Cuatrocientos conejos 2. El Señor de la Torre y Hono #3
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2. El Señor de la Torre y Hono #3

Y, con paso apresurado a pesar del cansancio, se dirigió hacia la Sierra de Guadalupe, donde se ubicaba el cerro del Tepeyac.

Fue allí donde en 1531 la Virgen se le apareció a un indígena llamado Juan Diego.

Extasiado por la belleza de la imagen, el Señor de la Torre y Hono se quedó durante días por la zona, yendo y viniendo del santuario.

Supo así que, en el lugar donde Juan Diego decía haber visto a la Virgen, los antiguos moradores del valle habían adorado previamente a Tonantzin, la diosa asociada con la tierra y la fertilidad, cuyo nombre en náhuatl significaba «Nuestra Madre venerada» o «Nuestra Madrecita».

Los curas reconocían no saber si los hombres y mujeres, mozos y mozas, que llenaban el lugar venían a adorar a la Virgen o a la antigua deidad azteca, que todos se hacían un lío, aunque en el fondo daba igual, pues la cuestión era adorar algo, lo que fuera.

Y cuanto más tiempo pasaba delante de la imagen y más preguntaba por ella a los capellanes de la iglesia, más fascinado se sentía; olvidando el encargo que le había hecho la condesa de Santibáñez, decidió que, puesto que no había todavía un cronista digno de tal Virgen, él, Lorenzo Boturini, experto en genealogías ficticias que parecían reales o en genealogías reales que parecían ficticias, sería el primero en escribir la verdadera.

Más de seis años dedicó el Señor de la Torre y Hono a recopilar cuanto papel pudo encontrar por los alrededores de la basílica y de la ciudad de México, empezando por el testamento original de una tía del celebrado Juan Diego y terminando con pinturas y artefactos de todo tipo.

Todo ello hasta completar la mayor colección de documentos antiguos que viera el virreinato desde la época en la que Cortés y los doce franciscanos empezaron sus andaduras por la Nueva España, uno acuchillando, los otros convirtiendo y todos ellos reduciendo a cenizas cuantos códices cayeron en sus manos. Pero no fue una tarea fácil.

Los dos primeros años pasaron sin que pudiera conseguir siquiera un triste jeroglífico, habiéndole sucedido muchas veces peregrinar durante meses de un pueblo a otro por largos caminos, sufriendo malsanos calores y tempestuosas lluvias, sin obtener fruto alguno.

Cuando las gentes del lugar le sentían llegar, lo primero que hacían era guardar los niños, las cabras y las gallinas a buen recaudo, pues, si había algo más temible que un corregidor o un cura, era ver a un italiano de la Lombardía yendo de un lado a otro como pollo sin cabeza, preguntando a los hombres, a las mujeres y a los viejos lo que no se tenía que preguntar, y no solo por la Virgen, sino por los dioses de otros tiempos, que por qué hacían lo que hacían, que qué apariencia tenían, que cómo contaban los días y los meses, que si era verdad que Xilonen, alias «la peluda», protegía el maíz tierno y si las tzitzimime bajaban de los cielos para devorar a los humanos durante los eclipses como si fueran monstruos sacados de un cuento de Lovecraft.

Y no contento con ello, les demandaba si tenían libros y mapas antiguos, ya estuvieran hechos con pieles de animales o con papel de amate o inscritos en alguna piedra.

—No, no, su merced. Nosotros no tenemos nada de eso ni nos acordamos de esas cosas. Las escrituras nos las quemaron los padres curas o las quemaron nuestros abuelos, que decían que eran cosa del demonio.

—Pero, buen hombre, ¿seguro que no han guardado nada?

—Seguro, señor, seguro, pero quizás en la aldea vecina tengan algo de lo que busca, y si no, en la siguiente, que por allá había muchos que conocían de esas cosas, pero nosotros no, señor. Aquí somos buenos cristianos. Pobres, pero cristianos.

Y ellos y las gallinas le veían marcharse, y no dejaban de observarlo hasta que se perdía por la siguiente colina y desaparecía, poco a poco, a lo lejos.

Pero el Señor de la Torre y Hono no había salido de las montañas de Sondrio y recorrido el Sacro Imperio Romano, paseado por Lisboa, peregrinado a Zaragoza y cruzado el Atlántico en la flota del miserable capitán general don Manuel López Pintado para darse la vuelta ahora con las manos vacías, no tras habérselas visto cara a cara con una descendiente de Moctezuma en un herrumbroso palacio de Madrid y haber sobrevivido en Veracruz al naufragio del Santa Rosa.

Era inteligente y observador, además de persistente, y, como se suele decir, quien con lobos anda, a aullar aprende.

De tanto tiempo que pasó por esos caminos, el Señor de la Torre y Hono se fue transformando.

Su aspecto dejó de ser el de un lombardo y empezó a expresarse en la lengua franca en la que hablaban los nahuas, otomíes, matlatzincas, mazahuas y tepanecas con los que se encontraba y en la que estos se comunicaban unos a otros sus alegrías, sus tristezas, el estado de la cosecha, los días de viento y las cosas secretas.

Cuando no andaba por los cerros, pasaba el tiempo en las pobladas bibliotecas de la ciudad de México, leyendo y consultando documentos, especialmente aquellos que el criollo Carlos de Sigüenza y Góngora legara al colegio máximo de San Pedro y San Pablo de los jesuitas, y de los que hizo todas las copias que pudo.

Olvidándose por completo de otros menesteres, pasaba los días estudiando manuscritos y charlando con todos aquellos que, como él, estuvieran interesados en las antigüedades de los indios, y todo lo que aprendía lo ponía inmediatamente en práctica con ellos.

De entre todas las amistades que cultivó en aquellos años, dos le resultaron especialmente provechosas.

La primera fue la madre Juana de San Agustín, abadesa del convento de Corpus Christi e hija de don Joseph Cortés Chimalpopoca, indio principal de Tacuba, cuya palabra bastaba para abrir puertas que hasta entonces le habían estado vedadas.

La segunda fue Patricio Antonio López, cacique originario de Oaxaca, historiador y poeta, que trabajaba de intérprete en la Real Audiencia y que le aconsejó qué decir y cómo hacerlo para granjearse la confianza de los naturales, quienes le fueron contando cosas y un buen día le empezaron a mostrar manuscritos, e incluso a dárselos.

El más singular de todos, el que marcaría su destino, lo obtendría de manos de un anciano una tarde de lluvia.

El propio Patricio Antonio López le condujo hasta su choza, situada a las afueras de Tlaxcala, asegurándole que aquel hombre poseía un libro que antaño se utilizaba para determinar el futuro de los hombres y su carácter.

—Recuerde, señor Boturini, manténgase callado y déjeme hablar a mí —le dijo antes de llegar.

La choza era de adobe y bajareque, de una sola habitación, con las paredes encaladas de blanco sucio y un techo de paja y zacate que la lluvia había oscurecido hasta volverlo casi negro.

El intérprete se detuvo a unos pasos de la entrada y llamó con tres golpes suaves en el marco de madera, pidiendo en náhuatl permiso para entrar.

Una mujer vestida con un huipil azul bordado con flores asomó por entre la tela gruesa.

Tras un breve intercambio de palabras, se hizo a un lado, indicando con la cabeza que podían pasar.

— Tlazohcamati —dijo Patricio dándole las gracias.

Dentro, un hombre entrado en años recosía las correas de sus sandalias con una espina de maguey.

Su figura encorvada era apenas visible entre la oscuridad y el humo que desprendía un fogón sobre el que descansaba una olla de barro negro.

Un ramo de flores de cempasúchil ya secas adornaba una imagen de la Virgen de Guadalupe clavada en el adobe.

Tras los saludos de rigor, el intérprete hizo las presentaciones, elogiando a los ancestros del anciano y dando a conocer a Boturini como hombre de letras y noble caballero de allende los mares.

A una señal convenida de su compañero, el Señor de la Torre y Hono se adelantó y depositó a un lado del anciano lo que había traído desde la ciudad de México: un trozo de tela de algodón y tres panes de azúcar envueltos en un trapo.

Nada ostentoso ni que pareciera un pago.

El viejo asintió una sola vez, sin tocar el regalo, y acto seguido la mujer trajo dos jícaras de atole, dando a entender que podían quedarse.

Pasaron un rato hablando y bebiendo el atole caliente mientras fuera arreciaba la lluvia.

De vez en cuando, desde el corral, llegaba el glugluteo de una guajolota.

Finalmente, Patricio Antonio explicó lo que el señor lombardo andaba buscando.

El anciano le escuchó en silencio y al cabo dijo algo que el intérprete no tradujo de inmediato.

—¿Qué dice? —preguntó Boturini en voz baja.

—Dice que ya sabía que vendría, que hace muchas noches que no le dejan dormir.

—¿Quiénes?

—Sus conejos —respondió, señalando a un lado.

Efectivamente, no muy lejos de donde estaban, un conejito gris husmeaba el aire arrugando el hocico, como tratando de averiguar lo que ocurría alrededor de él.

Se escondió a toda prisa cuando sintió al anciano levantarse.

Este puso sus herramientas a un lado y se acercó a la pared donde estaban apiladas las mantas, retirándolas una a una hasta dejar a la vista un bulto envuelto en un pedazo de tela de agave.

Lo tomó con las dos manos y lo desenvolvió lentamente, tras lo cual lo depositó con cuidado sobre un banco.

—El Tonalamatl —dijo en voz baja Patricio.

El Señor de la Torre y Hono extendió la mano hacia el manuscrito, pero el intérprete le detuvo en seco sujetándole con la suya el antebrazo.

—Conténgase, señor Boturini —le advirtió—. Solo unos pocos elegidos pueden tocar ese libro sin cometer un sacrilegio.

El Señor de la Torre y Hono consideró la situación, buscando un camino alternativo que le permitiera satisfacer su curiosidad sin ofender a su anfitrión. De repente, sintió en la boca un sabor dulzón y sin poder contenerse dijo en castellano primero y después en náhuatl: