Cuatro son multitud tres no 44
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—Largo, Tara —digo educado al oír sus tacones pasearse por mi despacho.

Sus pasos suenan más cerca. Escondo la pequeña caja en el bolsillo, justo antes de ver su corta melena rubia a mi lado.

Su voz irritante dice cosas sobre mi aspecto y los tres días que llevo cancelando reuniones.

Se toma demasiadas confianzas de nuevo; no le sirven todas las veces que le he frenado.

No quiero nada con ella, no le entra en la cabeza.

—Vete a trabajar —pido, retirando su mano de mi hombro.

—Es la segunda vez que estás con este aspecto tan dantesco. No son formas para un director de tu talla.

Sin importarme sus palabras, me dirijo a la puerta. Liam se esconde detrás de la montaña de papeles que he rechazado firmar hoy.

—Si me molesta alguien, te despido a ti y a esa persona.

Amenazo lo suficiente en alto para que la petarda de Wescot me escuche; lo hace y le da igual.

Sin importarle que Liam nos escuche o nos vea, se acerca y propone comer los dos en mi despacho y relajarnos.

Que no me la pusiera dura hace años no le debió bastar como respuesta.

No sé cómo despedirla todavía, pero ejecutaría con ganas mi amenaza en este instante.

—Vete —ordeno de camino a mi silla.

Me estoy quedando sin paciencia; si tengo que repetirlo, me importará una mierda una demanda, la sacaré a la fuerza. Resoplo cuando sigue mis pasos: cruzada de piernas, se sienta sugerente sobre mi escritorio. No escucho lo que dice, solo doy vueltas a esa diminuta caja en mi bolsillo.

No comprendo cómo no ha podido darse cuenta.

Sé que no está bien por lo vivido durante el caso de la trata, pero es inteligente, y debió sentirlo.

¿Cómo pudo pensar que el anillo que quedaba tan perfecto en su dedo podía ser para otra?

¡Maldita dependienta! No hubiera ocurrido nada de esto si se lo hubiese podido dar en Los Ángeles; debí insistir en encontrarla.

Debí dárselo en cuanto cruzó esa puerta y no comportarme como un gilipollas borracho.

Debí dárselo en mi casa en vez de tener sexo como dos putos conejos.

Mientras la veía dormir en su cama tras la fatídica noche, decidí que ese sería el lugar.

No quería esperar más para ponerle el anillo y confesarle que quiero pasar el resto de mi vida con ella; todavía quiero.

El contacto durante sus días de descanso y el sacarla de casa sin rechistar demasiado me hicieron creer que era mutuo.

Creía que éramos una pareja madura que no necesitaba oficializar nada, con Sidney soy yo mismo; es la única persona del mundo que conoce mi verdadero interior.

—¡Basta!

Despierto de mis propios pensamientos y me relleno un vaso del minibar.

Observo mi despacho vacío; no sé en qué momento se fue Tara ni qué parloteaba.

Meter la mano en el bolsillo y tocar la cajita me llena de sus recuerdos.

En cada rincón de este despacho está ella con su humor, en tacones, descalza, sucia, alegre, burlona, empoderada…

—Lo siento —la voz asustada de Seth suena tras la puerta—¸ sé que no…

—Pasa —pido educado.

Colbert se teletransportaría si se entera de que he sido grosero con él.

He pensado hacerlo para poder tenerla enfrente, para poder hablar, aunque quiera cortarme los huevos, pero no se lo merece; es el único en quien confío de mis trabajadores.

Es el único leal sin necesidad de serlo.

Sidney tuvo buen ojo cuando me dijo que confiase en él lo mismo que confié en ella.

Además de hacer un muy buen trabajo en el caso más importante de su carrera.

—¿Todavía quieres participar en el juicio? —pregunta Seth—. Tengo otras posibilidades.

No consiguió frenar los aplazamientos que la parte contraria pedía uno tras otro, alargando el juicio del hijo de puta de Nash, aunque un ángel, posiblemente llamado Sidney, logró establecer una fecha definitiva.

—Haré lo que necesitéis para encerrar a ese cabrón.

Asiente dando media vuelta. Es lo que me gusta de él: directo y conciso, sin molestar por dejar irse a Sidney de la empresa.

Si supiera el verdadero motivo, me cuelga de la fachada.

Decidimos contarle parte de la verdadera labor de Colbert aquí el mismo día que dejó de ser mi investigadora privada.

El cheque que firmé finiquitando su impecable trabajo nos separó, pero también abrió una puerta a conocernos y vernos de otra forma. Casi lo conseguimos.

Termino mi copa, cojo mi abrigo, mi casco y me dirijo al lugar donde sé que ella estará.

Aunque rompiese la nota delante de mis narices, la leyó.

No sé exactamente dónde comenzó lo nuestro, pero citarla en el parque en el que me dijo todo lo que pensaba de mí sin remordimientos es mi forma de darle la razón.

Aun con todo lo que soltó y lo que me odiaba, me enamoré.

Estoy enamorado por mucho odio que sienta hacia mí.

No sé por qué no quiso escucharme en la joyería, no sé por qué no supe ser tajante en comunicarle que no hay ninguna mujer.

Ya no. Ya no concibo mi mundo con una mujer que no sea ella.

Que Monty haya evitado subirme a la moto me ha tocado los huevos, no le despido porque sería otro motivo más por el que Sid me odiase.

Es lo único que tengo en mi mente, su angelical rostro.

Su dulce voz diciendo que está conmigo, que el dolor pasará y que debo luchar para salir de esta.