Cuatro son multitud tres no 41
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Hace cinco minutos que Liam avisó a Austin y le contestó que no tardaría en llegar, si no fuese porque, según Blake, es la única forma de atrapar a los hijos de puta que venden y esclavizan mujeres y niños, no hubiese ni esperado.

Lo que no entiendo es por qué no dejo de dar vueltas, Liam ya empieza a mirarme como si estuviese loca.

—¿Qué hace aquí, Sidney? Ya no trabaja para mí —aparece Austin con su traje gris. Nunca me llama así. No me gusta—. Colbert —dice desde el umbral desabrochándose la chaqueta—, pasa o se va a quedar ahí toda la mañana.

Gracias por ser tan condescendiente y quitarme los nervios.

Qué lástima ir con zapato plano y no poder poner sonido a la firmeza con la que entro al despacho.

Al cruzar la puerta, mi brazo roza su abdomen, haciéndole esconder un estremecimiento; cierra y sigue mis pasos.

Cuando ve que voy directa a la silla sin decir nada ni mirarle, se dirige a su lugar.

Sentados uno frente al otro, nos separa una distancia más grande de la que provoca la mesa.

Durante un rato, nuestras miradas se intensifican y mis pensamientos viajan al pasado¸ a cada momento en que nos entregamos entre estas paredes.

—Creía que no querías verme.

—Y no quiero —digo manteniéndole la mirada. Desviando la vista hacía la puerta, esboza una débil sonrisa.

—¿Y qué quieres?

«Follarte».

—La inspectora Hall me ha llamado de urgencia para convencerte.

Mientras su mirada sigue perdida me acomodo más, apoyando la suela de mi zapatilla en el cuero.

—No sé por qué la verdad —añado en un tono más alto de lo que quería.

—Ya le dije que no —dice exhausto tras un pequeño suspiro.

Sin nada más que añadir porque ya lo ha dejado claro me levanto silenciando una llamada entrante de Blake, devolviendo el móvil al bolsillo trasero miro a Austin observarme desde su silla. Mordiéndome el labio pienso si en decir en alto mis pensamientos, aun sabiendo que volverá a odiarme.

—Escúchala —pido quitándole la estilográfica que tiene delante y una de sus tarjetas para anotar el número que acabo de memorizar.

—¿Conoces el caso? —pregunta después de entregarle la tarjeta.

—Algo. Muestra al Austin que yo estuve a punto de conocer.

Por un instante le observo en busca de indicios de enfado, pero, o no los hay o los sabe esconder muy bien. Puede que ya no quiera que rompa su coraza.

—Espera —me agarra la mano, al centrarme seria en ese punto y después en él, me suelta—, ¿de qué se trata?

—No sé qué quieren de ti, pero si les ayudas puedes salvar muchas vidas.

Antes de abrir la puerta escucho mi nombre salir de sus labios; débil, frágil queriendo que me quede más tiempo. Al atender el llamado me lo encuentro por delante de su mesa, sus manos juegan nerviosas.

—¿Tú participas?

—No.

«Mentirosa».

—Vuelve —pide. Mi ceño se frunce—, a la empresa —su cuerpo se apoya cansado sobre la mesa—¸ te necesito —musita.

Nunca le había visto tan desmejorado. Durante el tiempo que estuvimos trabajando en su caso pude ver al Austin real.

Al Austin preocupado y cansado, pero ante el resto del mundo seguía siendo el tipo duro que le da igual cómo se sienten los demás.

Dormía tranquilamente sin alterar su conciencia, hoy su rostro se ve estropeado; la barba no la lleva recortada como acostumbra, el pelo un poco más largo y unas sombras oscuras acompañan a sus bolsas.

Asiento.

—El próximo lunes vendré a pedirle trabajo a Tara —esbozo una tímida sonrisa cuando hace amago de abrir la boca —. Esta semana estoy ocupada.

—Vale —musita poco convencido.

En la intimidad del vestuario de comisaría, me visto de otra persona.

Aunque, vestirme es mucho decir: sólo llevo un diminuto tanga blanco y un vestido plateado con la largura justa para taparme mis zonas.

Un maquillaje tosco y recargado, unos labios pintados de un rojo estridente y las lentillas verdes —del mismo tono exacto de la chica a la que voy a suplantar— han conseguido que Sidney Colbert desaparezca por completo.

No es la primera vez que me disfrazo para protegerme y, en cuanto todo mi yo desaparece, también lo hace mi mente.

—Woow… ¡Es idéntico! —dice Isabella en italiano.

Puedo ver su reflejo en el espejo camuflado con el mío, casi iguales. Lleva ropa de Blake, la cara lavada y su melena roja recogida en una trenza, más acorde a sus diecinueve años.

—Alguien especial lo hizo —digo en su idioma a la vez que me recojo el cabello.

Mi sonrisa desaparece al recordar a Frank, sentados en mi escalera, dibujándome mariposas y flores en el omóplato derecho mientras le decía que estaría incomunicada una semana.

Se volvió loco de preocupación. Cuando confesé mi infiltración, buscó las llaves para encerrarme en casa y evitar que me metiera en este berenjenal, presintiendo que esta vez no saldría bien.

Le tranquilicé con una promesa falsa y el sexo que tuvimos en mi sofá.

—Te ayudo —el italiano me saca de mis pensamientos. Con su ayuda me coloco la peluca de su tono, natural y hecha a mano.

Durante esta semana hemos estado conviviendo juntas en el piso franco en el cual la protegen, aunque yo tenía que hacer mi vida normal, decidí pasar las noches con ella. No solo para empaparme de sus gestos y practicar mi olvidado italiano, también para protegerla y se sintiese segura y acompañada.

—¿Crees que se darán cuenta? —Pregunta asustada, absorta en nuestros reflejos.

—Todo irá bien —prometo apretando su mano.

—Chicas —con sutileza, Blake rompe el momento—, Sidney, gracias a ti Brandfont va a colaborar.

Y por alguna razón ese nombre palpita en mi pecho obligándome a apretar la mano de Isabella.

—¿Sabe que yo estaré allí?

—No —dice sin medias tintas—, vamos Isabella, te esperan para llevarte al piso.

—¿No puedo quedarme aquí? —Ahora es ella quien busca fuerza en mi mano.

Blake me mira en busca de una traducción; añado que estará más segura entre los muros de la comisaría.

—Lo intentaré, tú prepárate. Saldremos en diez.

Asiento y la inspectora percibe en nuestros ojos que necesitamos unos minutos a solas. Le traduzco la contestación, le prometo que la lleven donde la lleven estará a salvo y pronto será libre antes de abrazarnos.

—Recuerda, en cuanto te pongas esos zapatos serás Elena.

Me dice Elena metida en el cuerpo de la pequeña e indefensa Isabella. Y tiene razón, al ponerme las plataformas plateadas todo de mi desaparece. Todo menos ella. Costi me sigue protegiendo, tratando de no desviarme de mi misión.

«Siempre estaré contigo, pequeña».

Dentro de una furgoneta llena de ordenadores, Blake me repite los detalles que llevo estudiando una semana.

Me recogerán en una esquina junto a otras chicas, tras el cacheo de hombres sin escrúpulos, un agente disfrazado de vagabundo chocará conmigo para meter las cápsulas de sedante en mi bolso.

Ante mi temor, Hall me asegura que dentro del burdel no habrá más cacheos.

Sin poder levantar la vista del suelo, nos guían por unos pasillos rojos apenas iluminados. Nuestros tacones chocando contra la baldosa negra, los sollozos de algunas y los insultos de otras en varios idiomas es lo único que se escucha.

Es la primera vez durante una misión que tengo que tratar de tranquilizar mis nervios.

Quizás me acostumbré a los casos fáciles.

A compaginar mi tapadera como abogada con mentir a Frank y callarle con sexo.

A meter a Austin en todo este infierno, y a presentarme en casa de Nate con los labios granates para acostarme con él sin hablar.

A eso se suma el simple hecho de que ya no tengo el seguro de vida que era Matt.

Él ya no está. Blake no dejará que me ocurra nada; por muchas cosas que hayan sucedido entre nosotras, es una gran policía y esto fue idea de mi hermana; no podía negarme.

«Escucha».

Dos de los tres tipos hablan en castellano enumerándonos a cuál de nosotras se follaría primero y describiendo las salvajadas que nos harían.

Una arcada incita que uno de ellos me empuje fuerte contra la pared, provocándome un ardor en el brazo.

Aliviando el dolor con la mano contraria, aprovecho para revisar el perímetro.

Por fin doy con el tercer guarda, un chico silencioso que me mira cuando insulto en italiano al que me pegó.

Los tres tienen rasgos latinos. Los dos que hablan no se separan de sus armas; al tercero se le ve diferente: lleva su arma en el cinturón, no habla y parece no comulgar con las espeluznantes ocurrencias de sus compañeros.

—¡Baja la cabeza, puta! —grita en castellano el que me pegó. Finjo no entenderlo—. ¡Puta! —Añade en inglés propinándome una patada en las piernas tirándome al suelo.

—Hijo de puta —mascullo en italiano acompañado de un escupitajo.

—¿Te gusta jugar sucio, perra? —dice en su idioma.

Rodeando mi cuello con su mano sudada me levanta golpeándome la cabeza contra la pared, es difícil mantenerme de pie con estos tacones y el dolor de tobillo.

—¡Pezzo di merda! —Intento librarme.

Golpeando mis rodillas con la suya, consigue abrirme de piernas sin dejar de apretar mi cuello, la falta de aire empieza a colapsar mis pulmones. Enseguida noto llegar la presión a mi cabeza.

—¿Te gusta? —sonríe en un idioma que se supone que no conozco—. Disfruta, perra.

Su rodilla se clava en mi pubis, haciéndome desear que me deje sin aire.

—¡Eh! —grita el hombre silencioso.

—¿Te la quieres follar tú? —el cabrón mira a su compañero liberando la presión.

Empiezo a sentir cómo mi cerebro se queda sin oxígeno: mi corazón se acelera en busca de una vía de escape. Todo se vuelve oscuro y los sonidos dejan de ser nítidos.

«Aguanta, estoy aquí. Estoy contigo».

Anhelo el aire y, poco a poco, mis pulmones comienzan a llenarse. Mi cabeza palpita cada vez menos y mi corazón regresa a un ritmo normal, dentro del miedo.

—…las chicas tienen que llegar intactas —dice el silencioso—. Si Scrivener las ve heridas nos matará.

Al recuperar la vista me encuentro tirada en el suelo, el brazo de una de las chicas es la única estabilidad que me sostiene.

—Levantadla —dice en inglés el que parece estar al mando.