1. Un mexicano en París #3
—Güey, a este pinche país le han robado hasta la madre —les había dicho José Luis con la solemnidad de un candidato a diputado por Oaxaca.
—Ps’ sí, qué gacho —dijo el Beto acomodándose en la silla con cara de que la cerveza le importaba más que el latrocinio.
—¿Cómo que «qué gacho»? ¡No manches, es una cagada!
—exclamó, dando un golpe en la mesa con la botella con más fuerza de la que pretendía—.
Fíjense nomás en el cabrón del Harald Wagner.
El muy cínico se llega a Teotihuacán, así como si nada, y se roba más de setenta pinches murales.
¡Setenta, cabrón! No uno, no dos. ¡Setenta!
Casi mil quinientos kilos de fragmentos de mural, algunos de casi cuatro metros y medio.
Se los regalaron , decía él. Y se los pasó al Museo De Young de San Francisco como si fueran sus pinturas, como si se las hubiera heredado de su abuelita.
Y ahí siguen, güey. Ahí siguen algunos de esos murales, en California, mientras acá en Teotihuacán no han quedado sino puros huecos en la pared, que parece que un pinche ejército hubiera fusilado las ruinas.
—Bueno, devolvieron unos, ¿no? —dijo el Chato, que le había puesto algo más de atención.
—Unos sí, otros no. Y así están todas nuestras cosas, güey, desperdigadas por el mundo.
Hay una piedra olmeca de Chalcatzingo —sagrada, de dos mil y pico años— que la partieron en veintitantos pedazos pa’ sacarla de México haciéndola pasar por gravilla.
¡Gravilla! La rearmaron allá en Estados Unidos como si fuera un pinche rompecabezas y la pusieron en una colección privada muy quitados de la pena.
—Órale, ya. Cálmate, José Luis, cálmate —dijo el Beto, poniéndole un brazo en el hombro—. ¿Otra chela?
—No, no me calmo. Me cae que no me calmo.
—Pero no por ello dejó de extender la mano para agarrar la botella y vaciarla de un trago hasta la mitad—.
Y el gobierno, ¿qué hace el pinche gobierno?
Nada, güey. Manda cartitas, firma trataditos, va a la ONU a dar discursitos muy chingones.
Pero las piezas siguen allá. Y aquí el INAH con su presupuesto de mierda sin poder hacer nada.
—¿Y tú qué propones, Indiana Jones? —preguntó el Chato con una sonrisa.
—Lo que propongo —dijo él, muy serio, apuntándoles con el dedo índice como si fuera el Tío Sam en el famoso cartel «I Want You for U.S.
Army»— es que nosotros tres, que tenemos los machos bien puestos, formemos un grupo.
Un comando. Los tres, güey. Vamos a San Francisco, nos metemos al De Young, y nos traemos los murales de regreso.
El Beto casi escupe la cerveza.
—¿Un comando? ¿Nosotros? Tú, que no has visto una pistola ni en las películas de vaqueros, ¿vas a asaltar un museo gringo?
—Es una operación de rescate cultural, no un asalto —aclaró él, con dignidad herida—. No hacen falta pistolas. No somos delincuentes.
—Claro, claro —dijo el Beto—. ¿Y cómo sacamos setenta murales de California? ¿En el Tsuru del Chato?
—Los murales son fragmentos, se pueden… —empezó.
—¿Se pueden qué? ¿Echarlos en una mochila? —el Chato ya se estaba riendo a carcajadas.
—Ustedes no entienden la gravedad del asunto, cabrones.
—Sí entendemos, güey, sí entendemos —dijo el Beto, palmeándole en la espalda con ternura—. El pinche país está saqueado, tienes razón. Pero ahorita lo que tú necesitas no es un comando, necesitas un trago y comer algo.
En ese momento pasó el camarero por delante de la mesa.
—Joven. Joven. Oiga, joven, otras tres cervezas y unos tacos.
—De acuerdo —concedió José Luis, después de un silencio—. Pero lo del comando no lo descarto.
—A huevo —dijo el Chato—. Le ponemos un nombre y todo. ¿Qué tal el nombre de este antro?
Y señaló a la pared que se extendía sobre la barra del bar, en la que, apenas visible entre los desconchados, se leía un letrero que decía en florida caligrafía «El conejo feliz».
—Ya no mames.
La sirena de un coche de policía le devolvió al presente, haciendo desaparecer bruscamente al Chato y al Beto. El taxi se echó a un lado y él la sintió acercarse. Se puso más pálido que una playa de Bretaña en febrero y, por un instante, pensó que ese era el final de su escapada.
— Ouais, ouais, vas-y, fonce … —masculló el taxista, haciéndoles señas con el brazo para que adelantaran de una vez—. Estos siempre con sus prisas.
Al llegar a su altura, los policías ralentizaron la marcha, forzados por el tráfico.
Castañeda del Valle sintió posarse sobre él la mirada de uno de los agentes y se le heló la sangre.
Pero no, no estaban ahí para detenerle a él.
Apenas se abrió un hueco, aceleraron y siguieron calle arriba, con la sirena aullando con su timbre de lobo desesperado, camino de algún incendio, algún atraco o alguna otra desgracia de las que suceden a diario en París.
Estaba claro que lo de saltarse la ley no era lo suyo.
Sus amigos nunca se tomaron en serio la idea de formar un comando que, aprovechándose de las débiles medidas de seguridad que tenían museos y bibliotecas en los años setenta y ochenta del siglo pasado, se dedicara a la sacrificada tarea de intentar recuperar para México al menos parte del patrimonio cultural que le había sido expoliado durante siglos.
Pero a diferencia del Chato y el Beto, Castañeda del Valle no dejó de pensar en ello, si bien la realidad era la que era, y la realidad era que no tenía un chavo.
Su trabajo como abogado apenas le daba para vivir, y no es que la redacción de El Informador del Caribe fuera precisamente la de The New York Times.
De tener entre sus manos una vasija de obsidiana o una máscara funeraria de jade maya o teotihuacana, quién sabe si él mismo no habría corrido a Nueva York a venderla.
Ese pensamiento le torturaba, pero él se decía que no, que iría derechito al INAH y que saldría del Museo Nacional de Antropología por la puerta grande, como los toreros en la Plaza de Toros Monumental de México.
Mientras llegaba ese día, José Luis Castañeda del Valle decidió dedicarse a otra de las pasiones que había cultivado desde chico, que era la de correr maratones; habilidad, la de correr (y cuanto más rápido y más lejos mejor), muy estimada en México entre carteristas, descuideros, mecheros, cogoteros, butroneros y otros amigos de lo ajeno, a cuyo eximio gremio terminaría siendo acusado de pertenecer.
No contento con correr, fundó además una escuela de fútbol, a la que, quizás como disculpa por no haberse decidido todavía a dar su soñado golpe, puso por nombre «Quetzalcóatl», y con cuyo equipo logró ganar el Trofeo Independencia en el año 79, hecho que en el barrio todavía recordaban.
Todo ello, sin embargo, no era más que una forma de posponer lo que él mismo sabía que era inevitable, lo que cualquier tonalpouhqui medianamente competente habría leído en el libro que llevaba debajo del sarape sin necesidad siquiera de tirar encima unos granos de maíz.
En ese momento se dio cuenta de que el taxista, que no había parado de hablar en todo el trayecto, llevaba callado desde que dejó pasar a la patrulla. Aquel silencio, viniendo de quien venía, lo inquietaba.
—¿Falta mucho para llegar? —aventuró, solo por despejar el aire.
El taxista lo miró un instante por el retrovisor, más de la cuenta.
—¿Tiene usted prisa, monsieur?
—¿Prisa? No, no.
—¿No estará usted metido en algún lío? —preguntó frunciendo el ceño.
A Castañeda se le secó la boca.
—¿Lío? ¿Yo? Qué va. ¿Por qué lo dice?
—Por nada. —El taxista volvió la vista a la carretera—. Es que se le ve nervioso.
—Será el café. Tomo mucho café y no estoy acostumbrado al de París.
El hombre se encogió de hombros y no dijo más, pero por un rato Castañeda no se atrevió a mover un dedo, no fuera a ser que el menor gesto lo delatara.
Fue su hermano quien, sin pretenderlo, le dio la idea de llevar a cabo el hurto que lo haría famoso en todo México como el único ladrón de antigüedades en los anales del país capaz de correr un maratón.
—Deberías ir a Europa —le había dicho—. Ver mundo. Olvidarte del periódico por un rato.
—¿Con qué dinero?
—Vende algo. Pide un préstamo. Carajo, José Luis, te estás pudriendo aquí.
—¿Y qué voy a hacer en Europa?
Su hermano le miró con incredulidad.
—¿Y yo qué sé? Roba un manuscrito de esos que te gustan tanto, pendejo.
No era una mala sugerencia, no. Los manuscritos eran mucho más fáciles de transportar que los murales y no llamaban tanto la atención.
Recordó haber leído en algún lugar que la Biblioteca Nacional de Francia albergaba una de las mayores colecciones de códices mexicanos del mundo, documentos que habían salido de México en circunstancias más que nebulosas y que habían pasado por las manos de un italiano que fue echado a la cárcel en cadenas, un aventurero de nacionalidad ambigua que había abierto una casa de juego en México y se había dedicado a la ópera, un académico francés que se arruinó y perdió la cordura antes de lograr descifrarlos y un industrial que se decía descendiente por vía materna de una antigua princesa azteca, a pesar de lo cual, en el momento de su muerte, encargó a su mujer que donara tan singular tesoro a la Biblioteca Nacional de Francia, o quizás fue ella quien le convenció de hacerlo, en lugar de devolverlo a México, como podía y quizás debería haber hecho dada su prosapia.
Así que, dejando atrás todas las dudas que le embargaban y haciendo uso de sus escasos ahorros, decidió seguir el consejo de su hermano y se acercó a la agencia de viajes de la esquina.
—Buenas. ¿En qué le puedo ayudar? —le dijo desde detrás del mostrador un joven con corbata y pelo engominado.
—Quiero ir a París.
—Oh, París, l’amour, l’amour —respondió guiñándole un ojo.
—No, no, voy solo.
—Mucho mejor, caballero, mucho mejor —añadió, entre cómplice y empalagoso—. ¿Incluimos el hotel?
—No. Ya me busco yo algo.
El empleado torció el gesto, pero como el pescador avezado que deja escapar una trucha pequeña en pos de una presa mayor, no insistió.