2. El Señor de la Torre y Hono
Como de costumbre, la flota había recalado en Santo Domingo para aprovisionarse y permitir que la tripulación descansara antes de cruzar el Golfo de México con destino a Veracruz, punto culminante del viaje.
Hasta entonces, la travesía había sido tranquila, con buen tiempo y sin asomo de barcos ingleses que pudieran incordiarles.
Dos o tres días antes, los mismos hombres que ahora se afanaban en echar las chalupas del Santa Rosa al agua habían contemplado alborozados la nevada cima del volcán Citlaltépetl dibujarse en la lejanía.
—¡Tierra! ¡Tierra a estribor!
—¡El Pico! ¡Ya se ve el Pico!
Los marineros se apiñaron en la borda, señalando hacia el horizonte. Algunos se frotaron los ojos para verlo mejor antes de santiguarse. Otros gritaron vítores y se abrazaron.
—¡Gracias a Dios!
—¡Un año sin verlo y ahí sigue el hideputa!
—¡Esta noche hay que brindar, muchachos!
Como otros pasajeros, también el italiano se había apresurado a subir a cubierta.
Visto desde el mar, puede que el Citlaltépetl, al que los españoles llamaban el Pico de Orizaba, no fuera más que un diminuto punto blanco, pero era una señal inequívoca de que llevaban el rumbo correcto y de que el final del viaje estaba cerca.
Entre la tripulación, la alegría de ver aparecer el volcán no tardó en dar paso a la aprensión y a una búsqueda desenfrenada de buenos o malos augurios que predijeran cómo sería la llegada.
Veracruz no está en una bahía, sino en una zona litoral relativamente abierta donde los barcos solo alcanzan refugio atravesando un estrecho canal.
Antes de llegar a él, hay que pasar entre dos arrecifes, dos monstruos de piedra, corales y peces de colores que, por hacerles parecer menos temibles a los navegantes que la Escila y Caribdis de los clásicos, fueron nombrados Gallega y Galleguilla.
El caso es que parte de la flota había logrado ya entrar por el dicho canal cuando, desde la nave capitana, el teniente general don Manuel López Pintado, que se había levantado esa mañana, como todas las mañanas, de un humor de perros, ordenó que era el turno del Santa Rosa, y se sentó en el puente a observar la maniobra. Un oficial se acercó con cautela.
—Excelencia, quizás sería prudente esperar. El viento está cambiando.
—¿Esperar? ¿Y perder todo el día?
—Es que el capitán Sanguineto…
—El capitán Sanguineto, el capitán Sanguineto, el capitán Sanguineto… El capitán Sanguineto hará lo que yo le ordene. Y si no puede manejar su propio barco, que se dedique a vender naranjas en Sevilla, como hacían sus padres.
El oficial se retiró sin decir más y transmitió la orden.
Al principio todo fue relativamente bien.
Habían desplegado las velas cuadras en los palos trinquete y mayor, y las de cuchillo en el palo de mesana, lo que les permitía aprovechar el viento del sureste que soplaba y zigzaguear en dirección al puerto, midiendo la profundidad con una sonda a medida que avanzaban.
Francisco Domingo Sanguineto, capitán del Santa Rosa, pálido como un cadáver a la luz de la luna, contenía la respiración cada vez que la sonda indicaba que la profundidad descendía, y suspiraba con alivio, recuperando los colores, cuando revelaba lo contrario.
Desde donde estaba podía escuchar las plegarias atropelladas de un grupo de religiosos, a los que intentaba ignorar; a ellos y al italiano de marras que, desobedeciendo sus instrucciones, había subido a cubierta a observar el espectáculo de los arrecifes.
Toda la atención del capitán estaba concentrada en seguir las órdenes que daba el piloto del navío, que era quien realmente se encargaba de la maniobra y sobre el que las opiniones a bordo estaban divididas, considerándole algunos un simple borrachuzo y otros un nuevo Hannón el Navegante.
Qué pasó después sigue siendo motivo de controversia en los anales de los naufragios inexplicables.
El caso es que, al pasar junto a la Galleguilla, el barco profirió un enorme quejido.
Casi instantáneamente, el capitán comenzó a cubrir de insultos a la sufrida madre del piloto; este a dar órdenes y contraórdenes; y el grupo de religiosos a aumentar el número de sus rezos y plegarias; todo ello mientras el grumete bajaba del palo mayor a toda prisa como si hubiera visto acercarse por babor la barca de Caronte.
No era para menos, pues era solo cuestión de minutos que el Santa Rosa hiciera una visita a los infiernos.
Entre juramentos, empellones, pisotones e invocaciones a los santos, tripulantes y pasajeros agarraron lo que pudieron llevar consigo de sus pertenencias y se dirigieron a toda prisa a las chalupas.
Nada pudo hacer el teniente general don Manuel López Pintado, capitán de mar y guerra, y caballero de la Orden de Santiago, que observaba los acontecimientos desde el San Luis, para evitar que acabaran en el fondo del océano los tres mil quintales de azogue que el Santa Rosa llevaba en sus bodegas.
Todo lo que estuvo en su mano, y lo hizo de mala gana, fue recoger a los náufragos, entre los que se contaba, muy a su pesar, el italiano que se había embarcado en Cádiz, el cual, antes de saltar a la chalupa, se encomendó a la Virgen de Guadalupe, de la que había escuchado maravillas y a la que prometió ir en peregrinación si se salvaba de esta.
El italiano al que tanto despreciaba don Manuel López Pintado se hacía llamar Lorenzo Boturini Benaduci, y aseguraba proceder de la villa de Sondrio, en la Valtelina italiana.
Al menos eso era lo que decía un expediente ratificado por las autoridades eclesiásticas de Viena, en el que ratificaban además su condición de soltero y de cristiano viejo.
El cura de la parroquia de Sondrio, que lo bautizó el 18 de abril de 1698, no estaba del todo de acuerdo.
—¿Boturini? No, no. Era Botterini. Lorenzo Francesco Antonio Botterini . Me acuerdo muy bien de ese gamberrillo, el hijo de Giambattista, el herrero.
Si el viejo cura se acordaba de Lorenzo después de tantos años, era por dos circunstancias excepcionales.
Primero, porque tuvo que bautizarlo deprisa y corriendo una noche de tormenta, al encontrarse el recién nacido ob imminens mortis periculum , como se designaba por aquel entonces al peligro inminente de muerte.
Y, segundo, porque muchos años después, ya convertido en un hombre hecho y derecho, Lorenzo donó al pueblo un busto de San Juan Nepomuceno, patrono de la fama y del buen nombre.
Los festejos por la colocación de la reluciente estatua duraron dos días y, por primera vez en mucho tiempo, Giambattista, el herrero, se sintió verdaderamente feliz. En la taberna, los vecinos se apiñaban alrededor suyo para felicitarle, dándole palmaditas en la espalda y estrechándole la mano.
—Tienes un buen muchacho, Giambattista —decía uno.
—Ha salido a su madre, que en paz descanse.
—¿Y los latines? ¿Qué? ¿También de ella? —añadió otro riendo.
El orgullo iluminaba el curtido rostro de aquel hombre.
Con enormes sacrificios le había mandado a estudiar leyes a Milán para que en su vejez les sirviera de báculo a él y a su hermana pequeña Lucrezia.
Poco podía imaginar, viéndole bailar y beber con los mozos del pueblo, que Lorenzo desaparecería por completo de sus vidas.
Pero así fue. Giambattista murió cargado de deudas, dejando a Lucrezia, cuya dote había sido gastada en los estudios de su primogénito, prácticamente en la indigencia.
En qué momento Lorenzo Francesco Antonio Botterini de la Ecclesia se convirtió en Lorenzo Boturini Benaduci, caballero del Sacro Imperio Romano y Señor de la Torre y Hono, el viejo cura no lo sabía con exactitud y, si se lo hubieran contado, probablemente tampoco lo habría creído.
En aquellos turbulentos años, en los que franceses, españoles, austriacos y grisones se entremataban en el norte de Italia, un nombre distinguido era lo mínimo con lo que poder reclamar con algún éxito una posición en la burocracia del Sacro Imperio Romano; y si algo había aprendido el joven Lorenzo durante sus estudios en la capital de la Lombardía, donde había recibido la clásica formación humanística en historia, filosofía y derecho, era a manejarse entre mohosos volúmenes y polvorientos manuscritos como el Gran Capitán lo hacía entre sus tercios.
Fue así que, aprovechando las licencias de la fonética y su conocimiento de los archivos, cambió su nombre de Botterini a Boturini, lo que le permitió declararse heredero de una distinguida prosapia que le conectaba con el conde Wigfredo de Borge, con los condes de Poitou y de Auvernia, los duques de Aquitania, de Borge y de Tolosa, y los Señores de la Torre y Hono, aunque ni con esas encontró el hijo del herrero la anhelada recompensa a sus fatigas.
Para acomodarse en el Senado de Milán o en el gobierno de alguna de las ciudades marítimas austriacas, como pretendía, hacía falta no solo entendimiento y títulos, ya fueran reales o imaginados, sino peculio, pues a menudo no era posible obtener un cargo sin pagarlo, y hasta el candidato más meritorio, diplomado, culto y honesto debía hacer frente a semejante yugo.
Todo lo que consiguió fue que se le reconociera como caballero del Sacro Imperio Romano, algunas cartas de recomendación de aquellos a quienes había servido y un nutrido archivo: pergaminos, actas y árboles genealógicos entre los que destacaba un curioso libro en el que narraba las pompas funerales del señor Ottavio Botturini, famoso filósofo y jurisconsulto veronés, al que declaró su tío abuelo.
Así, aprovechando que Felipe V ordenaba que sus súbditos abandonaran los territorios austriacos, pues se había muerto el rey de Polonia, y otra vez España y Austria estaban a la greña, decidió que, pues la suerte le era adversa en Viena, bien podía él considerarse vasallo del rey español en virtud de algunos de sus imaginarios títulos, y, ni corto ni perezoso, puso rumbo a la Península Ibérica.