40 #2
Nuestros cuerpos se mueven sin órdenes; mis brazos rodean su cintura por encima de la camisa que tanto me gustó vestir; él se aferra a mi rostro.
Se vuelve mágico, especial, enigmático y temerario cuando juntamos los labios iluminando todo alrededor.
El ascensor se detiene, avergonzados pedimos disculpas, no obstante, las palabras de una simpática mujer nos ayuda a permanecer unidos, echándonos a un lado sonreímos cuando alega que cualquier lugar es ideal para mantener a raya la pasión. Añade que su caniche está de acuerdo después de ladrar.
—Qué vergüenza —susurro, escondida entre los brazos de Nate.
—¡No mujer! —Comenta alegre—. ¡Fuera! —gruñen ella y su perro al hombre que pretende entrar—. Seguid tranquilos, entiendo que en el trabajo no podáis disimular.
«De mayor quiero ser como ella».
Por mucho que la mujer nos alienta a tener sexo aquí mismo, mantenemos los labios separados, pero no nuestros cuerpos; desde una esquina disfrutamos del abrazo, de las pequeñas sonrisas, de la tranquilidad que volvemos a sentir estando cerca.
No tengo opción de negar su compañía hasta el coche, a pesar de preocuparme por su cliente.
Esa fantasía tenía las horas contadas. El muro contra el que iba a chocar era más fuerte que el caso en el que me involucró Blake.
—Sidney, debes volver al día a día.
El agua caliente cayendo sobre mí ahoga las palabras de Frank. Sentada en la fría ducha tapo mis orejas. No quiero saber nada de nadie. Ha conseguido meterme en la ducha a la fuerza.
—No puedes enfadarte por sacarte de la cama.
Puedo oír su desesperación detrás de los cristales.
—Llevas dos días sin comer y sin hacer nada…
Y seguiría muchos más.
—No te paso ni una más, deja de ser infantil.
Las lágrimas se intensifican en silencio reteniéndose cuando de sorpresa me separan del suelo, envolviéndome en una toalla al cesar el agua.
Lleva a mi lado desde que me encontró perdida en el carrusel.
Vio el papel que sostenía en mis manos y no hizo preguntas al pedirle que me llevase lejos.
Me metió en su coche y no supe dónde estábamos hasta despertar horas después en su cama.
El disgusto y las lágrimas me tumbaron por el camino.
Ha intentado sacarme de la cama mil veces, sin éxito.
Hasta ahora, que estando dormida me ha traído aquí.
No me ha sentado nada bien despertarme de golpe con el agua en mi cabeza y gritando de todo.
Él respondía que no se arrepentía, que le dijese lo que quisiera y me desahogase.
Funcionó durante unos minutos. La rabia me ayudó a deshacerme de la ropa mojada de Frank, pero la tristeza regresó con fuerza.
Poco a poco recupero mi control, Frank no me suelta hasta estar sentada y vestida en el pequeño e incómodo banco de la cocina, apenas entra luz por la ventana, con la mirada fija en un foco de la calle escucho al chico trastear en los armarios diciendo algo de una sopa caliente.
No puedo quitarme de la mente el rechazo de Nate cuando llegó serio con su impoluto traje a mi encuentro.
En ese momento no entendí porque no quiso subir a casa.
Tras entregarme un folio y sus dos palabras: había caso.
Entendí todo. Sí iba a odiarle, sí le iba a querer lejos para el resto de mi vida.
Él no tiene la culpa de lo que llegó a su mesa, aunque fuese a la fuerza, pero sí de las formas en que trascurrió.
Podríamos haber descubierto la verdad juntos, sin sufrimientos, sin obligarme a odiarle.
—Haz la prueba entre tu hermana y tú.
La cuidadosa voz de Frank suena cerca trayéndome al presente, su mano acaricia las mías.
Apoyo la cabeza en su hombro, por muy enfadada que esté, su tono maduro me hace escucharlo, entrar en razón y querer volver a ser adulta para reconducir mi vida a donde la dejé:
en esa carretera silenciosa en la que un angelical demonio me escupió que mi hermana dio positivo con la prueba de su cliente.
—Come y te lo doy —dice cuando me pongo a buscar mi móvil.
Mi padre se negó a hacer la prueba a sabiendas que daría negativa, por eso se enfadó cuando yo accedí. Ahora todo es una inmensa duda en mi vida, sabía que con el chantaje todo acabaría, era capaz de aceptar un hijo que no es suyo para que nadie indagase en la verdad, pero la verdad indagó por él.
—No preguntaré.
Sabe de quienes son las dos pruebas. En cuanto aparecí por comisaria Blake se asustó, mi hermana se escondió y Matt fue reacio, pero sabía que no estaba ahí por reproches o malas palabras.
Nada más verme supo que algo ocurría a pesar de mi alegre saludo.
Le entregué un cepillo de dientes y le pedí cotejarlo con el adn de Greace de la base de datos, no hay mal que por bien no venga, pensé cuando tramaba conseguir algo fiable.
—Sea lo que sea no lo lleves sola.
Sentado en el puf del salón, me mira preocupado.
—No pasa nada.
Bufa, dice que podría haber conseguido la muestra por mi cuenta, sin embargo, se la pedí en domingo de forma urgente, en secreto y tengo muy mal aspecto.
Niego todo lo que dice.
«Tiene razón».
—Sidney, son las seis de la tarde, vas en pijama y seguro que no has comido nada porque te acabas de levantar.
—Sí he comido.
No es mentira, aunque le costó irse anoche cuando me dejó en casa, Frank se ha presentado antes de entrar a trabajar, con café y bollos obligándome a salir de la cama. Arrastras me tomé el café, un bollo y me volví a dormir en el sofá.
—¿Café y porquerías? — Señala la mesa —hace cuánto.
—Déjame Matt, gracias por esto —me estiro a coger el sobre de la mesa—. Conoces el camino.
Señalo la puerta y me tumbo de nuevo, en cuanto escucho la puerta respiro tranquila, es capaz de levantarme a la fuerza o quedarse a vigilarme.
El insistente timbre de arriba lleva rato sonando, abro y cierro los ojos, escucho mi nombre detrás de la puerta, aunque no distingo la voz no me importa quién es, solo quiero que se calle para seguir durmiendo. Lo consigo, por fin me adentro en el silencio, en la paz de un lugar blanco.
«Las voces de Frank y Kevyn resuenan por el salón oscuro, la repentina luz intensa molesta. Frank abronca a Kev por entrar sin permiso, el fotógrafo se defiende informando que no es la primera vez que alguno entra en la casa del otro en situaciones extremas.»
«El cuerpo de mi mente gruñe protegiéndose de la luz con un cojín, enseguida el vecino se lo quita ayudándola a levantarse…»
Obligándome.
«Intento enviar órdenes a mis piernas para ahorrarle esfuerzo al chico ante las quejas dirigidas al otro, paralizado en la puerta».
—Tenemos permiso para entrar, ¿verdad, Sid?
—No, largo.
—Frank, entra, solo tú sabes qué cojones pasa, haz que se mueva. Ahora vengo.
«Dejo de sentir la presión en los brazos».
Con cariño y delicadeza, el chico del pelo alborotado me ayuda a espabilarme, el agua fría que siento en la cara también. Es tan cuidadoso que no sé ni cómo hemos llegado hasta aquí.
«Te trajo en brazos».
Pronto soy consciente de que estamos en mi baño pequeño, sentada en la taza del váter y Frank de cuclillas frente a mí. Me mira preocupado, dándome tiempo para volver en sí. Las voces de Kevyn gritando por toda la casa que ya no estoy pegada al sofá me provoca levantarme de golpe.
—El sobre.
Frank me sienta y asegura llevarlo él a la vez que señala el bolsillo trasero, derrotada poso mi frente en la suya.
Sus palabras suaves prometiendo su intención de permanecer a mi lado no consiguen tranquilizarme, ni su mano sosteniendo las mías ni sus caricias en mi cabello.
Mi gracias se pierde en mi garganta, aunque resuena entre el silencio de nuestras respiraciones, un silencio roto por el perdón de Kevyn al interrumpir.
Recompuesta, salgo al olor de la lasaña de Eleanore, encontrándome a Kev preparando en la barra platos para dos, insisto en que se quede, no quiere, con un beso largo en mi sien dice lo mucho que se alegra de no pasar por lo que sea sola.
Le doy un abrazo lo más fuerte posible agradeciendo la comida, su broma sobre su esfuerzo en cocinarla me saca una débil sonrisa.
El chico de ojos gris procura hacer la cena lo más amena posible, no me deja pensar en el resultado que pueda haber dentro del sobre, sus tonterías, idioteces, actos de cariño ayudan demasiado.
Tanto como para no querer abrirlo. Tal vez la incertidumbre no me deje dormir ni vivir, pero es mi hermana, lo diga la sangre o no, es mi hermana.
Orgulloso de volver a recuperar la cordura, Frank me estrecha entre sus brazos, mencionando que sabré cuando es el momento de saber la verdad y ese momento llegará en cuanto esté lista.
Sin necesidad de vocalizarlo, quedamos envueltos en un incómodo y placido sueño en el sofá.