Cuatro son multitud tres no 46 #2
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46 #2

Desvío mi mirada a su rostro, dolido y preocupado por haber visto la dimensión del accidente.

Al no recibir respuesta por mi estado de shock, le escucho rechinar los dientes a causa del movimiento para coger la pomada.

Quitándosela de las manos, pregunto dónde tiene que dársela, no obstante, insiste en poder solo.

—Brandfont…

—Me bañaría en crema para hacer desaparecer el dolor —sonríe.

—Saldría caro llenar la bañera —comento en tono de humor, alegrando un poco esa sonrisa débil.

Comienzo a palpar cuidadosa la zona baja de su espalda. No veo su expresión en el espejo, tampoco es necesario; la falta de respiración y su cuerpo tenso gritan el dolor que siente, por mínimo que sea el roce. En cuanto finalizo, le rodeo con mis brazos, intentando calmar su interior.

El olor a café penetra en mis fosas nasales y ni siquiera he abierto los ojos. Intentando recordar quién invade mi casa, una serie de recuerdos pasan por mi mente. Yo soy la intrusa.

¡La pastilla!

—Joder.

Me incorporo rápido, topándome con un Austin sonriente que me mira desde el otro extremo del sofá.

Por un segundo le miro sin saber cómo reaccionar tras ver la mesita llena de comida.

No solo he olvidado despertarle para la toma¸ sino que también ha preparado el desayuno.

El esfuerzo de ir hasta la puerta, volver y organizarlo es demasiado estando como está.

—Tranquila, Colbert —sonríe—¸ sigues siendo responsable. He apagado la alarma.

—¿Por qué? —musito.

—Mi pastilla, mi responsabilidad —habla serio.

—Vine para cuid…

—Lo has hecho —interrumpe. La delicadeza vuelve a su rostro y a su voz—.

Yo soy el lisiado, pero quien necesita descansar eres tú.

Calla —me obliga, señalándome cuando me siento para replicar cara a cara—.

Sé que soy un grano en el culo y te lo he puesto difícil; no me he comportado bien las últimas semanas, no debí atosigarte…

—Perseguirme —rectifico.

—Perseguirte…

—Acosarme —añado. Frunce el ceño; levanto la ceja.

—Acosarte —resopla—. He sido un capullo…

—Eres.

—¿Vas a seguir así hasta que termine?

Su fina línea de ejecutivo agresivo adorna su cara, aunque sé que finge.

—Rectificar es de sabios, Brandfont; por eso te rectifico.

Mi tono es serio; sin embargo, escondiendo una sonrisa jocosa me siento en el suelo frente a toda esa fruta, tostadas, bollería, café, leche y zumo.

—¿Vas a seguir o puedo quejarme de toda esta comida?

—Te encanta comer, ¿por qué te quejarías?

—Porque desayuno cereales y ahora voy a tener que comerme ese bollo que me llama.

Ríe. Ríe como hace mucho no le oía.

—Sidney… —Dejo a medias mi decisión de comerme el bollo, el croissant o ambos… para prestar atención a esos sonrientes ojos azules. La delicadeza de su voz pronunciando mi nombre me encandila. —…Espero que puedas perdonarme por estos últimos días y por lo que sea que provocó alejarte.

—Déjalo estar, Brandfont —digo. Él asiente, aceptando el bollo que le ofrezco.

Degustamos la comida sin hablar demasiado. Compartimos miradas cómplices que nos transportan al pasado más reciente, forzándonos a masticar para no tentarnos a utilizar los labios de otra manera. Ambos necesitamos una tregua.

El reloj acelera el minutero a causa del sonido de mi teléfono.

Es mamá, para recordarme los planes que veía lejanos.

Tras guardar el móvil en el bolso, nuestras miradas detienen el reloj, dándonos el tiempo que necesitamos y no tenemos.

No necesito decir nada, asiente, desalentado y me ofrece su baño para asearme.

Acepto con la condición de darle una vez más la pomada; se niega, sin embargo, no le doy alternativa.

«Ofrécele ayuda para ducharse».

No.

«¿Y por qué se lo ofreces?».

—No era esa mi idea de estar bajo la ducha contigo —me contagia una sonrisa.

Le entiendo, necesitar ayuda para ducharse sería convertirle en alguien vulnerable, perder su control, por mucho que lo perdiese desde el instante que entró por la puerta de La Esquinita.

En cuanto llegamos al baño, me pide cambiarle los apósitos después de darle crema.

Con cuidado curo cada herida, disculpándome por cada quejido que le saco e insultándole por sus incesantes risas por mis disculpas.

Una vez sola, recojo todas esas vendas ensangrentadas.

Pienso en quedarme para cuidarle, a la vez que me digo que no pinto nada aquí.

Aseada, salgo para poner fin a esta noche. Me encuentro a Austin sentado en la parte del sofá más cercana a la puerta de su habitación. A mí. Quiere levantarse, pero se lo impido.

—Gracias por venir.

—No ha sido una molestia comprobar que no estás muerto.

Él ríe, pero las miradas no cesan, el tiempo no avanza y una fuerte energía me incita a pensar en cosas que no están en mi mente. Una gran necesidad de tumbarme sobre él y abrazarle, sin interrupciones, sin sonidos, solo él y yo unidos. No obstante, no lo hago. No puedo.

—¿Puedo? —señalo mi mejilla.

Asiente. Me entiende; no necesito explicar mi intención. Cuidadosa de no caer encima, pego mis labios a su mejilla. Alargando el contacto para sentirnos uno.

—Me da igual —sus palabras me paralizan, pero no me alejo.

—¿El qué? —susurro.

—Si te enfadas.

No hay vuelta atrás, quedo atrapada en un mundo lleno de colores donde no existe el dolor, ni los problemas. Todo es luz, armonía y amor. Austin me atrapa la nuca y junta sus labios a los míos. El beso es lento, desesperado, rompiendo toda tregua. Destruyendo de un plumazo cada dolor. Cada problema.

—¿Te has enfadado? —rompe el silencio cuando por fin estoy lista para irme.

—Lo sabrás cuando te recuperes —respondo, acariciando su barba—. Pero no vuelvas a besarme.