Cuatrocientos conejos 1. Un mexicano en París
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Cuatrocientos conejos

Cuatrocientos conejos

Por Jose Ramon Jouve

© inepub.com

1. Un mexicano en París

EL TAXI SUBÍA A TODA PRISA por la Avenue de l’Opéra en dirección a la Gare du Nord.

«Todavía no me puedo creer que estos pinches franceses me dejaran salir de la biblioteca sin registrarme», pensó.

El conductor lo miraba de vez en cuando por el retrovisor, con curiosidad, pero sin sospechar que aquel hombre de estatura mediana, cabello negro y rizado, tez algo morena y pobladas cejas, que había subido al vehículo momentos antes vestido con un típico sarape mexicano, pudiera ser un ladrón de manuscritos —y mucho menos el fundador de un movimiento nacionalista de recuperación de códices—, como publicarían los periódicos meses después.

Lo único que lo delataba eran unas pequeñas gotas de sudor frío que corrían por su frente como si la mano de un agente de seguridad estuviera a punto de posarse en su hombro o el taxi le llevara, no al tren que esperaba tomar con destino a Bruselas, sino a algún lugar ignoto en el que sería entregado a las autoridades competentes.

Podía sentir los latidos de su corazón golpeando con fuerza contra el manuscrito que llevaba pegado al pecho, oculto bajo el jorongo verde de rayas multicolores con el que se había presentado esa mañana, como en los días anteriores, en la sala de investigadores de la Biblioteca Nacional de Francia, y que, a fuerza de vérsele siempre ataviado con él, había dejado de llamar la atención del personal.

El conductor volvió a mirarle por el espejo e intentó iniciar una conversación:

—¿Primera vez en París, monsieur?

—No. Ya había venido antes —respondió sin ganas.

—Ah. ¿Trabajo?

—Algo por el estilo.

El taxista no insistió y dirigió la vista al tráfico.

Circulaban ya a la altura de la Rue Gaillon cuando finalmente se atrevió a meter la mano bajo la ropa y tocarlo.

Ahí estaba el Tonalamatl, el libro de los días o de los augurios, uno de los textos sagrados que los antiguos mexicas utilizaban para conocer el destino de un individuo según el día de su nacimiento.

Deslizó la yema de los dedos sobre él y notó la textura irregular y fibrosa del amate, con sus pequeñas crestas y depresiones que recuerdan vagamente la corteza de un árbol.

Era un papel rígido, de tacto algo áspero, pero no desagradable, como si estuviera hecho de lino, de una calidez imposible de imaginar en el papel industrial, impersonal y frío de los libros impresos.

Lo notaba vivo , como si todavía pasara por él la savia del ficus o del maguey y pudiera sentir las manos de aquellos que habían sumergido la corteza en agua con cenizas o cal y la hubieran laminado con piedras lisas o mazos de madera una vez cocida para luego dejarla secar al calor del Quinto Sol.

Una moto pasó a su lado a toda velocidad, casi rozando la ventanilla y, por un instante, fue incapaz de decir si lo que dejaban atrás en ese momento era el Palais Garnier o las ruinas de Tlatelolco.

Respiró hondo. El temor a levantar las sospechas del conductor del taxi le impedía sacar el Tonalamatl de debajo de su poncho y contemplar el manuscrito.

Tampoco le habría sido fácil hacerlo dentro del vehículo.

Al fin y al cabo, totalmente desplegado, el Tonalamatl mide casi cinco metros.

Verlo completamente extendido impresiona.

Hay algo en el tamaño de un libro que nos dice que no se trata solo de un libro, sino de una manifestación de la divinidad.

Ese es el caso de las biblias gigantes de Winchester y de Mainz, o del Códice Gigas , la única biblia que se conoce que incluye una representación a página completa del demonio.

A diferencia de estos leviatanes de papel, que pueden llegar a los setenta kilos, el Tonalamatl es un prodigio arquitectónico: monumental y ligero al mismo tiempo .

Todas las esperanzas y temores de los hombres concentrados en un Aleph plegado sobre sí mismo en forma de biombo de menos de trescientos gramos de peso.

El taxi pegó un frenazo brusco al incorporarse a la Rue Lafayette, cuajada de coches que se movían pesadamente. Previendo que la cosa iría para largo, el taxista sacó un paquete de cigarrillos y le ofreció uno.

—¿Le gusta el fútbol, monsieur?

—Sí —respondió, y se resignó a aquella conversación inevitable.

El Mundial España 82 acababa de ponerse en marcha unos días antes y la anfitriona había hecho poco menos que el ridículo ante Honduras empatando a uno.

En España, la prensa se cebó con la selección nacional y su entrenador, como era natural.

En Tegucigalpa, sin embargo, el tanto de Héctor «Pecho de Águila» Zelaya, el primero de su país en una Copa del Mundo, se celebró con disparos de armas de fuego, petardos y cohetes.

Mientras el taxista hablaba, se imaginó a los padres de Pecho de Águila consultando, el día del nacimiento de su hijo, a uno de los tonalpouhque o contadores del destino, especializados en interpretar el Tonalamatl.

Si hubieran cometido el atrevimiento de mirarle a la cara, la habrían visto pintada con franjas negras, simbolizando las divisiones del cielo nocturno, el cabello largo, sin cortar, teñido de negro a base de tinta y sangre, atado en la parte posterior con una banda tejida de algodón y fibras de maguey, las orejas adornadas con pendientes tubulares de concha marina y quizás un pequeño bezote de obsidiana, llamado tentetl , en el labio inferior.

Más que leer el Tonalamatl, el tonalpouhqui hablaba con el libro y con los seres que se manifestaban a través de él, usando hongos mágicos y otras sustancias para entrar en trance.

No era su misión predecir con exactitud el destino de una persona, sino discernir cómo se manifestaría su fuerza vital a partir de los dioses y fuerzas sobrenaturales que gobernaban el día en el que había nacido, arrojando sobre el manuscrito granos de maíz de diferentes colores y formas para que estos revelaran más detalles sobre el tonalli de Pecho de Águila, la fuerza vital que finalmente le llevaría a marcar el gol más famoso de la historia de Honduras.

—Y qué golazo, monsieur —exclamó el taxista, emocionado—. Un pase largo, un sprint, y ¡zas! Uno-cero.

Así fue. Apenas habían pasado siete minutos cuando Zelaya, fuerte y veloz como un rayo a pesar de estar lesionado, recibió un pase largo que dejó en evidencia a la defensa española, corrió con valentía con el balón y, con nervios de acero, batió con la derecha la salida del portero, que no pudo impedir que el esférico se alojara en el fondo de la red.

El estadio de Mestalla, que estaba lleno a reventar de aficionados españoles, se quedó de piedra.

—Tal y como usted lo cuenta, debió de ser digno de verse —respondió.

—Excepcional, excepcional, monsieur.

Y con entusiasmo de locutor radiofónico, el taxista siguió desgranando las jugadas y estrategias que el combinado hondureño había utilizado para arrancarle un empate a la anfitriona del Mundial, lo que le permitió a él sumirse otra vez en sus pensamientos.

Su nombre era José Luis Castañeda del Valle y, hasta esa tarde del viernes 18 de junio de 1982, no había sido más que uno de los miles de turistas que visitaban París cada verano.

Había nacido en el D. F. —aunque otros medios dirían más tarde que en Jalisco— y siempre tuvo la sospecha, por lo mucho que le gustaba de vez en cuando echar un trago, de que la fecha que aparecía en su credencial no era la correcta.

A menudo bromeaba con que él había venido al mundo el día 2 Conejo, jornada que los tonalpouhque consideraban particularmente nefasta, pues los nacidos en esa fecha tenían por destino ser borrachos.

Los centzon tōtōchtin , o «cuatrocientos conejos», eran los dioses de bebidas fermentadas como el pulque, y eran cuatrocientos en honor a las innumerables formas de emborracharse.

Solían llevar el rostro pintado de rojo y negro, colores asociados con el ocaso y lo oculto, y portar una nariguera de hueso en forma de media luna llamada yacametztli.

Cada individuo tenía su propio «conejo» y dependiendo de cuál dominara, la borrachera sería diferente: unos hacían llorar, otros reír, otros bailar y otros matar.

El día 2 Conejo, en el que Castañeda del Valle decía haber asomado sus orejas al mundo, estaba dedicado concretamente a Ometochtli, líder indiscutible de los otros 399 lepóridos, entre los que destacaban también Cuatlapanqui, el que rompe cabezas, Tlihua, el que tiene tinta negra, y Papaztac, el que entumece.

Pero, de entre todos ellos, el conejo favorito de Castañeda del Valle era Tepoztécatl, el de la tierra de las hachas de cobre, el cual enseñó a los habitantes de Tepoztlán las artes y la música, además del cultivo y fermentación del pulque, y al que se atribuía el poder de generar lluvias y vientos; razón por la cual, en una noche de parranda que acabó a altas horas de la madrugada, Castañeda se había hecho tatuar en un brazo, y en su honor, un hacha en forma de rayo cayendo sobre una montaña.