41 #2
Temblorosa, una de las chicas ayuda a la rubia que me sostenía. Entre las tres aunamos fuerzas, apenas puedo sostenerme, me levanto como puedo. Recordando las últimas palabras de Isabella, mezclo la valía de Elena y la fortaleza de Sidney y sigo los pasos que los matones nos obligan a seguir.
El delincuente diferente se acerca a mí con su tez morena y su pelo corto engominado.
—No te olvides de su cara —me dice en italiano como si estuviera insultándome.
Llegamos a una sala blanca iluminada con unos focos potentes donde nos obligan a sentarnos en el suelo; un enorme espejo frente a nosotras nos muestra la imagen de las seis demacradas e indefensas.
En sus miradas puedo percibir la misma angustia que siento, también el pánico porque descubran las pequeñas cápsulas que les entregué en la furgoneta.
Miro el reflejo de Elena apoderándose de mí.
Empiezo a cuestionarme el motivo de haber aceptado este trabajo.
Isabella me explicó lo poco que conocía de ellas: el nombre y la nacionalidad.
Un nombre que ni siquiera les pertenece, un nombre exótico con el que el proxeneta les bautizó.
En la penumbra de nuestro transporte les entregué el sedante y les expliqué cómo usarlo.
No podía romper mi tapadera de no saber otros idiomas, pero cuando a Coral se le cayó el frasquito y se rompió, todas entraron en pánico.
Saqué un pequeño frasco de perfume, lo rompí en el mismo lugar y le cedí mi cápsula.
—¡Arriba! —Grita en inglés otro hombre, también trajeado. Ninguna obedecemos hasta que nos apunta con un arma—. Levantadlas —ordena a otros tres hombres a su espalda.
Rápido cada uno nos levanta bruscamente y nos colocan en fila, de espaldas al espejo.
Los tacones empiezan a pesarme y el tobillo vuelve a arder.
Todas nos agarramos cuando el suelo comienza a elevarse, tambaleándonos sobre unas tarimas.
Me estoy sintiendo como un bolso exclusivo que están vendiendo al mejor postor.
—Que se giren —resuena una voz por un altavoz.
Los tipos nos indican que demos media vuelta. Tengo tan cerca mi reflejo que consigo apreciar la marca roja de los dedos de ese cabronazo. Sin importarme nada, acaricio mi cuello. Un golpe seco en mi espalda me obliga a echar el brazo hacia delante para evitar caer.
—De lado —ordena la misma voz.
El ruido de nuestros tacones se mezcla con esa voz y los gruñidos de los tipos al intentar deshacerme del agarre.
Las demás ni se inmutan. No sé cuánto rato pasamos dando vueltas.
Una y otra vez las mismas órdenes, la misma voz, los mismos agarres cada vez más fuertes.
Sin olvidar los golpes que nos llevamos detrás de la rodilla si se nos ocurre mirar al espejo.
Estamos asustadas, cansadas, mareadas y temiendo lo peor.
Espero que lleguen a tiempo de echar el sedante en la bebida.
«Estoy contigo».
Dos hombres más se unen a los otros comentando que tienen que separarnos. Intento resistirme, pero es en vano.
—¡Quietos! —Todos se detienen de golpe, haciéndonos tropezar—. Traed a la de plateado.
Quiero reaccionar, pegarle y poder salir de allí, pero Costi me pide calma y precaución por las demás.
El matón tira de mi brazo hasta llevarme a otra puerta diferente. Al mirarlas, la mirada de Nenka y la mía se cruzan, transmitiéndome la misma pregunta: ¿me habrán descubierto?
Llegamos a un despacho grande en penumbra mientras amenazo en italiano con matar al que me maneja; las siluetas de dos hombres se ven sentadas cómodamente en un sofá.
El dueño del lugar se levanta: su mandíbula sonríe sin piedad, su cabello moreno está recortado y sus ojos oscuros y siniestros me miran por encima de su vaso.
—Qué hermosas y guerreras son las italianas —es la misma voz que resonaba en la sala—¸ ¿no crees, amigo? —mira a su acompañante. Sin soltar el vaso hace un gesto al guardia, la mano de mi agresor se posa sobre mi cabeza obligándome a mirar el suelo—. Aunque seguro que no entiende nada —se mofa.
—He venido a follar, no a hablar…
«Esa voz…»
Retumba en mi mente, esa voz la he disfrutado, la he sacado de quicio en muchas ocasiones…
A pesar de la fuerza que cae sobre mi cabeza, logro levantarla…
mi corazón se detiene. La penumbra no es un obstáculo, reconocería ese perfil en la más absoluta oscuridad.
Un perfil sonriente, sentado con las piernas cruzadas e hinchado como un pavo.
Austin… Brandfont… El antiguo Brandfont…
Competitivo, seguro de sí mismo y ambicioso…
El hombre sin corazón… El playboy que no le importa a quien hacer daño…
El cabrón que mira por su propio placer…
«Calma, Blake lo trajo aquí. Tú lo trajiste aquí».
Ambos ríen, dos colegas bebiendo y celebrando, dos colegas que venden y compran chicas por diversión para saciar sus instintos primitivos.
—¿La quieres probar ya? —pregunta el proxeneta.
Habla el dueño de todo esto, de todas nosotras, pero no sé qué más dice, no sé qué responde él.
Solo escucho murmullos. Sigo dentro de mis pensamientos oscuros, tan oscuros como el traje de Austin; el cuello de su camisa negra esta desabrochado, su rostro sigue igual de desmejorado que cuando le vi hace unos días, aunque su sonrisa es grande.
«Es su sonrisa falsa. La sonrisa que pone al mentir».
—La probaré en la intimidad —me mira Austin—, la quiero descalza.
—Los demás pagan por llevarlas con esos tacones, no se descalzará ninguna.
Austin termina el líquido de su vaso. No aparta sus ojos de los míos ni un segundo, por mucho que el matón empuje mi cabeza ante cualquier movimiento que hago. Nuestras miradas se buscan, se encuentran y juntas regresan a su mundo roto. Un mundo destruido, pero seguro.
Incorporado se centra en el hombre, cada vez más enfadado…
—No he pagado para compartir, Joffer —dice irascible.
¡¡Qué!! Una carcajada resuena en la sala callando el sonido de los cristales chocar, los movimientos del tipo se convierten en un borrón sentándose frente a Austin, el cual evita mirarme. Una carcajada resuena en la sala.
—Llevárosla y que alguien le diga que se descalce.
Siguiendo la misma senda y el mismo poco tacto. Tiran de mi brazo hasta otra puerta por la que entramos o eso creo, mi sentido de la orientación y de la realidad es nula. Escondo mi cabeza en mi melena roja postiza para poder mirarle a él: centrado en el proxeneta.
Entre tirones y burlas, nos cruzamos con Irina, a la cual llevan como a mí.
Nuestras miradas se cruzan fugazmente, dándonos el ánimo que no nos damos a nosotras mismas.
El rojo de las paredes del pasillo se extiende en la habitación donde el cabrón que me ahogó coge el relevo.
Es mucho más brusco que los demás. Agarrándome por la nuca me mete dentro; un lugar extravagante y oscuro, donde una cama preside la sala.
—Venga zorra —me empuja al fondo—, te daré lo tuyo.
Su saliva salpica mi oreja. Un asco tremendo recorre mi cuerpo. Por suerte soy más alta y puedo estirar el cuello, alejando mi cara de la suya cuando intenta besarme.
«Se tu misma».
Escupo en su cara a la vez que subo la rodilla para golpear su entrepierna.
La furia aparece en su rostro y siento una presión tirar de mi vestido.
Sonríe cuando uno de los finos tirantes se rompe dejando al descubierto uno de mis pechos.
Al intentar cubrirlo me empuja vilmente hacia abajo mientras lleva su mano libre al cinturón.
En ese momento, la puerta se abre y una voz en castellano grita que suelte a la chica.
—He pagado por una chica intacta y descalza —la tensión de sus dedos se debilita.
Cuando el capullo se mueve, veo a Austin remangándose las mangas de la camisa.
—¿Quieres costarle dinero a tu jefe? Pedí que estuviera descalza.
Furioso avanza lanzando la chaqueta sobre la cama. El matón me suelta de forma brusca.
—Toda tuya, hay muchas putas.
La falta de oxígeno y la sorpresa por ese aventón, caigo de golpe contra el canto del sofá. Noto el ardor en las costillas. Mientras ellos se enzarzan en palabrería y golpes, me arrastro por el suelo.
—Te mataré —dice Brandfont, creo. Sigo sin distinguir lo que tengo delante. Todo se ve borroso.
Intento controlar mi pulso, recuperar mi respiración, siendo imposible.
Un indeseable choca contra el hombre dejándome a solas con otro indeseable que pagó mucho dinero para satisfacer su placer sexual.
En cuanto se cierra la puerta, echa el pestillo.
Me deshago de los tacones, pero mis dedos temblorosos no me lo permiten.
Escucho los pasos acercarse y sus zapatos negros se frenan junto a mí deteniendo mi respiración.
No quiero darle una excusa para cabrearle y recibir otro golpe: no dejo de escuchar mi pulso golpear en mis oídos.
Cierro los ojos, que pase lo que tenga que pasar.
Un aroma afrutado y chispeante llena el ambiente; ese olor a manzana, canela y madera me traslada a ese desayuno en el campo.
Abro los ojos encontrándome ese océano azul, un océano oscurecido por el miedo.
Un peso en mis hombros me abraza escondiendo la tela brillante de mi vestido: su chaqueta.
Se arrodilla y el roce de sus dedos en mi tobillo; enseguida aparta sus manos expresando que no hará nada sin mi consentimiento.
Su mirada atenta me confirma que todas sus palabras de fuera eran patrañas.
Fui yo quien se alejó, y aquí está. Sin pensármelo me engancho a su cuello, la calidez de sus brazos me rodea haciéndome sentir segura. Haciéndome sentir bien. Viva.
—Todo irá bien, Colbert —susurra en mi oído.
Nos abrazamos con fuerza, sentados en el suelo, mientras me acuna contra su pecho liberándome de cualquier culpabilidad que siento. Un nudo se forma en mi garganta ante el recuerdo de las chicas.
—¿Qué haces aquí? ¡Tenías que elegir a Coral!
Él sigue mis pasos intentando ayudarme a no caer cuando me deshago de los malditos zapatos. Al dejar de dar vueltas veo a Austin detenerse, siguiéndome con la mirada.
—¡Es una niña!
—Tiene el sedante, estará bien, van a venir a por ellas —dice a una distancia prudente—. Dame el tuyo, no quiero que te pillen —extiende su brazo.
Me detengo en seco. Suspira llevándose las manos a la cabeza pidiéndome una vez más el bote, a sabiendas que por mi reacción no lo tengo. Tenso, quiere saber si me lo encontraron y por eso me pegaron; asustada niego, dándole un motivo para cumplir la amenaza contra el bastardo que me atacó.