Cuatrocientos conejos 2. El Señor de la Torre y Hono #2
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2. El Señor de la Torre y Hono #2

Años más tarde, ya en la capital de la Nueva España, escudriñaría el Tonalamatl en busca de la clave que le permitiera descifrar su propia vida como los astrólogos intentaban hacer con las constelaciones zodiacales.

Todos los indicios apuntaban a Zaragoza, a cuyo santuario se había dirigido en peregrinación tras varios infructuosos meses de hacer antesala en las cortes de Lisboa y Madrid.

Como muestra de su devoción, o porque pensó que así mejoraría su suerte, hizo todo el trayecto de Madrid a Zaragoza a pie, llegando con las plantas tan lastimadas que apenas si podía dar un paso, y arrodillado ante la figura de Nuestra Señora del Pilar le pidió a la Virgen que le encaminara a cualquier lugar que fuese de su agrado, siempre que incluyera un sueldo fijo y una buena colección de libros, pues para algo era licenciado.

Craso error. Bien sabía el Señor de la Torre y Hono, por haberlo leído en Homero y en Virgilio, que a los dioses no hay que pedirles nada, pues siempre que una divinidad se entremezcla en los asuntos de los hombres, son los mortales quienes salen mal parados.

El caso es que la Virgen al principio no le prestó mayor atención, ocupada como estaba con apariciones y milagros, pero, ya fuera porque el caballero era de natural insistente o porque le hizo gracia ver a un italiano con los pies tan hinchados, decidió burlarse de él concediéndole su deseo, pues su pasión se cifraba en libros y manuscritos, lo mandó lo más lejos posible a buscarlos, obtenerlos y perderlos, como corresponde a todas las cosas temporales de este mundo.

Y poniendo en marcha tal designio, se las ingenió para que en el coche que lo devolvía a Madrid coincidiera con un tal don Joaquín Codallos, canónigo de la Nueva España.

Quizás uno llevara castañas y el otro, higos; y, con eso y algunos mendrugos, algo de vino y un poco de queso, no tardaron los dos hombres en entablar una animada conversación.

—Tres días más de esto… Dios mío —murmuró Codallos, después de que el carromato diera un bote que le hizo golpearse contra el techo.

—¿Va usted lejos?

—A Cádiz. A embarcarme para México. Tengo un hermano allí —respondió, ofreciéndole la botella de vino que acababa de sacar—. ¿Y usted?

—A la Corte… Si es que este Faetón que tenemos por cochero no nos desnuca antes.

Codallos rio de buena gana. Así, mientras el carromato atravesaba la sierra de Algairén, y subía y bajaba por los altos de Barahona, y se internaba por la Alcarria, el Señor de la Torre y Hono le contó a Codallos quién era, o quién decía ser, y sus muchas y variadas aventuras por las tierras de Portugal y del Sacro Imperio Romano.

Por su parte, Codallos le habló sin parar de las excelencias del clima de México y de los poderes taumatúrgicos de la Virgen de Guadalupe, animándole a que se embarcase con él en Cádiz, en la flota del teniente general don Manuel López Pintado, y lo viera por él mismo.

Si aún le cabía alguna duda sobre llevar a cabo tal proyecto, desapareció al llegar a Madrid, donde, por intermediación de la Virgen, o del dicho don Joaquín, fue presentado a la condesa de Santibáñez.

No era esta una condesa cualquiera. Su nombre completo era Manuela de Oca, Silva y Moctezuma, descendiente por línea directa de don Pedro Tesifón Moctezuma de la Cueva Valenzuela y Bocanegra, a quien el rey Felipe IV nombrara conde de Moctezuma de Tultengo a cambio de cometer la ignominia de ceder y renunciar para siempre a los derechos que le correspondían al trono del imperio mexica en tanto que bisnieto de Moctezuma II.

La reunión, que tuvo lugar en un oscuro palacio del Madrid de los Austrias, estaba sumida en la niebla de su memoria, como si en lugar de encontrarse con una condesa lo hubiera hecho con un espectro y este espectro le hubiera encargado marchar a México.

—Señor Boturini, pase, pase y hablaremos en el salón. Estaremos más cómodos allí —le dijo como si cientos de voces se hubieran dado cita en su garganta.

Manuela de Oca, Silva y Moctezuma tenía el rostro adusto y geométrico y una piel que la luz de las velas volvía de un color vegetal. Una vez en el salón, le observó con calma. Luego, sin prisa, tomó de una mesilla una copa labrada que llenó de un licor espeso y blanquecino.

—Beba, señor Boturini. No lo encontrará en ninguna bodega de Madrid.

El Señor de la Torre y Hono bebió por cortesía. Era un sabor extraño, a campo y embriaguez antigua, que no se parecía a nada que hubiera probado antes.

—¿De su tierra, señora condesa?

—De la de mis antepasados.

Mientras bebía, escuchó ruidos que no supo identificar, como el que harían docenas de pasos al repicar contra el suelo del piso superior.

Ajena a ello, la condesa de Santibáñez le habló de México, de los orígenes de su familia, de cómo habían perdido su imperio, de los libros de los días en los que estaban escritos los destinos de los hombres, de lo que a él le aguardaba si aceptaba su encargo.

—Quisiera que cobrara usted allí y en mi nombre los réditos de una pensión de mil pesos situados en las Cajas de la capital de Nueva España que me corresponden por herencia.

—Señora condesa, yo soy hombre de pocos posibles. No sé cómo podría yo…

—Por eso no se preocupe, yo le facilitaré el camino y sabré recompensarle.

Al hijo de Giambattista esa promesa hizo que el corazón le diera un vuelco.

Ni en Viena ni en Lisboa ni en Madrid le había acompañado la suerte.

Ahora esa mujer le abría de par en par las puertas de la Nueva España, y con ello, quién sabe, quizás la fama, el conocimiento y las riquezas con las que soñaba desde sus años de bachiller.

Solo años más tarde, viendo los dibujos que representaban a Mayáhuel emergiendo de una planta de agave, rodeada de sus cuatrocientos hijos —a todos los cuales daba de mamar y a ninguno saciaba—, creería entender quién era realmente esa condesa.

Y entonces volvía a sentir en la boca aquel sabor dulzón y fermentado del licor que bebiera aquella tarde, y le parecía oír, entre las páginas de sus propios libros, el rumor de pequeñas patas que lo habían acompañado durante su visita al palacio.

—Y bien, señor Boturini —le había dicho finalmente la condesa—, ¿acepta usted ir a México en mi nombre?

—Acepto, señora condesa —le respondió, atrapado en una telaraña tejida de aguamiel.

El hundimiento del Santa Rosa fue una desgracia providencial, pues le evitó tener que presentar el permiso para viajar a Indias que se les exigía a los extranjeros, salvoconducto del que carecía.

Cuando finalmente compareció ante las autoridades de la Nueva España, que intentaban como podían certificar la identidad de los recién llegados, les dijo que sus papeles se habían extraviado en el naufragio.

Aquellos dieron por buena su explicación y le dejaron pasar sin ocasionarle mayores contratiempos.

Solo y sin dinero, el Señor de la Torre y Hono pasó algunas semanas en Veracruz antes de lograr reunir los medios necesarios para partir a la ciudad de México.

Al fin, encontró un arriero dispuesto a llevarle por la mitad de lo que habitualmente costaba el trayecto. El hombre lo miró de arriba abajo.

—Mire vuesa merced, yo le llevo a México, pero con dos condiciones: la primera, que no me venga con prisas, que al que madruga Dios le ayuda, pero al que corre se le rompe la mula.

Y la segunda, que si le digo que se baje del borrico, se baja sin rechistar, que estos animales son muy delicados, y en el camino manda el arriero, no el pasajero.

Aceptados los términos, se pusieron en marcha.

Con ritmo cansino, la recua fue dejando atrás las tierras bajas y cálidas que rodean Veracruz para internarse por los desfiladeros que llevaban al altiplano.

Tras dos semanas largas de camino, la ciudad de México apareció de repente un día de sol radiante, en medio de un gran lago, que en parte estaba ya siendo desecado, rodeada por un anfiteatro de sierras y volcanes, entre los que destacaban al este el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl y al sur el Ajusco.

Ante semejante espectáculo, el Señor de la Torre y Hono se quedó boquiabierto: «¿Explicarlo?

No —podría haber exclamado parafraseando a Carlos Fuentes—, creerlo, nada más.

México no se explica; en México se cree, con furia, con pasión, con desaliento».

El arriero se detuvo a su lado y contempló también la ciudad extendida ante ellos.

—¿Primera vez que la ve, su merced?

—Sí.

—Pues ándese con ojo —dijo el arriero, escupiendo en el suelo—. Que en los días de mercado ahí abajo despluman hasta a los muertos.

Una vez en la ciudad, apenas si tomó unas horas para descansar.

La promesa que le había hecho a la Virgen antes de subir al bote, cuando las olas amenazaban con tragárselo, le quemaba en el pecho y le impedía dormir.

Al alba ya estaba en la calle, preguntando a los borrachos que volvían a casa qué camino debía tomar.

Un aguador le señaló hacia el norte.

—La Calzada de los Misterios, señor. Todo derecho.