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Han sido días raros en la casa familiar y la cena de Acción de gracias fue extraña.
En realidad, todo fue extraño; la primera sin Matt, Frank preocupado por mi larga ausencia, Austin enviándome mensajes a cada rato procurando no tocar el tema del burdel…
Y la inesperada visita de los Cliffort —al completo—.
Nate no fue bien recibido por mi padre, pero gracias a mamá consiguió no dar la nota.
Intenté ocultarle a él que algo ajeno al caso de mi hermana me ocurría, sin embargo, fue en vano. Lo supo al instante,
Tras quedarme sola durante el desayuno, llamé a Austin.
Sus mensajes no solo eran para saber cómo estoy o comentarios que me sacaban una sonrisa, también para decirme que descansase: me conoce más de lo que me gustaría.
Me escuchó atentamente e hizo preguntas con respeto, mi comentario sobre las pocas ganas que tenía de indagar en el pasado de mis padres y descubrir por qué mi hermana no lo es, mi hermana biológica, se ofreció a contratar un detective.
—Intentaré encontrar a uno casi tan bueno como tú —me sacó una gran sonrisa que hizo resonar mis huesos, haciéndome maldecir.
Me dio el nombre de dos, pero los rechacé. No porque me conozcan, sino porque son unos chapuceros.
Volví a casa cinco días después con Greace.
El trayecto no fue nuestro trayecto. Más que dos hermanas que siempre han sido carne y uña, parecíamos dos primas lejanas forzadas a compartir vehículo.
El ambiente tenso no se debe a lo ocurrido; quedó solucionado con nuestro abrazo, pero no sé cómo actuar ocultando lo que oculto.
Por la noche el dolor se disipa, pero fingí estar dolorida a causa del viaje e hice casi todo el recorrido dormida.
Las aún visibles marcas de mi cuerpo me llevan a ese momento una y otra vez; por mucho que quiera reconducir a mi mente al día con Brandfont, no funciona.
Solo dormir y un poco la estruendosa música que Gigi escucha, me alivia.
Al despertar cerca de casa, confesó entre risas que dio un par de vueltas más.
Pese a decir que podía sola, insistió en acompañarme hasta la puerta.
Dos días después, la maleta sigue en la entrada y yo metida en la cama, ignorando el teléfono.
—Sal de la cama y abre.
La voz de Brandfont resuena por la habitación a través del altavoz. Protesto, pero repite la misma frase en un tono autoritario.
—Traigo cheesecake —añade dulce.
Sin colgar, bajo la escalera lo más rápido que puedo: paso tortuga.
Abro, encontrándome al rubio con su traje a medias, una bolsa de comida, una caja y su gran sonrisa divertida.
Me arrastra a la cocina diciendo que espera que haya comido; ver la pila de platos sucios le hace detenerse en seco.
Con las manos liberadas, nos encontramos en mitad del pasillo enfundándonos en un abrazo. Un momento largo demasiado corto.
Chistoso, me pregunta si tengo más hambre. Le insulto con desgana mientras caminamos de la mano hacia la barra. Intenta fregar la pila de platos, pero me levanto seria y consigo que vuelva a mi lado.
—¿Tú has comido? —Pregunto al ver la cantidad de comida.
Detiene sus movimientos, centrando su vista en mí. Ya no sabe mantener su faceta de empresario duro conmigo; yo sí puedo aguantar mi rostro desafiante, retándole a decir lo que sea.
«Tres, dos…»
Ambos reímos al intentar ganar el desafío en que nos hemos metido con tan solo mirarnos.
—Son las cuatro pasadas, claro que he comido.
Me lo tomo como una reprimenda, aunque no hay malos tonos.
—Yo también —señalo el fregadero.
—Los cereales no alimentan —añade, sacando cajas de cartón.
—Esto sí —aparto lo que saca para abrir la caja en el que va la tarta.
Con el déjà vu del desayuno en su casa comemos otra vez, reímos, charlamos, nos acariciamos, nos abrazamos y nos molestamos.
Sin besos pasionales. En cuanto nuestros labios están peligrosamente cerca nos detenemos, me besa la frente y nos abrazamos.
Él no quiere forzar las cosas; yo no quiero desearle, aunque sé que nos morimos de ganas.
—Esto ya es otra cosa.
Austin sonríe desde el piso de abajo. Me obligó, amablemente, a salir de casa utilizando como excusa necesitar ayuda para comprar una joya a su madre por su cumpleaños. Usa a su madre como chantaje, pero me cae bien, siempre me ha tratado bien.
—Me pongo el chándal de nuevo —amenazo, dando media vuelta en mitad de la escalera. Él ríe.
Me dio todo el tiempo que necesitase. Me refresqué rápido y me adecenté sin mucho esfuerzo; en ese lapso, las maletas aparecieron en el piso de arriba.
De camino al coche, me dice avergonzado que Monty no está: tiene la necesidad de compartir otra vez un viaje en coche conmigo sin que nadie nos observe o nos moleste.
Si alguien supiera lo ocurrido, no estaríamos solos, ni podría acercarme a Austin…
, ni estaría en mi casa libremente. Me invita a poner la música que desee, aunque no me arriesgaré a tocar semejante panel; prefiero escuchar su voz hablándome sobre qué busca para su madre y la fiesta que su padre está organizando.
También me gusta oír la calmada respiración que resuena ante la calma de su conducción, todo lo contrario, con la moto.
Y lo nervioso que le pone mi vista fija en él.
—¿Quieres una foto? —Sonríe sin quitar la vista de la carretera.
Me estremezco cuando posa su mano en mi rodilla, notando el calor de su tacto.
—La sacaré de internet.
De manera fugaz me dedica un vistazo esbozando una gran sonrisa, la cual desaparece ante la llamada entrante de Wescot, A la tercera llamada le doy un manotazo para que descuelgue.
Le pone nervioso que yo consiga sonreír sin hacer un solo ruido que alerte de presencia femenina¸ ya que quiere que Tara lo sepa para alejarla. Aunque le daría igual.
—Austin, cielo, reservo mesa en…
Insiste tras hablar de unos documentos que dejé de escuchar. La incomodidad del rubio inunda el pequeño espacio. Extiendo el brazo para detener la llamada, pero él me frena; niega con la cabeza y, sin soltar mi mano, corta a su empleada de forma educada.
—Te pedí que dejases de llamar a mi número personal y que, si no es una reunión que yo haya concertado, no hablaré de trabajo fuera de la oficina…
—Austin, cielo, no quiero hablar de trabajo…
Sus ojos están atentos a todo lo que sucede a su alrededor, incluida yo.
Por muy tentada que esté, no corto la llamada, pero sí giro su cabeza, obligándole a mirar la carretera.
Su tono se eleva junto a su enfado, pero se disipa en cuanto enredo mis dedos en su escaso cabello.
Al abrir la puerta de casa le vi con su habitual aseo; su cabello recortado, su barba cuidada y su traje incompleto.
—¿Cuántas veces tengo que repetir que una vez salgo del edificio no quiero saber nada si no es importante?
Su voz afloja con cada caricia, sin embargo, aumenta por haber estropeado nuestro momento.
Me mira ocultando un quejido cuando separo mi mano de su cabeza para cortar la llamada.
Una grande y tímida sonrisa vuelve a su rostro al regresarla.
Me gusta cosquillear su nuca y a él que lo haga.
Permanecemos en silencio hasta encontrar un sitio donde aparcar.
—Creía que ya no trabajaba ahí —digo en un tono tan pacífico como el silencio del coche.
—No sé cómo hacerlo.
Echa su cabeza hacia atrás y, sin apartar la vista de mí, besa mi mano antes de sostenerla dulcemente entre las suyas.
—No tengo fuerzas para seguir entre tanta escoria. No sin ti, no con lo que pasó en el club.
Cierra los ojos por recordarlo; quiero cerrarlos, también me duele.
También siento que la vida se me quedó en esa habitación roja, en esa furgoneta ardiendo, pero soy fuerte.
Sé que lo soy. Si él necesita mi fortaleza para incendiar ese recuerdo y convertirlo en cenizas, le prestaré una poca.
La necesaria para sanar. Intercambio mis manos, pudiendo llevarla cómoda a su rostro, y con cada roce me llevo cualquier pensamiento malo…
—Shh… —le obligo a escuchar el silencio cuando el botón del cinturón de seguridad lo rompe.
Ahorcajadas sobre él, beso su frente y le acuno entre mis brazos al caer su cabeza en mi hombro.
—Olvídalo —susurro.
—Lo sabes todo —musita en mi cuello. Asiento.
Sé de su dolor, de su culpabilidad por tener un conocido tan monstruoso y de lo mucho que le costó aguantar a su lado sin partirle la cara.
Aunque no se perdona el no haber hecho nada al verme a través del cristal, sé que sí hizo algo y teme que le rechace por ello.
Teme que le vea como un monstruo. Está metido en un bucle despiadado.
Comienza a negar y a decir sobre mi piel que jamás se lo perdonará.
Noto su angustia en la ferocidad con que sus brazos me rodean.
A pesar de mi insistencia, continúa con el mantra de lo mucho que debo odiarle porque no me quedo cerca de las malas personas.
No apruebo sus acciones, ni que me enterase por mi hermana.
Blake sabe que Brandfont dio la orden, pero es inteligente, se guarda las espaldas y sospecha de a quién pudo pedirle ayuda; podría haber sido Larry, pero no sabe nada.
Solo queda una persona: Matt. Los contactos de uno y el dinero de otro han sido una bomba perfecta para acabar con uno de ellos: el que la tomó conmigo.
—¡Brandfont! —Elevo el tono al evitar mi mirada por segunda vez—¸ ya te odiaba antes de esto.
Aunque sonrío y mi tono tiene un ápice de humor, se lo toma en serio; inquieto, se sacude bajo mi cuerpo queriendo alejarse de mí.
Junto mis labios a los suyos. No reacciona, no se mueve, pero no desisto.
Muevo mis labios esperando su verdadera reacción, aquella que no controlan unos pensamientos oscuros, sino unos brillantes llenos de vida.
—Quedémonos con esto —detengo el beso—¸ quedémonos con que salimos —cierra los ojos, le obligo a abrirlos. A mirarme—. Vivos y juntos.
De nuevo oculta su mirada; pego mi frente a la suya sin dejar de acariciar su rostro.
—Vivos —repito.
Nos abrazamos unos segundos antes de poner rumbo a la joyería, la misma a la que me llevó una vez. Siempre necesita ayuda para elegir una joya. Estoy segura de que tiene buen gusto o con escoger la más cara, a cualquier mujer le gusta.
En aquel momento no me dijo para quién era, solo iba en busca de un anillo bonito y sutil.