1. Un mexicano en París #2
Antes de entrar en la Biblioteca Nacional de Francia esa mañana y perpetrar el robo, se había tomado dos aguardientes en honor de su conejo protector, aunque al no notar efecto alguno, añadió a la mezcla un tranquilizante.
Al fin y al cabo, se había pasado la noche anterior dando vueltas en la cama, repitiendo la escena en su cabeza una y otra vez y rumiando lo que diría si era sorprendido con el Tonalamatl debajo del poncho por un bibliotecario o por uno de esos guaruras de gesto desconfiado que custodiaban la entrada del edificio.
No le resultaría fácil justificarlo, no.
Siempre podía argumentar que, no queriendo dejar el documento solo en la mesa y en consideración al frío que pasaban las grandes y augustas divinidades que lo poblaban, se lo había guardado en las entrañas mientras salía a tomarse un café caliente con intención de retornar inmediatamente después a la sala de investigadores para continuar examinándolo detalladamente; pero él sabía muy bien que los franceses solo se hacen los pendejos cuando hablan de amor y que lo más probable era que acabara en una celda de la gendarmería, rodeado de argelinos, marroquíes y senegaleses, que eran la fauna y flora de ese tipo de calabozos.
Ya a salvo de tan aciago destino, la mezcla de tranquilizantes y aguardiente que tomara por la mañana parecía solo haber empezado a cumplir su función en el preciso instante en que se subió al taxi.
—Ora sí, ¿no, cabrón? Cuando ya para qué. Todo el día esperando, y órale. Su chingada madre… —dijo en una voz tan baja que el taxista no llegó a escucharle.
La vista se le nubló momentáneamente. Tuvo la extraña sensación de que los cuatrocientos conejos estaban trepando por su espina dorsal en dirección al cerebro y que era el propio Tepoztécatl quien conducía el vehículo y el que le hablaba de córneres, tarjetas amarillas y penaltis escaqueados por el árbitro.
Cabía la posibilidad de que las pastillas que le había dado uno de sus cuates en una cajita antes de abandonar México no fueran precisamente tranquilizantes, sino vaya usted a saber qué.
En cualquier caso, siendo mexicano y acostumbrado a los taxis del D.
F., tampoco era miedo lo que le embargaba.
Al contrario: que, en medio de su alocada huida, Tepoztécatl se hubiera encarnado en un vulgar taxista parisino casi lo reconfortaba.
Para comprobar que era verdad lo que veía, extendió la mano en dirección a la calva del taxista y se la habría palpado si no fuera porque este dio un súbito frenazo, dedicando una sonora pitada de claxon a una mujer que había cometido la temeridad de cruzársele delante con la seguridad que da llevar un carrito de bebé y la bolsa del pan.
— Putain, connasse, tu regardes pas… —masculló entre dientes antes de volverse hacia su pasajero con una sonrisa de disculpa—.
Es que pasan por donde les da la gana. La culpa de todo ello es de madame la ministre, que les tiene sorbidos los sesos con lo del feminismo.
Una mujer en el gobierno, monsieur. ¿Se imagina? ¿Se ha visto alguna vez tal cosa?
El taxista se refería a Yvette Roudy, a la que Mitterrand había puesto el año anterior a cargo del recién creado ministerio de Derechos de la Mujer.
—Bueno, en Inglaterra tienen a la Thatcher y en México tenemos a La Malinche…
—¿A quién?
—Nada, nada, disculpe. No sé lo que me digo. Continúe, continúe —balbuceó con los ojos muy abiertos, pues al taxista se le alargaban los incisivos y el cráneo se le volvía cada vez más cuadrado por momentos.
Desde pequeño se había sentido fascinado por la leyenda de los cuatrocientos conejos y, en realidad, por cualquier cosa que tuviera que ver con el pasado de México.
Todavía se acordaba de cuando, a los cuatro o cinco años, su madre lo llevó por primera vez al mercado de la Merced.
Allí, entre manojos de epazote, montañas de aguacates y templos de jitomates, se vendían calendarios aztecas de yeso dorado destinados fundamentalmente a los turistas, aunque esas ruedas de piedra de extraños glifos también adornaban algunas de las humildes casas del barrio en el que creció.
Su curiosidad se acrecentó en la escuela.
Le fascinaba la leyenda de los mexicas errantes guiados por Huitzilopochtli, la señal divina del águila posada sobre un nopal, y la fundación de Tenochtitlan en medio de un islote del lago de Texcoco.
Tanto le gustaba esta historia que, de hecho, aprendió a escribir la palabra «Huitzilopochtli» antes que su propio nombre, y eso que nadie en su casa hablaba náhuatl ni comía en vajilla de barro.
Pero la transformación definitiva tendría lugar a los catorce o quince años, en el transcurso de una visita al Museo Nacional de Antropología en Chapultepec, que no hacía mucho que había sido inaugurado.
Nomás entrar, mientras sus compañeros corrían hacia las salas, él se quedó embobado mirando la enorme columna de hormigón del patio central, de la que caía una cortina circular de agua; una especie de árbol cósmico o axis mundi recubierto de relieves en bronce que representaban escenas de la historia y mitología mesoamericana, y que parecía conectar el inframundo, la tierra y el cielo.
Salió del museo horas más tarde transformado en catecúmeno de todo aquello que, lo fuera o no, pareciera prehispánico, y con el entusiasmo de los verdaderos conversos fue a contarle la buena nueva a su padre a la vuelta de la excursión.
—Papá, papá, ya sé lo que quiero ser de grande.
El padre levantó la cabeza, hundida como estaba en el periódico que leía cada día en el sillón, y esbozó una sonrisa esperanzada.
—Arqueólogo.
—No seas menso, Luisito. Tú abogado, como tu tío.
Y así fue. O así fue, más o menos.
Cuando terminó la preparatoria, guardó en un cajón las historietas de su infancia, en las que Cuauhtémoc aparecía dibujado con una prominente mandíbula de héroe clásico ajustándole las cuentas a los españoles, y las reemplazó con los no menos rectilíneos libros de leyes.
Tras unos años de universidad, se licenció de abogado, profesión a la que, sin pena ni gloria, dedicaría algunos de los mejores años de su vida, y que nunca abandonaría del todo, pues, como tantas veces le repitiera su progenitor, de algo había que comer, y los dioses y mitos de sus ancestros eran bajos en proteínas.
Sin embargo, con el tiempo terminó por hartarse de las bulliciosas calles del D.
F. y sus interminables atascos, y se trasladó primero a Cozumel y luego a Cancún, ciudad situada no muy lejos de Chichén Itzá y su famosa pirámide de Kukulcán, también conocida como El Castillo, y a unas cuatro horas en coche de donde Diego de Landa llevó a cabo su famoso auto de fe.
Quizás de aquellas llamas viniera el sofoco que sintió en ese momento.
Bajó la ventanilla del taxi para que el aire de París le refrescara, pero todo lo que recibió en la cara fue una bocanada con olor a tierra mojada, flores y gasolina quemada más propia del D.
F. que de la ciudad del Sena, así que la subió de nuevo casi inmediatamente.
El taxista aprovechó el inciso para meter nuevamente la cuchara en busca de conversación.
—¿Y usted a qué se dedica, monsieur? No tiene pinta de banquero.
Castañeda del Valle fingió no haber entendido o escuchado la pregunta.
No, obviamente no era un banquero. ¿Cuántos banqueros con sarape se encuentra uno en París?
Al llegar a Cancún decidió cambiar de profesión.
Aun sin dejar de ejercer ocasionalmente de abogado, se convirtió en periodista y fundó un periódico —más bien, una gacetilla— llamado El Informador del Caribe , o simplemente El Informador .
—¿Periodista? ¿En México? ¿Tú estás loco? —exclamó su padre al otro lado del teléfono cuando le llamó para comunicarle su decisión.
Probablemente no iba muy desencaminado su padre, pero la nueva profesión tenía su atractivo para alguien como él, que no en vano se había tatuado el símbolo de uno de los temidos cuatrocientos conejos.
Además de asesinatos, corruptelas y chanchullos, los setenta eran años de vértigo arqueológico en México: con el descubrimiento de los murales de Cacaxtla, un conjunto de pinturas policromas extraordinariamente bien conservadas, llenas de batallas, sacerdotes y figuras a medio camino entre los hombres y los animales, que desenterraron unos campesinos; y, sobre todo, con el hallazgo del Templo Mayor, corazón religioso de Tenochtitlan, que apareció bajo el asfalto del centro histórico del D.
F., como si la ciudad colonial no hubiera sido más que un paréntesis.
A veces, los descubridores de tan magníficos artefactos eran individuos que, impulsados por la necesidad, excavaban clandestinamente en busca de piezas que acababan invariablemente en el extranjero.
Los arqueólogos mexicanos, indignados, denunciaban sistemáticamente el saqueo y el mercado negro, y en círculos académicos empezó a surgir la idea de una arqueología de rescate, una arqueología dedicada a devolver a México todo aquello que le había sido injustamente arrebatado y que yacía «enterrado» en los museos y colecciones privadas de medio mundo.
No recordaba exactamente cuándo o dónde había escuchado por primera vez ese concepto, si fue en un artículo o en una conferencia, pero Castañeda del Valle quedó prendado de la idea de pasar de las palabras a los hechos.
Se le metió entre ceja y ceja fundar una asociación cívica revolucionaria, integrada preferentemente por licenciados en historia y arqueología, que, en lugar de echarse al monte como en otra época lo hiciera Sandino, se dedicaría a recuperar por las bravas el patrimonio cultural del pueblo mexicano.
Llegó a proponer tan disparatado proyecto a dos cuates de carrera, el Chato y el Beto, a los que, en pleno trance, veía sentados al mismo tiempo a su lado en el taxi y frente a unas chelas en una cantina de Cancún.