Cuatro son multitud tres no 46
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—Joder, Colbert —la puerta y la voz de Austin detienen mis vueltas—. Sigues aquí.

Parece aliviado ante mi perplejidad por su mal aspecto en chándal y poco aseado, comenta que, al no querer levantarse, llamó a Milton para saber quién había intentado visitarle.

Se quedó asustado al saber por el portero que la jovencita de las trenzas entró, pero no salió.

Conocer que no abría la puerta por no poder moverse me hace sentir mal.

—¿Por qué sigues aquí, Colbert?

Llamarme por mi apellido estremece mi cuerpo. No me salen palabras ni pensamientos; solo levanto la bolsa de papel. Aunque intenta esconder la alegría por mi visita, no me quiere dejar entrar; sin embargo, sabe que no me daré por vencida. Al menos llevo aquí veinte minutos.

—¿Es de La Esquinita? —Asiento como respuesta.

Abre la puerta pidiéndome entrar. Dudo, no obstante, su divertida queja hacia la comida del hospital me hace olvidar los recelos para aceptar la invitación.

Mis pies caminan solos hasta el interior, deteniéndome en un caos más limpio que la última vez.

Sin alcohol a la vista, dejo la bolsa en la barra y, al girarme a causa de sus banales quejidos ante el silencio, descubro que apenas ha dado dos pasos.

—No está mal pedir ayuda —digo en tono de humor cuando me acerco a él.

Nos dedicamos las miradas que siempre acaban en discusión; esta ocasión, mi pronta negativa le empuja a aferrarse a mi cuello y utilizarme de apoyo.

—Te lo recordaré —avisa.

Ambos mostramos una sonrisa oculta para el otro.

Tras una eternidad, llegamos a la mesa del fondo de la cocina.

A pesar de mi intención de ir al sofá por su comodidad y cercanía, ante la confesión del cansancio de pegarse horas tumbado, accedo; no sin guardarme las bromas por su lentitud y su aspecto.

Se lo toma con humor; no quiere dar pena ni que me compadezca, así que le imito yendo a por la comida y en busca de servilletas con sus indicaciones.

Vuelve a sonreír. Su sonrisa se esfuma cuando su voz seria me pregunta si estoy bien. Saco las cajitas y los vasos de cartón, intentando controlar mis nervios.

—Tú tampoco estás para criticar el aspecto de los demás.

Intento ocultar lo hecha mierda que estoy sin motivos. No dejo que se me note; me he vestido con vaqueros, zapatillas y una cara decente que oculta mi falta de sueño.

—Estoy bien —contundente me siento frente a él.

—Llevas maquillaje.

Le miro, sé a qué se refiere, pero no le haré creer que tiene razón. Esbozo una sonrisa que poco a poco se convierte en una risa irónica.

—Menudo delito.

No quiero dar más bombo a mi aspecto, ni a que haya acertado con mi estado de ánimo.

Comemos las hamburguesas en silencio, a veces nos miramos, sonreímos y recordamos en secreto el primer encuentro que nos llevó hasta aquí.

Tras quejarse del sabor y probar mi batido, me río cuando descubre el mismo; veo su intención de levantarse, pero obviamente no le dejo.

—No te acostumbres —comento en tono de humor en cuanto llego al frigorífico.

—No sabes qué quiero —me mira.

Sin responder, saco dos botellas de agua; de vuelta a la mesa, mantengo mi cara impávida mientras él, con una sonrisa tan vergonzosa como radiante, lo agradece.

Dejando la tensión con la que empezó el encuentro, comemos entre alguna broma, pero también quiero saber cómo está anímicamente, qué ocurrió y qué tipo de medicación toma para estar al corriente de si se la toma, aunque no toco el tema hasta quedar las migajas de las hamburguesas.

—Adelante —pide acomodándose. Intenta aguantar una mueca de dolor, no obstante, no me la puede ocultar.

—Sabes qué pienso, no es necesario hablar —imito su postura.

Suspira; conoce que quiero escucharle y que no lo verbalizar.

Sé, sabemos, cuánto necesita soltarlo. En todo este tiempo ha descubierto que su soledad le consumía y abrirse conmigo le hacía sentir esa liberación tan anhelada; solo confía en mí, al igual que sospechaba de mi visita en cualquier momento para saber cómo está. Para no dejarle solo.

—¿Monty? —Asiento. Le mando callar en cuanto maldice contra su empleado.

Calmado, comenta el parte médico: una leve conmoción la cual le tuvo en observación durante tres días, cuatro costillas rotas, un hombro fracturado y golpes varios.

No es necesario preguntar por el cabestrillo que estaba encima del sofá; al preguntarle, presume sobre su fortaleza de no necesitarlo.

Desde mi llegada ha estado actuando como si estuviera bien; no quiere decir el hombro lesionado, pero sé que es el derecho porque apenas lo ha movido y el poco movimiento le obligaba a guardar un grito de dolor.

No diré nada, solo le obligaré a ponérselo cuando su cara esté a punto de explotar.

Apenas he abierto la boca para preguntar lo sucedido, ya responde.

—No sé qué pasó, la moto falló y me vi contra el muro —su rostro es de temor, como si no recordase.

—¿Bebiste? —Mi tono es conciliador, a pesar de la dureza de la pregunta.

—¡Falló! Joder, Sidney, ¡falló! ¡La moto falló!

Su enfado junto a un grito doloroso sale de su garganta al levantarse con rabia; rápida me acerco a él y, sosteniéndole de los hombros, le obligo con cuidado a sentarse.

Trato de tranquilizarlo con un dulce siseo; su cuerpo se calma entre mis brazos y siento una mueca de dolor en mi abdomen en el momento que rodea mi cintura.

—La moto falló —repite en un mantra inentendible.

Poco a poco se calma, se acomoda en mis brazos y las palabras se desvanecen, al igual que el silbido de mi garganta.

Mis caricias no cesan en su cabello mientras él se aferra sin fuerza, inmóvil, saboreando este sueño que desapareció hace tiempo.

Aunque le creo cuando dice que la moto falló, iba ebrio; bebía cada día sin control.

No solo llegaba a mis oídos, lo veía. Oculta cosas; es un hombre cerrado, no quiere que sepan de él, pero a mí no me mentiría, no puede…

—Bebí… —admite con voz rota.

—Lo sé —susurro, interrumpiendo su lamento mientras me acuclillo entre sus piernas—. La moto falló. Te creo —confieso sosteniendo su rostro—. Te creo.

El alivio que penetra sus ojos destensa los músculos de todo su cuerpo; en el instante en que la fijeza de su mirada comienza a incomodarme, rompo el momento.

Alegando que es hora de descansar, por inercia, me incorporo apoyándome en sus muslos, lo que le provoca un quejido silencioso.

Morderse el labio calla un grito demasiado doloroso.

Le inspecciono con cuidado mientras intenta calmar el dolor, y entonces lo veo: una venda asoma por el bajo de la pierna derecha.

Otro golpe que oculta. No digo nada; rodeo su cuello y me disculpo depositando un pequeño beso en su cabeza.

Una vez calmados y recargados del contacto que no nos hemos dado todas estas semanas, pido trasladarnos al sofá para evitar estar más rato en esa postura incómoda para él.

El tiempo pasa y no necesitamos la televisión, música o distracciones; estamos cómodos en el silencio.

Mil historias de nuestra adolescencia hacen acto de presencia, haciéndonos recordar anécdotas divertidas olvidadas por ambos.

De nuevo el mutismo nos invade. Uno bonito, cómplice, diferente.

Las palabras de Austin salen solas, rompiendo la calma trae de vuelta una carta escrita del puño de su padre; unas líneas clavadas en lo más profundo de ese adulto que no entendía la decisión del viejo.

«Confío en ti», resaltaba la tinta. «Encontrarás ayuda en la persona correcta», replicaba ante la futura negativa de su hijo.

—Sé que te dejo un caos —dice Austin. Recita con la mirada perdida en la pared mientras aprieta mi mano.

Me limito a escuchar. —No sé la gravedad en el momento que leas esto…

podrás salvarlo todo. Confío en ti, hijo.

Todo es por mi culpa, debí vaciar el barco antes.

No dejar que se aprovechen de mi estado para sus intereses, pero no podía abandonar el hogar de tu abuelo. Tu futuro.

Austin traga saliva y yo también. Contengo mis ganas de interrumpir

—Cada día va a más y no sé cuánto podré aguantar sin cagarla—. Prosigue…

Te costará un tiempo entender el embrollo, pero sabrás solucionarlo.

Un día lo entenderás, lo verás y limpiarás el barco de toda la mugre de la que yo no he sabido deshacerme en estos años.

Ojalá pudiera decirte esto de frente, cara a cara, padre e hijo.

Tú y yo solos, como debíamos haber hecho más a menudo.

Lamento no haberte prestado la atención que te merecías.

La atención que se merece un hijo. Espero que puedas perdonar mi ausencia, basada en dinero y regalos y no con afecto y tiempo.

Va a llegar el día que no recuerde todos esos años.

No quiero hacerte cargar tú solo con todos esos recuerdos; sé lo mucho que te duelen.

Perdónate, Austin, perdónate, hijo mío. No has sido un mal hijo; yo fui un mal padre.

Por eso eres tan bondadoso como tu madre.

Los médicos dicen lo rápido que avanza la enfermedad.

Si detengo mi pluma no me acordaré a quién escribo, al menos hasta dentro de unas horas.

Por eso confieso que no os lo he hecho pasar bien ni a ti ni a tu madre.

Mi querida Lysette… El día que mamá tenga fuerzas para entregarte esta carta, será el principio de todos los secretos guardados.

Sé mejor hombre que yo, sé mejor persona, Austin.

Ya eres mejor persona que yo porque eres igual que tu querida madre, pero nunca dejes de serlo.

Te quiero, hijo, más de lo que te he demostrado.

El silencio invade cada rincón. Uno denso, doloroso.

La inercia me lleva a abrazarle. Le abrazo como si fuese lo último que vamos a hacer en esta vida, mitigando su dolor interno. Los minutos pasan y la noción del tiempo se pierde entre el silencio.

Los brazos de Austin comienzan a debilitarse alrededor de mi cintura.

Aunque se esfuerce en aferrarse a mí, es indicador de lo cuan fuerte es el dolor, pido, en la más calma absoluta, su necesidad de poner remedio a ese sufrimiento.

Sosegado, me informa al oído sobre una crema para no atiborrarse a pastillas.

Conseguimos llegar, a su ritmo, hasta el baño.

Me quedo atónita en cuanto descubro su cuerpo; un estallido de colores domina su piel morena por el sol.

Moratones: a cada cual más grande, acompañados de algún apósito cubriendo parte de su torso y algunos rasguños leves.

—Puedo hacerlo yo —me saca del malestar que se me genera.