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A pesar de aconsejarle que fuese para quien fuese escogiese el más brillante y caro, apuntó que no serviría para esa mujer ya que era especial; le dije que en ese caso eligiese él desde el corazón, pero aun así, insistió.
Le di tres opciones, la decisión era suya, su mujer su regalo.
Le he dicho que hoy haría lo mismo. Aunque está en desacuerdo, al salir del coche y entrelazar su mano con la mía, le he pedido no tener demostraciones de cariño en público.
Su rostro de fastidio se esfuma nada más pisar la tienda, donde la simpática dependienta me llama su fiel asistente, provocando una mirada cómplice entre nosotros.
Mientras la mujer sigue con el sutil ligoteo, echamos un vistazo al mostrador. No son simples joyas de cientos de dólares; la más barata es el sueldo mensual de muchas familias, a veces el mío, si no fuese por lo ahorradora que soy.
—Espero que a su prometida le gustase la última joya que compró…
Levanto la vista sin movimientos notorio; Brandfont sonríe…
«Su sonrisa falsa».
—No era mi prometida —evita mirar al frente, a mí.
—Nadie compra una joya de ese calibre por cualquiera, debe ser una mujer especial.
—Lo es —sonríe él, de verdad.
—Un tanto extraño el mensaje —cotillea.
—Y personal, he venido a comprar —corta tajante.
Avergonzada, la dependienta le da la razón ofreciendo su ayuda. Silencioso, Austin rodea el mostrador hasta llegar a mi punto; busca un atisbo de haber escuchado la conversación, pero no se la doy. Me pidió ayuda por su madre, no se la negaré.
—Sé que a su madre le gustan las joyas —digo, no dando pie a la conversación. No aquí—. La señora Brandfont es muy elegante y estas no serán de su agrado.
La tensión aumenta. Ya sabe que lo escuché; la dependienta se encargó de ello.
Debe recibir a todas horas a muchos ejecutivos adinerados con su asistenta, la cual es su amante y le compra una joya cara para no sacarlo a la luz.
Jamás chantajearía a un hombre de ese modo, ni jamás estaré con un hombre que tenga pareja.
Yo no tengo exclusividad con nadie, pero ese anillo no era para una prima.
—¿Cuál elegirías tú? —Su acercamiento y su tono bajo es una premonición de lo que sucederá en cuanto salgamos.
—Es para tu madre —le hablo en el mismo tono—¸ tiene que salir de aquí —coloco mi mano en su corazón. Siento como comienza a latir fuerte. Como grita al mío por chivarse de la inminente despedida. —Como el anillo —añado con la voz quebrada—. Esperaré fuera.
No quiero esperar, quiero irme, quiero volver al lugar del que me sacó.
No lo haré, no me volveré a encerrar, ni me marcharé sin dar una explicación.
No me iré sin decirle lo que hemos hecho, vivido y sentido; todo era dentro de una mentira.
Ahora no sé si de verdad hubo sentimiento.
Ya no sé si todo lo que vivimos desde los días anteriores a mi viaje a Los Ángeles es real. Ya no confío.
—No lo digas.
Aprieta su labio. Su fina línea es dolorosa, como su mirada. No aceptar llevarme de regreso no le gusta, ni acepta mi agradecimiento por haberme sacado de casa, ni tampoco que vuelva paseando.
—Gracias por salvarme la vida…
—No, Sid…
No entiendo por qué no se aleja de mí teniendo a alguien especial… ni por qué sigue queriendo estar cerca de mí en lugar de centrarse en ella.
—Ya no confío en ti.
Me deshago de su agarre, rompiendo toda conexión incomprensible entre nosotros. Es difícil mirar sus ojos y no ver cada momento con él. Cada momento se convierte en un puñal imposible de sacar sin dolor.
«Ve».
He devuelto dos de sus invitaciones al mensajero, no aceptaré una tercera por enviármela unas horas antes del evento.
Al ver la invitación blanca y plateada; elegante como su madre…
Dudé. Verle de nuevo con esmoquin tienta a mi memoria, recordando la azotea, su despacho y la cama, pero no puedo.
Fuerte y serena rompo el cartón y lo tiro a la papelera del baño.
Debo mantener mi decisión de romper el contacto.
Al abrir la puerta del ascensor me topo a través de los cristales con la mirada de Monty, que presiona el telefonillo sereno, aunque lleva su eterna sonrisa no muy feliz.
Su trabajo ya no es ser conductor, es vigilarme, saber si estoy bien.
En todos estos días se ha sentido avergonzado, pedía disculpas mil veces y prometía no contarle nada.
No había nada que ocultar, no me veía con nadie. A excepción de Frank.
No he hecho nada más allá de cenar con mis padres y aceptar encargos rápidos. Mamá sospecha que rozo mi peor momento, pero se tranquilizó al saber de mis citas con un chico; no quiso saber el nombre, solo si me trataba bien.
—Lo siento, señorita Sidney —dice Monty en cuanto abro la puerta.
Nervioso, mira constantemente hacia atrás; el coche está con los intermitentes puestos. Por la hora, Austin está dentro.
—Está dentro, ¿verdad? —Su mustia respuesta me hace coger el papel que sostiene entre sus manos.
Hablemos por favor, déjame explicarme.
Dejo a Monty detrás y, con paso firme sobre mis tacones, me dirijo al coche de cristales tintados; miro fijamente, sé que está dentro, sé que me ve.
Tengo prisa, pero también paciencia. La ventanilla comienza a bajar, pero no doy tiempo a que muestre su rostro; hago añicos la nota.
Escucho cómo me llama pidiéndome que espere, pero no obedezco, sigo mi camino tirando los pedazos en la primera papelera que me cruzo.
«Recoge también los pedazos de su corazón».
¿Y los míos quién los recoge?
«Tú misma, eres fuerte, pero no estás sola, aunque lo creas».
Me detengo en el cruce. Monty quiere detenerse respetando las normas de circulación, pero mi brazo le pide avanzar, obligándole a saltarse las reglas.
Ante mis ojos pasan los de Austin, los cuales miro sin vergüenza, sin sentirme mal por no caer en sus deseos.
Con la cabeza bien alta y sin remordimientos. Sin mirar al pasado.
A través del cristal le he visto desaliñado, con la pajarita mal abrochada y cara de insomnio, pero me obligo a mirar al frente. Fuerte y segura.
Frank espera al otro lado de la carretera; su eterna sonrisa encuentra la mía.
Siempre jugando a las escondidas. Miro a ambas direcciones y avanzo hasta sus brazos abiertos.
Su paz y su calor me abrigan en esta fría noche de diciembre, lejos del recuerdo del burdel y de un Austin que acaba de marcharse devastado.
Frank está entusiasmado por llevarme a una pequeña subasta de arte, en la cual grandes artistas desconocidos y nuevos talentos se entremezclan sin nombres, se compra maravillas sin saber quién es el creador de semejante belleza.
Es un lugar diferente al que empezó todo; la entrada es oscura y secreta, solo se puede acceder con invitación, se la consiguió Kevyn, más bien las cogió de la papelera, con su permiso claro.
Lo primero que preguntó fue si iba personalizada, él conocía estos eventos, siempre quiso acudir, pero nunca tuvo la oportunidad.
Hasta ahora, si hubiera sabido antes de sus ganas por asistir, podría haberlo conseguido, solo tenía que pedírselo a Lamb. Muchas veces insistió en ser su acompañante, nunca acepté por pereza y aburrimiento, pero el moreno de rizos me lo vende mejor. Incluso estoy entusiasmada.