1. Un mexicano en París #4
—Hay una salida el jueves con escala en Nueva York. O el viernes con escala en Madrid. El de Madrid es algo más barato.
—¿Cuánto más barato?
El empleado le dio una cifra. Castañeda hizo un cálculo rápido y silencioso que no cuadró de ninguna manera.
—¿Y no hay algo todavía mejor de precio?
—Pues mire, no —dijo el empleado, con el tono de quien revela un secreto—, pero hay un paquete que incluye París y El Cairo. Los vuelos de París a Egipto están tiradísimos ahora mismo, así que el paquete completo le sale casi igual que solo París.
Castañeda lo miró con escepticismo.
—¿El Cairo?
—Egipto, las pirámides, el Nilo, los cocodrilos, todo eso.
—Ya, ya sé lo que hay en El Cairo, gracias.
—Es una oferta excelente, caballero —insistió el empleado, que claramente tenía instrucciones de colocar ese paquete a los incautos—. Mucha gente lo está aprovechando.
Castañeda del Valle pensó durante un momento en las pirámides de Egipto, luego en las de Teotihuacán, luego en la Biblioteca Nacional de Francia y luego en la gendarmería francesa, y llegó a la conclusión de que, si había algún sitio a donde los gendarmes no le irían a buscar, ese era El Cairo.
—Órale —dijo—. El paquete.
Había pasado de aquello poco menos de un mes, pero en el interior de ese taxi el tiempo parecía fluir de manera diferente: todo le parecía una eternidad.
—Monsieur, ¿le apetece otro cigarrillo? No sé qué pasa hoy, pero esto no se mueve ni a empujones —dijo el taxista de repente, en un tono mucho más amigable.
Efectivamente, el coche llevaba ya más de veinte minutos detenido en medio de un monumental atasco.
—Muy amable —respondió José Luis, intentando que no le temblaran los dedos, y más por disipar cualquier sospecha que porque le apeteciera realmente fumar.
Al final, el sibilino empleado de la agencia logró colarle no solo el paquete a El Cairo, sino la estancia en un hotelito familiar cerca de la Place Maubert, un lugar en el que todavía proliferaban las brasseries baratas y donde no era infrecuente escuchar hablar español por la calle.
Los primeros días los pasó sin atreverse siquiera a acercarse a la Biblioteca Nacional.
Se dedicó a pasear por los alrededores de la Rue de la Huchette, el bulevar Saint-Germain y la Place Saint-Michel, donde hizo unas cuantas fotos a la estatua del arcángel Miguel aplastando al demonio, con su espada flamígera en la mano.
No tardaron sus paseos en acabar en los muelles del Sena, ante los tenderetes verdes de los bouquinistes , que desde hace más de 450 años se asientan en el lugar vendiendo libros viejos, revistas, grabados antiguos, postales y souvenirs .
Le sorprendió encontrar algunos sobre México y a punto estuvo de comprar una edición francesa de la crónica de Bernal Díaz del Castillo, en cuya cubierta se veía a un barbudo conquistador español a caballo y un fondo de pirámides que parecían sacadas de un tebeo.
—Ciento veinte francos —dijo el librero sin levantar la vista.
Castañeda del Valle lo devolvió con cuidado al estante.
—¿Y si le digo que soy mexicano?
—Ciento treinta.
En algún momento, sin querer confesárselo, empezó a acercarse a la Rue de Richelieu, en el segundo arrondissement , donde se encontraba el edificio de la Biblioteca Nacional de Francia.
La intuía desde lejos, sentado en uno de los bancos de los jardines del Palais Royal, que por aquel entonces era un lugar tranquilo, algo anacrónico, frecuentado por jubilados y palomas.
Las dudas que tenía sobre lo que se había propuesto hacer desaparecieron tras una visita al Musée de l’Homme , donde por aquel entonces se encontraba, además de cerámica mixteca, piezas mayas y objetos olmecas, un conjunto de noventa esculturas aztecas, datadas entre 1350 y 1521, y procedentes en su mayor parte de México Tenochtitlan.
Entre ellas se incluía una miniatura única en su estilo de Huitzilopochtli tallada en una piedra metamórfica verde, que, desde dentro de la vitrina en la que los pinches franceses lo habían encerrado, parecía reconvenirle su cobardía moviendo imperceptiblemente sus pequeñas manos.
—Pendejo —creyó oír que le decía la estatuilla en un murmullo que olía a copal y a sangre seca—. Pendejo que eres un pendejo. ¿Qué hueva haces aquí parado como momia?
—Esto no puede estar pasando —se dijo Castañeda del Valle.
—Pues claro que está pasando —le respondió la estatuilla—.
Yo soy el dios de la guerra y del sol, güey, no se me escapa una.
Así que cálzate los huevos de una maldita vez y haz lo que viniste a hacer, o te juro por mis quinientos años de cautiverio que te llevo de paseo al Mictlán y no te encuentra ni Tezcatlipoca, el espejo humeante que todo lo ve y todo lo revela.
¿O acaso te parece normal que me tengan aquí de adorno?
—No, la verdad es que no.
—¿Pues a qué esperas? Ya estás tardando, carnal.
Castañeda del Valle miró a su alrededor.
Los dos únicos guardias de sala conversaban en voz baja junto a la puerta, y una pareja de turistas alemanes admiraban una impasible cabeza olmeca que, resignada, se dejaba fotografiar por ellos, como si fuera una estrella de la semana de la moda.
Volvió a mirar la miniatura. Huitzilopochtli le sostuvo la mirada, encabronado, con sus siete centímetros de piedra verde y sus cinco siglos de paciencia.
—Pues ni modo —se dijo Castañeda.
Al final, el robo fue más un impulso que un golpe cuidadosamente planeado como los que se ven en las películas.
Cuando atravesó las puertas de la Biblioteca Nacional de Francia, ni siquiera sabía si le dejarían ver los documentos.
De hecho, estaba preparado para darse media vuelta ante la menor dificultad.
Se sorprendió de lo fácil que fue que le dieran acceso a la sala de investigadores.
Poco a poco fue tomando confianza. Estuvo consultando los textos durante varios días, intentando buscar el momento oportuno en el que meter uno debajo del sarape.
Con gusto se habría llevado cualquier otro que se hubiera puesto a tiro, pero el destino quiso que fuera precisamente el Tonalamatl.
Tal vez, a su manera, los dioses que pueblan el libro de los augurios habían decidido siglos atrás que llegaría el día en el que circularían en taxi por la monumental capital de Francia escondidos en el ombligo de un abogado de escasa fortuna y comportamiento un tanto excéntrico, y tal vez lo eligieron precisamente a él y no a otro porque corría maratones y eso les recordaba a los painani mexicas que llevaban mensajes de un lado al otro del imperio, de los que se decía que eran tan ligeros de pies que llevaban hasta Tenochtitlan, a unos cuatrocientos kilómetros de distancia, el pescado fresco que se capturaba en las costas del Golfo de México.
Quién sabe. Se habría necesitado un tonalpouhqui para resolver el misterio.
Todavía andaba pensando en ello cuando el taxista, que, aburrido de estar parado, ya no sabía qué hacer ni en qué posición ponerse, le preguntó:
—¿Le importa si pongo la radio, monsieur?
La petición lo tomó por sorpresa.
—Preferiría que… —fue todo lo que le dio tiempo a articular.