42
Pasar toda la noche en observación bajo los focos de urgencias fue agobiante, pero al menos no hemos discutido.
Austin lidió con la insistencia de la policía por interrogarme y entendió la razón por la cual no quiero quedarme ingresada, como el resto de chicas: no he estado capturada meses, no estoy sola, tengo casa. Estoy segura.
—¡Colbert, no!
La voz de Brandfont resuena desde abajo, deteniéndome en seco.
—No te vas a meter en la cama con el pelo mojado —dice con reproche.
Giro y le miro desde lo alto de la escalera. Lleva el pantalón y su camiseta blanca algo manchados de mi sangre, la cual traspasó la camisa. Cierro los ojos al recordar su abrazo. Cada escalón le acerca más a mí; en mitad del camino comienzo a acercarme a él, con su ayuda terminamos el tramo juntos.
—Intenta comer algo.
Quiere ser autoritario, sin embargo, no le sale. Niego en su pecho; por mucho que necesite comer, no presiona. Sabe que no puedo. Sabe que mi estómago está completamente cerrado y asqueado. Su cuerpo me protege al mismo tiempo que sus labios susurran que no me dejará sola y que nadie vendrá.
—Estaré aquí cuando despiertes, sea el tiempo que sea —le abrazo fuerte por la cintura. Ya no huele a él, sino a la crueldad de la noche. —Lo más lejos que me iré es a la ducha.
Una pequeña risa en mi coronilla me hace sonreír. Despacio nos arrastra al sofá diciendo que me ha preparado un bol de leche con cereales. Le miro sonriente y él me devuelve la mirada junto a una gran sonrisa.
—Así te quiero ver —acaricia mis labios—. Están todas vivas gracias a ti. Eres muy valiente, Sidney —limpia una lágrima de mi mejilla—¸ pero no se te ocurra hacerlo de nuevo.
Asiento.
—Estás limpia, no quiero mancharte —se queja cuando evito que se aleje.
Asiento de nuevo, prometiendo quedarme aquí e intentar comer algo.
Mientras sube las escaleras sin apartar la vista de mí, menciono que en mi armario hay ropa de hombre y que puede utilizar la lavadora.
Desde arriba escucho sus suaves gritos llamándome, un malhumorado «¿qué?»
le hace soltar una risa fuerte que me llega débilmente.
Sonriente por seguir pendiente de mí, incluso desde la distancia, me como tranquila los cereales.
Ante los cortos silencios, mi mente se queda fija en un punto.
No veo nada, no pienso en nada; sin embargo, todas las imágenes pasan por delante devolviéndome a ese lugar oscuro con olor a odio.
Una caricia en el pelo paraliza mi corazón. Mi cerebro ordena a mi cuerpo no moverse; cualquier movimiento puede conllevar un insulto, un golpe, un encierro.
—Pequeña.
Un susurro. Su susurro. Su voz llega a mi alma, trayéndome un remanso de paz.
Le miro sin saber dónde estoy; su rostro asustado cambia a uno sereno, dándome igual dónde estoy porque estoy con él.
Besa mi cabeza, retira el bol de mis piernas y se sienta junto a mí: distante, pero cerca.
El silencio toma el poder. Nuestros cuerpos se relajan tanto como nuestras mentes.
Todo se disipa, incluida la noche de hoy.
Me estremezco al sentir la mano de Austin en mi espalda, relajándome con cada caricia.
Al acomodarme en el sofá, me incita a hacerlo entre sus brazos.
No lo rechazo. no me da tiempo. Mi cuerpo se acurruca entre ellos, encontrando solo paz.
Nada existe; ni bueno ni malo, solo nosotros.
Él y yo sintiendo nuestras respiraciones calmadas.
La tranquilidad continúa al abrir los ojos, encontrándome en mi habitación.
La luz llega desde abajo, dejándome ver el perfil de Austin: medio estirado sobre mi cama, duerme plácidamente.
Su respiración sale por su boca entreabierta; de nuevo mi temeridad obligándole a dormir en una mala posición.
Sonrío a causa de su entrecejo fruncido, no puedo evitar acariciar esas arruguitas y el resto de su cara.
La poblada barba cosquillea mis yemas y su línea fina cambia a una curva, mostrándome que siente mi tacto.
Y le gusta. A mí también. Tenerlo tan cerca y a la vez tan lejos, pero unidos, es especial. Único.
En movimientos dulces escondo mis dedos entre sus cabellos descuidados, comienza a abrir los ojos, sonrío ante su gruñido por obligarle a cerrar la boca. A no pensar. A no preocuparse por nada, a disfrutar el momento. A sentirlo.
—¿Cómo estás? —pregunta tras haberle callado tres veces—¸ ¿cómo te sientes?
—Estoy bien —susurro igual que él.
Nuestras manos buscan la piel del otro en una caricia lenta, necesitada. Nos miramos en silencio, sonriendo con debilidad, sabiendo que nuestros cuerpos se reclaman pero que, por ahora, nos basta con la paz de sentirnos cerca.
—Deberías levantarte del suelo —acaricio su relajado entrecejo.
—Levantarme implicaría alejarme de ti.
Cierro los ojos cuando estira el brazo para acariciar mi rostro. Siento su calidez, su ternura, su cariño.
—Puedes subir aquí.
Abro los ojos y me encuentro su mirada. La ternura no desaparece, aunque sus ojos azules se vuelven ardientes. Me quejo al incorporar su cabeza, obligándome a romper las caricias; con su barbilla apoyada en nuestras manos entrelazadas, me mira.
—¿Recuerdas lo de anoche en la habitación? Lo siento, no quería… —dice con la voz desvaneciéndose.
Sé a qué se refiere, sé que no ha querido recordarme todos los golpes que recibí.
Sin posibilidad de darle opción a reaccionar, sostengo su mejilla y me acerco.
Presiono mis labios a los suyos, provocándole un mohín de placer.
Su mano libre agarra mi cabeza, evitando que pueda huir.
Nuestras bocas comienzan un baile pasional¸ un baile para el cual podrían llevar años ensayando en solitario, compenetrados a la perfección.
Nuestros movimientos surgen solos, no reciben órdenes.
Solo desean unir esos dos cuerpos, convertirse en uno.
El beso continúa cuando se tumba encima de mí; las ropas y las sábanas entorpecen nuestro contacto, sin embargo, no nos estorban, no las apartamos.
Queremos seguir unidos, pero no desnudos.
Detiene el beso. Aunque me cuesta no protestar, sonrío al ver el brillo en sus ojos.
Pega su frente a la mía. Su sonrisa no desaparece ni cuando sus labios besan cada zona de mi rostro, pero la mía se desvanece ante los pinchazos que siento en todo mi cuerpo.
Se ha dado cuenta en mi primera mueca, por eso detuvo el beso, pero quiere que verbalice el dolor.
—No estás para sexo —susurra en mis labios.
—Tú tampoco —acaricio su pelo—, no estás muy sexy.
Tras una pequeña risa y un movimiento rápido, me deja atrapada entre sus muslos, bromeando con la idea de no verle sexy. Me muerdo el labio, tragando un grito de dolor por su peso.
—¿Vas a seguir aguantando? —Susurra dulce y molesto en mi oído.
—¿Tu fea cara?
Río cuando levanta la vista. Serio me mira; el aumento de mi risa le hace refunfuñar. Austin revierte nuestra posición, forzándome a decir cuán dolorida estoy. Niego, dándose por vencido en el momento que me acomodo en su pecho.
—Me gusta que tu humor siga intacto.
Los besos no regresan, al menos en la boca; sin embargo, las caricias dulces no cesan.
—No cometeré el mismo error, pero puedes quejarte.
—Quejarme no me quitará el dolor.
Procura no apretarme en exceso y me arrima a su cuerpo.
El silencio vuelve, los besos sutiles también y el deseo excesivo sigue latente, aunque bajo control.
No necesitamos ese acercamiento para estar juntos, solo estar al lado del otro.
Manifestamos el hambre que tenemos y el dilema entre comer o seguir en la cama.
—Ve a comer mientras yo duermo —remoloneo.
—Si te duermes no comerás.
Sus besos recorren mi mejilla. Su calidez me envuelve, deseando quedarme así todo el tiempo del mundo. Me aferro a él pidiéndole seguir durmiendo. Juntos. Puedo sentir su sonrisa antes de que pregunte:
—¿Segura que quieres compartir cama conmigo? —Dice alentado por mí.
Río.
—No sabía que estábamos en un banco.
Él ríe. Llamándome bruja, reímos más a causa de las cosquillas que me provoca. Un juego que intensifica el dolor, pero no rompe nuestro momento. Sosteniendo su rostro entre mis manos, mantengo su preocupación a raya.
—Estoy bien —repito cuando acaricia mi nariz con la suya—. Estoy viva —elevo su mentón para mirarle a los ojos.
Unos ojos cerrados ocultan el recuerdo de la noche anterior, un recuerdo que también le duele.
—No permitiré que testifiques —confiesa.
Ahora soy yo quien los cierra. Todo lo que me hicieron recorre mi mente…
y lo que podrían hacerme si descubren mi identidad.
Rodeo su cuello acercándole todo lo posible.
Él no quería participar. Rechazó en varias ocasiones a Blake, no quiso saber sobre el caso ni juntarse con la policía, hasta que se lo pedí.
No quería que me viese en ese estado, pero, deseaba que me protegiese, deseaba encontrar al Austin del pasado y que sacase los puños contra todos.
—¡Noo! —protesta. Yo bufo—. Deja que se marche, si no hacemos ruido se irá —susurra bajo el atronador sonido del timbre.
Asiento cuando me mira ante tal aporreamiento; no le preocupa mi puerta, sino mi dolor de cabeza.
A pesar de pedirme que permanezca en la cama y que se deshará de la inoportuna visita, me levanto en cuanto dejo de escuchar sus pisadas descalzas en las escaleras.
Ni él ni la visita pronuncian palabra; Greace sube veloz.
Se detiene en seco al cruzar nuestras miradas.
Estoy enfadada, no obstante, es mi hermana pequeña; podría haber sido ella la infiltrada, podríamos no habernos vuelto a ver.
Ninguna necesita decir nada. Rápida se acerca a mí ante mi paso de tortuga, enfundándonos en un abrazo que hace mucho que no nos damos.
Me desplomo en su pecho convirtiéndome en una niña, la niña que siempre veré en ella por mucho que sea ya una mujer fuerte e independiente.
—Estoy bien —digo, algo cansada por su insistencia.
Ella mira al rubio, que nos observa desde la mitad de la escalera.
No necesita escuchar la pregunta; responde que no sabrán la exactitud de mi dolor, pero que no lo llevo mal.
También remarca que estoy sin analgésicos tras inspeccionar mis mesillas.
Sonrío a Austin: me asusta y me gusta la atención que presta, lo mucho que me conoce pese a mis intentos de no dejarle.
—Ahora debes descansar —la voz de Gigi me obliga a mirarla.
Me ayuda a sentarme en la cama. Con tan solo mirarla sabe lo que pasa por mi mente. Mi temor. Abrazándome de nuevo, promete que ni por su parte ni por la de su equipo se enterarán nuestros padres.
—No quiero tener…
—Deberías, yo puedo ponértela —interrumpe Austin de brazos cruzados.
Le miro seria, no por interrumpir, sino por saber qué voy a decir y contradecirme.
—No quiero otro gorila pegado a mi culo —hablo dura, sin apartar la vista de esos ojos azules enfurecidos por no querer protección.
—Monty puede ser tu conductor —termina de subir las escaleras—¸ yo puedo…
Un no rotundo le detiene; física y verbalmente.
—Tener a alguien vigilando que no se me acerquen me recordará todo. Quiero olvidarlo. No quiero ser un bicho raro porque alguien tenga que inspeccionar todos los lugares a los que voy. No me han quitado la vida y no voy a permitir que no me dejen vivirla. Quiero vivir.
Mi hermana me abraza y Austin, agachado frente a mí, sostiene mi mano.
Tras un suave apretón por mi parte, se sienta a mi lado dedicándome un dulce beso en la sien.
Cuando el momento íntimo finaliza, les obligo a prometer que no me pondrán vigilancia.
Ambos mantienen una pequeña charla sobre el robo de la moto; Brandfont está dispuesto a pagar por los daños causados, pero Greace comunica de parte de Blake, que, tras explicar lo sucedido al propietario, no presentará cargos y el Estado le indemnizará.