Cuatro son multitud tres no 45
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Reconócelo. Te hubieras ido con él. Tu mente no estaba presente, por eso tu padre te llamó tanto la atención; no respondías a nada. No te interesaba, pero tampoco escuchabas, y Nate parecía tonto por lo mismo. No, no era lo que pasó con Gigi: los dos estabais en el mismo lugar.

En todos los lugares a la vez. Su cuerpo viajó en cuanto te vio los labios.

Y tú, en el mismo momento que te miró, tragaste saliva y perdiste la noción del tiempo.

La misma noción que perdisteis en Chicago.

Una noción que supisteis traer aquí y que quedó en mitad de la calle rodeados de gente, sin importaros esos golpes de los que te protegía y ahora sientes cada vez que le miras.

Cada vez que recuerdas lo que hizo. Por eso te quedas sin aire cada vez que regresas a ese lugar seguro, porque ya no lo es.

Sientes que no puedes avanzar; por eso no te sentiste plena en la cita con Frank a pesar de la alegría, de tu felicidad. Del sexo.

Te sientes vacía por culpa de personas que decidieron irse por sus acciones, por pánico de tener a su lado a una mujer fuerte y valiente. Una mujer que brilla por sí sola, aunque intenten robarle la luz.

—Toma, corazón, son tus favoritas —te dice Alina dejándote una bolsa en el asiento del coche—. No es sano, pero al menos comerás algo. Si lo rechazas me enfadaré.

¿Vas a rechazar comida a tu segunda madre?

¿Vas a enfadar a una mujer tan amable? Sonríe y cógelo, total se va a quedar en el asiento hasta que te entre hambre después de hacer el idiota.

No durará mucho esta gilipollez de alimentarte solo de café.

Todos mienten. Tú mientes, y tus mentiras dañan.

Decirle a alguien que estás bien cuando sabe que estás rota es mentir. No te quejes si luego les da igual.

—Sidney —la voz de Nate desde el altavoz del teléfono da un vuelco a tu corazón—. Sidney, dime algo.

Escribe la hora, o su nombre, eso es, tacha con fuerza. ¿Te pone nerviosa su respiración? Cuelga, es tu teléfono.

—Necesito hablar contigo —insiste él—. Necesito ayuda con lo de Justin y tu hermana.

Uh, eso sí te hace colgar. No te esperabas eso, ¿eh?

¿Te cuesta asimilarlo? Averígualo tú, tienes recursos y la información.

Deja de acabar metida en una ducha de agua hirviendo o comiendo los pastelitos de Alina de hace tres días.

Sigue comiendo, haz que deje de dolerme la cabeza y pesarme el cuerpo.

Yo vigilo si sale el infiel del caso. Es pan comido, es lo que haces cada vez que sientes tu mundo desmoronarse.

Por fin comes, pero preferiría que fuese sentada y sin papeles entre las manos.

¡Acabarán llenos de grasa! No seas descuidada.

Sigue comiendo. ¡No! ¡Límpiate la mano! Hala, y ahora te restriegas la manga por la boca.

Me aburro. Llevas dos horas mirando la pantalla y removiendo las hojas del cuaderno. No puedes pensar.

—¡Tú no me dejas pensar!

Anda, si tienes voz.

—¡Cállate ya! —bramas golpeándote la cabeza.

Eh, no me golpees, ¡duele! No, no bebas. Otra vez no. No te ahogues en alcohol. ¡Hala venga, sin vaso! No, eso no, enfrente viven niños. Baja la música. Más bajita, no queremos quejas después de lo borde que has sido con todos. Deja de beber. ¡Deja de beber!

Pues ya está, ya se han quejado. No abras con esas pintas.

Deja la botella en la barra. ¡Nooo! Bueno, bebe, pero no abras así.

Mira la pinta que llevas. Deberías estar durmiendo, sin embargo, estás frente al espejo mirando un cepillo de dientes mientras llaman a la puerta a las tres de la mañana.

¿Quién será? ¿Frank? ¿Nate? Seguro que Austin. Vale, abre así.

¿Monty?

—No quiero saber nada de tu jefe.

—No sabe que estoy aquí —te frena, cansado y desesperado—. Nadie sabe que Austin… está en el hospital.

Suspiras. ¿Por qué coño viene aquí? Pero no puedes dejarlo ahí fuera esperando.

—Pase.

Cauteloso se queda en la entrada. Mira tu aspecto, aunque evita hacerlo. A ti no te importa qué piensa, ni él ni nadie. ¿No preguntas cómo está Austin?

—Lleva cinco días en el hospital, sin visitas —te dice Patterson.

—No tengo la culpa de que nadie le…

—Pidió que no se avise a nadie.

—Entonces, no sé qué hace aquí avisándome.

—Yo no lo he sabido hasta hoy.

—Lo siento mucho, pero no es mi problema.

Le invitas a salir, sin embargo, al abrirle la puerta no lo ve como una señal para irse.

—Mañana le dan el alta… —continúa.

—Muy bien —abres más la puerta.

—Debe cuidarse si quiere seguir caminando…

No te hagas la dura, eso te ha congelado la sangre. Te preocupa.

—…sé que no quiere saber nada de él, al igual que sé que jamás ha podido mentirle.

Señorita Sidney, usted sabe que todo lo que dicen es mentira.

Todo —recalca—. Me obligó a tomarme vacaciones, no sé cómo está ni viviendo frente a él.

Ayúdele señorita Sidney, aunque sea llámale, solo eso.

Tal vez escuchando su voz se cuide. No quiere hablar ni estar con nadie, puede que con usted sí.

—Adiós, señor Patterson.

—Debería cuidarse usted también.

Se acabó. Te desplomas en el sofá, a la deriva.