1. Un mexicano en París #5
Sin esperar a que terminara de manifestar su voluntad, no fuera a ser que no coincidiera con la suya, el conductor encendió el aparato y ajustó el dial.
Por debajo de la estática, empezó a sonar Begin the Beguine de Julio Iglesias.
El cantante español estaba en el apogeo absoluto de su popularidad en Francia y acababa de sacar un nuevo álbum, Et l’amour créa la femme .
A punto estuvo Castañeda del Valle de abandonar el vehículo y hacer el resto del trayecto caminando.
Pero justo en ese momento, aguijoneados quizás por la combinación de orquesta de cuerda, sintetizador y bossa nova, los automóviles empezaron a moverse: lentos al principio, más y más rápido después.
Libre por fin para dar rienda suelta a sus instintos, el taxista aceleró, adelantando a unos y a otros con destreza, y Castañeda del Valle se imaginó a sus perseguidores retenidos todavía en lo profundo del atasco.
Eufórico, notó que los conejos se le subían a la cabeza como una manada de búfalos.
El coche corría, y corría, y corría. Julio Iglesias repetía y repetía sin tregua: «When they begin/the beguine».
Las calles se deshilachaban a su paso, en una sinfonía de colores verdes, rojos, blancos y negros.
El taxista le ofrecía un cigarrillo, y otro cigarrillo, y otro cigarrillo, y vio la cajita de las puñeteras pastillas sobre la mesita de noche del hotel, y dentro de la cajita al Chato, y al Beto, y al Pecho de Águila, y a Huitzilopochtli cantando a coro junto con todo el estadio de Mestalla «Quiero saber/si tú aún me quieres/quiero volver/a empezar».
Y como Alicia en el País de las Maravillas, también él cayó por un agujero en pos de su particular conejo blanco.
Tuvo la impresión de que el Tonalamatl se movía por debajo del sarape y se fusionaba con sus entrañas, como si los Señores del Día y de la Noche estuvieran enraizando dentro de su vientre.
Habría jurado que su aliento se llenaba de volátiles.
De repente, tuvo un deseo irreprimible de hacer brotar sangre, de pincharse un dedo o la oreja con una aguja o una espina.
De corresponder a los sacrificios que habían hecho los dioses para crearnos.
Quetzalcóatl y Tezcatlipoca desmembraron a Tlaltecuhtli para formar el cielo y la tierra.
Nanahuatzin y Tecciztecatl se arrojaron al fuego divino para convertirse en el sol y la luna.
La sangre es un puente entre mundos. Como los signos del Tonalamatl, cada gota tiene un propósito y un significado.
Nunca ha de derramarse en vano o por crueldad, pero es necesario que fluya, y que lo haga en abundancia.
Es el chalchihuatl , o agua preciosa, que asegura que el sol continúe su viaje diario, sosteniendo así la existencia de todo lo que conocemos.
Se mordió con fuerza los labios. En ese momento, o bien se durmió, o bien perdió la conciencia, pues lo siguiente que recordaba fue la mano del conductor sacudiéndole suavemente el hombro.
—Monsieur, monsieur. Ya llegamos.
Castañeda abrió los ojos, desorientado.
—¿Dónde… dónde estamos?
—En el aeropuerto —le dijo el taxista—. ¿Se encuentra usted bien?
—¿El aeropuerto? —protestó débilmente, tomando nuevamente conciencia de lo ocurrido—. Creí que le había dicho la Gare du Nord.
El taxista lo contempló con la expresión paciente y levemente compasiva que los de su gremio destinan a los extranjeros y a los borrachos.
—No, monsieur. Usted me dijo Charles de Gaulle, bien claro. ¿Está seguro de que se encuentra bien?
Castañeda del Valle no quiso discutir.
—Sí… sí, estoy bien. Tiene usted razón.
Pagó, bajó del taxi y se quedó un momento quieto en la acera, dejando que la ligera llovizna que caía en ese momento le refrescara y le devolviera poco a poco a la realidad.
Respiró hondo. Como para asegurarse de que no todo había sido un mal sueño, tocó instintivamente el bulto que se dibujaba bajo su sarape.
El Tonalamatl seguía ahí, intacto. Se sintió aliviado.
La gente iba y venía, como ocurre en todos los aeropuertos y estaciones del mundo.
Ya estaba a punto de desaparecer entre la multitud cuando, por encima de las copas lejanas de los árboles que bordeaban la carretera, algo llamó su atención, algo a lo que sus ojos no dieron crédito, pero que ahí estaba, como estaban la terminal y los aviones de Air France.
Eran las velas blancas de un barco a punto de naufragar que luchaba penosamente contra el viento y en el que viajaba el primero de los cuatro extranjeros a los que los centzon tōtōchtin , o «cuatrocientos conejos», habían sentenciado a la tristeza, la miseria o la locura por haber puesto en marcha todo cuanto acababa de ocurrir y cuanto estaba aún por venir: un italiano de un pequeño pueblo de la Lombardía, de algo más de treinta años, abundante cabellera, frente despejada y ojos claros que se encomendaba a la Virgen de Guadalupe creyendo que había llegado su hora.