hecho prisionero en el mar como español.

Sordos a sus quejas, los británicos confiscaron su muela de gigante y las pocas cosas que había logrado sacar de México, y tras darle media moneda de oro portuguesa y un saco de ropa sucia por toda compensación, le indicaron con desdén el camino a Cádiz.

Allí llegó unos días más tarde con las calzas rotas y la casaca hecha jirones; y de esa guisa se presentó ante el intendente de la Real Casa de Contratación de aquella Audiencia para que su señoría hiciera de él lo que mejor le pareciera.

—Señor Boturini —dijo el intendente recostándose en su silla—, es tarde y estoy cansado.

Los documentos que debían condenarle están en el fondo del océano.

El virrey que lo perseguía está a tres mil leguas de aquí.

Y francamente, no tengo ganas de iniciar un proceso sin papeles contra un hombre que ya parece haber sido suficientemente castigado por la Providencia. Váyase. Es usted libre.