Cuatro son multitud tres no 41 #3
92%

41 #3

—Sidney, ¿qué cojones pasa? —Su voz suena tan rota como yo me siento.

Una lágrima recorre mi mejilla, no necesito decir nada para hacerle entender que no tengo lo que podía salvarme de una violación. Me arrastra con cuidado hasta estar entre sus brazos.

—Siempre pensando en los demás —lo dice en un tono molesto, pero conciliador. Deposita un beso en mi cabeza.

—Gracias por…—musito sin voz aferrándome a él.

—Shh… ya estoy contigo, pequeña —susurra.

—La perdí.

—Yo también sé cuándo mientes, Colbert —agarra mi mano para enseñarme mi dedo índice arañando la uña del pulgar.

Apoyada en su pecho, puedo escuchar su latido acompasado y tranquilo mientras el mío retumba desbocado en mis oídos. Al notar mi llanto, Austin se tensa, pero enseguida me relaja con una caricia y un beso en la sien.

—¿Cómo supiste quién era?

—La marca de tu tobillo izquierdo.

—¿Cómo? —Le miro sin apartarme de él, también me mira.

—Eres lo más bonito que se puede mirar —interrumpe. Rodeo su cintura adentrándome en el refugio que son sus brazos.

—Estás muy delgado, Brandfont.

—Y a ti no te queda bien ese color, Colbert.

Nos miramos sonrientes, sus ojos azules y mis lentillas verdes se miran recreando de nuevo ese globo terráqueo perfecto que nos ahoga a la vez que nos salva.

A pesar de todo seguimos siendo nosotros.

Deseándolo, pero sin esperarlo, Austin pega sus labios a los míos, enseguida se separa avergonzado.

Me prometí que jamás caería rendida, aunque lo haya deseado en muchas ocasiones.

Ya me da igual la realidad de fuera; tal vez no salgamos vivos de aquí y no quiero morirme sin haber sentido de verdad lo que hay entre nosotros.

Estiro mis puntillas hasta alcanzar sus labios, provocándole un gemido de sorpresa. Me saborea cauteloso y delicado. Un beso tan ansioso como casto. Real y consentido. Un beso que se vuelve más vivo a cada segundo. Más salvaje.

—Voy a sacarte —dice con firmeza—¸ no voy a permitir que pases un segundo más aquí, me da igual que no estén listos.

Con la decepción y la incertidumbre de haber cambiado la pasión por el temor, le observo intentar anudar mi tirante roto para cubrir lo que me cubría su chaqueta.

—¿Y las demás? —Mi confusión se nota en mi voz—. ¿Y tú? Si te descu…

—Solo estoy aquí por ti…

Su mirada está llena de pánico. Uno que teme más por mí, que por él mismo.

—…en cuanto vi que mentías, pequeña, escúchame —hace la fuerza justa para obligarme a mirarle—, llamé a Hall y me explicó el caso. Supe que estarías más pendiente de salvar a las chicas que a ti…

—Austin, si te descubren…

—Me importa una mierda, te mereces que alguien te cuide. Déjate cuidar de una puta vez, joder.

Sus palabras me parecen tan reales como este momento. Sus dedos acarician inquietos mi rostro tratando de ocultar el nerviosismo que le produce mi silencio, sin embargo, solo quiero disfrutar de su tacto, de ser el centro de su mirada, de otro beso, de él…

«Aquí no podemos disfrutar de eso».

Asiento y la presión sale de su pecho al soltar el aire de sus pulmones. Deposita un beso en mi frente y me estrecha entre sus brazos, prometiéndome que pronto estaremos fuera.

—Fuera hace frío —me coloca bien la chaqueta en cuanto pretendo dársela.

Ahora me siento como la pequeña Sid de siete años, esa que se quedaba petrificada sin saber qué decir al guardia de seguridad al perderse en el supermercado; solo asentía para poder controlar un reguero de lágrimas, mostrando así su debilidad.

—Saco a Sidney —dice tras presionar un botón en su cinturón—¸ vamos, salgamos de aquí.

—Espera —me vuelvo en busca de mi calzado, pero Austin sujeta fuerte mi mano.

—No te dejaré correr con esos monstruos.

Noto mis mejillas arder, una sonrisa se dibuja en mi rostro, parece que ha prestado atención en conocerme cuando nadie me mira. Cuidadoso, Austin abre la puerta, procura no hacer ruido. Al ver el pasillo rojo me resisto; el miedo se apodera de mí, si al menos se escuchasen sirenas o disparos…

«Disparos no».

—Peque… —susurra Austin—, estoy aquí, no tengas miedo.

Miro sus ojos; tiene miedo. No está seguro de a dónde ir o si saldremos vivos, no obstante, necesita sacarme. No puede esperar dentro hasta saber si ya no existe peligro, pero yo solo pienso en ir a por las chicas.

—No tenemos tiempo —zanja, tirando de mí.

Aprieto fuerte su mano y sigo sus pasos.

todo aparenta calma: no es buena señal. Sabemos que no saldremos juntos de este lugar.

Nos miramos a los ojos bajo la tenue luz.

Nos prometemos en silencio volver a encontrarnos.

No morir. Avanzamos aferrados al otro y un beso sale de nuestras almas; delicado a la par que ansioso. Tal vez sea el último.

Un beso roto por sus quejidos y mis gritos cuando siento algo rodear mi cuello y varios tirones que me provocan múltiples choques: por órdenes y el estruendo de un motor.

El adormecimiento de mis brazos acentúa algo raspando mis muñecas.

La falta de libertad atormenta mi mente.

Golpes y más golpes chocan en cada parte de mi cuerpo.

«Reacciona».

No saber dónde estoy paraliza mi mente.

«Muévete».

Pongo mi mente en blanco. Un popurrí de esencias florales se mezcla con olor a sudor, basura y gasolina, quitando de golpe el aroma de Austin…

«No pienses en él. Libérate».

El ruido de un motor viejo que frena y arranca me desestabiliza junto a las dos chicas menudas con las que choco. ¿Es una furgoneta?

«Abre los ojos».

Parte de mi cuerpo está impregnado en una mezcla de gasolina y algo viscoso.

—La chaqueta —intento decir, recordando que algo cubre mi boca.

Abro los ojos de golpe, encontrando más oscuridad.

«Paciencia».

Poco a poco mi vista se acomoda y comienzo a ver siluetas: las chicas hechas bolas, temblando o intentando deshacerse del agarre.

Aiko insiste en quitarse los zapatos, con los cuales no deja de golpear mi espalda.

Todas estamos tiradas en el suelo, yo la única descalza gracias a Austin.

Suspiro. Cierro los ojos y vuelvo con él.

Al vestidor. A la bañera. A su despacho…

cada lugar que hemos compartido: bueno o malo.

Acabase bien o mal. Me envolviesen sus brazos o su mal genio.

—Ese tipo nos sigue.

La voz de Coral en español me incita a abrir los ojos bruscamente, tan asustada que me temo lo peor.

¿Qué tipo? Había tantos… Miro en todas direcciones sin ver nada, ¿por qué las atemoriza así?

Espera… ¿por qué ella puede hablar? Nenka agarra mi mano por detrás, también atada: es la más aterrada.

Una fina línea acentúa la silueta de Coral a través del forro roto de la ventana.

Arrastro mis rodillas por el pegajoso suelo, pero un volantazo y un grito del conductor me tumban.

Caigo encima de alguien mientras otra persona me aplasta.

Tras otro volantazo, las puertas se abren.

La repentina luz me deja ver a las chicas demacradas, pero el ruido de un motor llama mi atención.

El corazón se me detiene.

Suelto la mano de Nenka e intento callar el mantra de Coral.

En segundos comienzan a revolverse y querer saltar; sin apartar la vista de esos ojos azules, logro frenar a Jasvi, aunque no lo consigo con Irina.

Al sostenerla me desestabilizo. Siento mi inminente muerte, ya puedo notar el golpe al caer, el ardor del asfalto en todo mi cuerpo rodando…

el irme sin resolver todas mis movidas mentales.

Cierro los ojos.

«No».

Una fuerza tira de mi chaqueta, su chaqueta, a la vez que la moto que nos persigue ruge…

«Abre los ojos».

…acelera al mismo tiempo que nosotras nos alejamos. Ante la oscuridad de la calle percibo sus labios apretados. Austin suelta el manillar para hacerme un gesto, estiro la mano para alcanzar la suya, no me importa arrastrarme por el asfalto si con ello salgo de aquí. Si consigo volver con él.

De nuevo el mismo gesto, pero no extiende la mano. ¿Por qué no me saca de aquí?

«Piensa».

—¡Cógeme!

—¡Atrás! —consigo escuchar antes de que se aleje.

«Piensa».

—¿Atrás? —Le veo alejarse—. ¡Atrás! —me dirijo a las demás-

Las atemorizo lo suficiente para moverse al fondo de la furgoneta, lejos de la puerta.

Sigo con la mirada puesta en un Austin inalcanzable.

Todo vuelve a estar perdido, de nuevo lejos de él.

Sola en manos de estos indeseados que nos violarán y matarán.

Cierro los ojos, siento una mano pequeña sostener la mía; tiene el mismo miedo que yo.

El estruendo del vehículo impactando nos dispara contra los laterales.

El sonido de nuestros huesos quebrándose es lo último que distingo antes de que todo empiece a dar vueltas.

Un fuerte pitido y muchas alarmas comienzan a sonar en mi oído, haciendo más tronador el dolor de cabeza, un dolor que se traslada al resto del cuerpo.

El olor a quemado me hace abrir los ojos; el humo negro se cruza en mi vista antes de escucharse una gran explosión.

Noto la cuerda de mis muñecas floja, sin embargo, el cuerpo de Nenka me aplasta impidiendo moverme.

El sonido de disparos seguidos de una nueva explosión me envían a lo oscuro. Me resisto a irme; me resisto a abandonar a quien grita mi nombre.

Mi apellido.

Esa voz masculina me habla de malas maneras, sus gritos me taladran la cabeza y solo quiero silencio.

«Ve con él».

«Abre los ojos».

«Respira».

«Terminó…»

«Lo has logrado».