Cuatrocientos conejos 2. El Señor de la Torre y Hono #4
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2. El Señor de la Torre y Hono #4

— Notecohtzin , mi venerable señor, por Tonantzin, nuestra madre, la que está en el cielo y la que apareció en el cerro, la de la falda de estrellas, y por la del maguey, la de innumerables pechos, no os pido que me dejéis tocarlo, sino que vuesa merced me conceda, si así lo quiere su corazón, la gracia de verlo.

El viejo frunció el ceño, dudando si ceder al ruego de aquel extraño. Luego, como si hubiera recibido la orden de hacerlo, empezó a desplegar el manuscrito.

Lo que Boturini vio en Tlaxcala esa tarde lluviosa quedaría grabado en su memoria hasta el día de su muerte: en el cuadrante superior izquierdo de cada página de esa especie de calendario reinaba imponente el dios patrono de esa trecena, con seres de lenguas bífidas y garras afiladas, ataviados con plumas de quetzal, jade y turquesa.

Les rodeaba un séquito de seres mágicos: las trece aves celestiales, los trece Señores del Día y los nueve Señores de la Noche.

El tiempo parecía fluir por todos ellos no como una línea, sino como una rueda hecha de tierra, de insectos y de plantas.

Le dio la sensación de que la realidad entera giraba y giraba y giraba, y habría seguido girando infinitamente si no se hubiera pinchado por accidente con la aguja de maguey.

Les llevó varios días convencer al anciano para que les dejara llevarse el manuscrito con la excusa de copiarlo.

Al principio, se negó en redondo. Luego, gracias a una variopinta combinación de ruegos y promesas, el buen hombre terminó cediendo.

Cuando finalmente lo tuvo entre sus manos, el Señor de la Torre y Hono sintió que el Tonalamatl se aferraba a su pecho y supo que ya no podría dejarlo.

Al salir de la choza, escucharon unos sollozos que inicialmente atribuyeron a la guajolota. Era la mujer del huipil azul que estaba llorando.

—Patricio, dile que no se preocupe, que en breve se lo traigo.

Patricio Antonio López, cacique originario de Oaxaca, historiador y poeta que trabajaba de intérprete en la Real Audiencia, prefirió fingir que no lo había escuchado y apresuró el paso.

Embriagado de una felicidad que se mide en hojas viejas y tomos polvorientos, el hijo de Giambattista, el herrero, se hizo durante los años siguientes con cuanto mapa, fragmento, escrito o impreso pudo obtener de los naturales de esa república.

Todos ellos, los legítimos y los mal habidos, pasaron a integrar su colección, que instaló en su casa, situada frente al convento de religiosas de la Concepción.

Allí, ajeno a las cartas que desde España le enviaba la condesa recordándole su encargo, y sin imaginar ni por un instante que estaba condenado a perderlo todo, concibió una nueva empresa que consideró no menos importante que la de descifrar los secretos de su biblioteca.

Por aquel entonces ya llevaba algún tiempo de moda en Europa dotar a las vírgenes de una corona, y él, que la única mujer por la que sintió arder de amor su pecho fue la Virgen de Guadalupe, de la que alabó el rostro trigueño, el cuello doblado, las manos giradas, los ojos bajos, el labio exquisito y los cabellos discretos, consideró que era su obligación como devoto enamorado proporcionarle una diadema que estuviera a la altura de su desusada hermosura.

Habló con amigos y conocidos, escribió cartas, solicitó donativos y, sin permiso del arzobispo y sin tener en cuenta el Patronato Real, que requería la aprobación del Consejo de su majestad para esta y otras cosas semejantes, escribió directamente al Vaticano, sabiendo como sabía que Alejandro Sforza Palavicino había legado un dinero para coronar imágenes taumaturgas.

El arzobispo se llevó las manos a la cabeza.

No cabía duda de que la ciudad y sus alrededores se habían salvado de la última epidemia, la del gran matlazáhuatl , gracias a Nuestra Señora, y no había mejor forma de agradecerle su intercesión divina que ofreciéndole la dicha prenda.

Sin embargo, el problema no era el qué, sino el quién.

—Resulta inadmisible que el honor de hacerlo recaiga en un advenedizo, un extranjero, un mequetrefe que ha venido supuestamente a cobrar unas rentas en nombre de la condesa de Moctezuma, de cuya familia creíamos habernos librado desde que emigraron a España —le dijo al canónigo de la catedral una mañana a la vuelta de maitines—.

Mira tú por dónde, el alma en pena del emperador de los mexicas nos manda a este italiano para atormentarnos.

Afortunadamente, llegaba por esos días a la Nueva España el nuevo virrey, Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, que, no bien puso un pie en México, tuvo entre sus manos una de esas cartas que el Señor de la Torre y Hono mandara pidiendo donativos con los que culminar su empresa, e informándose de qué locura era aquella, montó en cólera.

—Que alguien haga el favor de explicarme qué hace un italiano en México y cómo se atreve ese gusano infecto a solicitar nada a Roma sin pedir antes el permiso de su majestad, como está mandado —rugió, dejando a todos anonadados.

De nada le sirvió al hijo de Giambattista argumentar que lo había pedido a posteriori cuando se dio cuenta de su falta y de que la Real Audiencia le había dado el «pase»; ni presentar ante los alguaciles todas las joyas que había recibido para la corona, que incluían ciertas bolitas de oro, perlas y esmeraldas, sin faltar ni una; ni declararse heredero de una distinguida estirpe que le conectaba con el conde Wigfredo de Borge, con los condes Poitou y los de Auvernia, los duques de Aquitania, de Borge y Tolosa.

Sin detenerse a pestañear, el virrey le fulminó ahí mismo una causa civil y otra criminal y lo mandó detener en la sala capitular de México.

Estando allí, le ordenó que ayudara a hacer el inventario de todos los manuscritos que había acumulado, que eran tantos y tan diversos que los notarios creyeron hallarse no ante una biblioteca, sino ante un laberinto indescifrable.

—¿Puede vuesa merced confirmar el título de este documento? —le preguntó, confundido, un joven secretario levantando la vista del papel.

El Señor de la Torre y Hono miró las páginas que le ponían delante. Inmediatamente reconoció las trece aves celestiales, los trece Señores del Día y los nueve Señores de la Noche, que le devolvieron la mirada con la preocupación dibujada en su fiero semblante. Era el Tonalamatl.

—No me acuerdo —dijo ante esa y todas las preguntas que le hicieron.

Como se negase a ayudar en la tarea, e incluso se atreviera a escribir a su majestad pidiendo amparo, el virrey lo mandó trasladar a una bartolina de la cárcel pública, donde estuvo solo, sin luz ni aire, rodeado de otros calabozos donde quedaban encerrados los ladrones y facinerosos del Reino.

El conde de Fuenclara se esforzó en dejar claro a quien quisiera escucharle que el hombre que había encerrado en la cárcel era no un varón ilustre, no un hombre de letras, no el mayor amante de la verdad, ni el hombre más desinteresado que hubiera pisado esas tierras, sino todo lo contrario: un laurentino corrompido, un extranjero sospechoso, un petimetre, un bribón, un plebeyo deleznable.

Solo accedió a sacarle de las mazmorras, y lo hizo a regañadientes, cuando un galeno le aseguró que, si seguía un día más en ellas, el dicho caballero saldría con los pies por delante.

—¿Tan grave está? —preguntó el virrey.

—Excelencia, tuvo una apoplejía. Si los otros presos no hubieran hecho ruido con sus cadenas, se nos muere ahí mismo.

Él con gusto lo habría dejado morir, pero quiso evitar un escándalo en consideración a que el dicho señor había hecho buenos e influyentes amigos en la Nueva España, y a que cualquier cosa que en México tuviera que ver con la Gloriosa Virgen de Guadalupe era un asunto de Estado de la mayor importancia, máxime si además se trataba de proporcionarle una corona.

Así, no dispuesto a dejarle en libertad, pero juzgando inconveniente mantenerle en la cárcel, se llevó los dedos índice y pulgar a su prominente papada, se recolocó la peluca y, tras dejar escapar un sonoro eructo, pues acababa de comer, decidió que saliera de la capital del virreinato con la primera recua de mulas que se dirigiera a Veracruz y que allí esperara lo que hubiera que esperar hasta que pudieran llevarle de vuelta a España para ser juzgado.

—Suba vuesa merced en ese jumento —le dijo don Sebastián de Torres, conducto de la plata del rey, apuntando al más triste de sus burros—. Salimos ahora mismo.

Nada pudo hacer el Señor de la Torre y Hono por recuperar sus amados documentos, y el Tonalamatl quedó sepultado en el mismo lugar oscuro, lúgubre y húmedo donde languidecían el resto de mapas y manuscritos.

Mientras, el dicho Sebastián de Torres se lo llevó a Veracruz por el camino más largo.

Y fue tanta la inquina del virrey Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, caballero de la Orden de Alcántara, pequeño de espíritu, pero grande de España, que, enterándose de que al llegar a Veracruz le habían instalado en la casa del coronel Maneyro, como correspondía a un caballero del Sacro Imperio Romano, dijo que de eso nada, que si quería un hotel que se hubiera ido a Santo Domingo, y que se le acomodara como se merecía en un calabozo de la fortaleza de San Juan de Ulúa, donde las torres que seis años antes habían sido testigo del naufragio del Santa Rosa le recibieron como al hijo pródigo.