Cuatro son multitud tres no 40
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—¿Dónde te llevo? —Larry camina de un lado a otro frente a mí, apoyada en el coche.

La finalización del juicio contra la mafia de Ubers le pone nervioso, con la detención de la mayoría y la huida del resto ya no hay peligro. Aunque, las mafias nunca desaparecen del todo.

«Tú también lo sabes».

—Estoy en el paro —pongo un toque de alegría.

Él sonríe irónicamente antes de pedirme que no lo diga.

Mediante una gran sonrisa, comento que pronto también estará en el paro, pero no le hace gracia.

No se quedará sin trabajo, lo sé, es empleado del desaparecido Lamb.

Ahora tendrá uno más tranquilo: sentado en una oficina creando horarios y atendiendo a señores pirados que se sienten perseguidos.

—¿Sigue en Italia?

—Londres.

—Te vendrá bien dejar de ser mi niñera —digo silenciando mi móvil, una llamada de Blake.

—Sabes que no es molestia —por fin se detiene, frente a mí.

—Necesitas descansar —coloco bien la solapa de su americana.

—Tú también — rodea mi cintura—, de verdad.

Me ordena en tono suave que si presiento estar en peligro le llame de inmediato.

Prometo que lo haré, pidiendo que si se entera de algún trabajo me lo comunique.

Quiero seguir siendo la primera opción ante la preocupación de una madre adinerada.

Asentimos sonrientes, enfundándonos en un largo abrazo.

—Responde ya —resopla separándose.

Niego anunciando quién es, le doy un pequeño empujón cuando bromea con el lío en el que estará metida Gigi.

Ha insistido tanto en llevarme por última vez que pido sentarme en el asiento del copiloto, a regañadientes acepta.

Volvemos a ser amigos, la barrera de protección ya no es trabajo, además, le viene bien que sea cerca de mi casa.

He quedado con Frank; quiere contarme estos días con Kev.

Durante mi viaje a Los Ángeles me comentó lo harto que estaba de trabajar en la tienda de su tío y no poder tener oportunidades en el arte.

Le hablé sobre el estudio de un amigo exigente y lo cansada que estoy de hacerle faenas rápidas.

Sin pensarlo, propuse que debería hacer la prueba y callarle la boca.

Para fastidiar a mi amigo, aceptó; hicieron buenas migas.

Le prohibí decir que yo le hablé de la oferta.

Ahora Kevyn no soltará a Frank ni aunque quiera irse.

Es lo que quería: que le gustasen sus obras y no un favor.

Una llamada entrante al teléfono de Larry silencia a Pecos no hace falta preguntarle si me lleva.

Muy segura debe estar para pedirme investigar lo que la policía no investiga, por muy mala relación que tengamos ambas somos profesionales. Cumplo mi promesa de recogerla en un lugar donde no puedan vernos, unos metros antes de llegar me he pasado al asiento trasero, civilizadamente.

«Mentirosa».

—La última vez —gruñe Larry, en cuanto puede quitar la vista de la carretera.

—Es por seguridad —rebato, dejando sitio a Blake.

—¿De quién? Tuya no. El cinturón —pide cuando la inspectora saluda—. Las dos —añade enfadado.

Tras dedicarme una mirada asustada, digo sin importancia que está enfadado conmigo.

Una vez en marcha, la inspectora me informa del peligro que corre: una suspensión de empleo y sueldo, si los medios se hacen eco.

Tiene miedo de un seguimiento por parte de algún novato necesitado de dinero fácil; por eso tanto secretismo y la nula documentación.

No pudo sacar los archivos de comisaría.

Alguien los eliminó. Tampoco constan denuncias de familiares, las cuales ella vio.

—Siento no poder darte más —me devuelve la libreta.

—Haré todo lo posible para descubrir la verdad, pero sabes que no será rápido, ¿no?

—Lo sé —asiente—. Díselo a las familias. Deben saber que habrá justicia.

—Si puedo, te informo.

Durante las cuatro vueltas de más que Larry da, permanecemos en silencio. Un gracias y un —no me informes—, es lo único que sale de su boca antes de abandonar el coche.

—No lo hagas —pide mi conductor.

—El qué.

—Ninguna de las dos.

—Tarde —sonrío cambiándome de asiento.

100 Bad Days de AJR resuena en los altavoces de mi coche.

Por fin soy libre, aunque a medias. Hace dos días intenté evitar a Akerman en el juzgado, en vano.

No solo me informó sobre lo ocurrido en el juicio semanas antes, sino que ambos sabían que estaba en el despacho de Laura escondida por orden de Larry.

Me notificó los intentos de Garner por concertar una cita con la abogada de Colbert.

Le dije que lo hice a propósito para saber si se atrevía a llamarme él.

No lo hizo. No me contó que ya tenían los resultados hasta que no me tuvo delante.

Le dije que no sabía a qué hora podía acudir, pero que le avisaría para que encontrase un hueco libre.

La abogada Garner ni siquiera esperó; eso me ha comentado Vikki, se entera de cualquier cosa.

Ahora va a por alguien de mi antiguo bufete.

La hermana de una de las mujeres asesinadas en el caso de Blake, trabaja en el distrito financiero, por eso acudo a la oficina de Nate, no quería recorrerme la ciudad sin un motivo más…

«Querías ser informada».

…me gustaría proponerle ser el abogado de esas familias desesperadas, hacer justicia juntos. Sigo muy enfadada, pero es buen abogado…

«Y te gustó trabajar con él».

…y me gustó trabajar con él.

Hoy no me niegan la entrada, tampoco me acompaña la parlanchina Astrid.

La secretaria me guía a la sala de reuniones; una idéntica a la del bufete de papá, pero con moqueta azul.

Mis tacones replican en silencio hasta el ventanal.

Observo el cielo despejado a mitad de noviembre.

La voz de Nathaniel provoca un escalofrío en mi cuerpo.

Un escalofrío que me transporta de golpe a Chicago, al amanecer desnuda a su lado.

Respiro profundo antes de enfrentarme a él. Al voltear lo encuentro solo, tras dedicarle el mismo saludo cordial y no el de la chica desnuda tras recibir un dulce beso, me comunica que su cliente llegará en seguida y la retirada de Jasmin del caso por fuerza mayor.

—Poco escandaloso, ¿no? —Intenta ocultar una sonrisa, aunque no puede. Piensa igual.

Permanecemos quietos en silencio. Nos miramos de arriba abajo hasta donde nos permite la mesa y las bajas sillas, apartando las miradas sonreímos, vamos vestidos igual: un traje negro con camisa celeste; yo sin corbata.

Al darnos cuenta de que nos percatamos del detalle él acaricia su barbilla sin esconder su sonrisa, yo tomo asiento.

—Queda mejor en ti —musita, no sé si lo dice por mi camisa o la suya.

Le dedico una mirada sugerente a la vez que deslizo un dedo por la solapa, le provoco un carraspeo obligándole a morderse el labio.

—Mucho mejor —susurro de forma seductora.

Sigo enfadada, pero me es irresistible jugar así con él.

Sin perder su sonrisa, deja sus papeles encima de la mesa antes de caminar de un lado a otro.

Ya no veo sus impecables andares; le veo caminar por delante de mí mientras le observo desnudo con todas sus marcas y tatuajes.

Su tersa piel caliente pegada a mí. Desnudo, con todas sus marcas y tatuajes sobre la piel.

—Perdón —una voz desconocida me obliga a revolverme en la silla.

Al salir del trance, del recuerdo, me topo con la vista brillante de Nate ofreciéndome un vaso de agua, carraspeo, él sonríe tímida y sugerentemente. De forma educada saludo al hombre que tiene la esperanza de tener delante a su hermana.

—Sin rodeos —pido cuando están sentados al otro lado de la mesa.

Justin asiente de acuerdo. Sin dilatar más el momento, Nate saca un sobre precintado de su carpeta; se le nota nervioso.

Lo conozco más de lo que me gustaría, y él a mí.

Aunque se esfuerce en aparentar ser un abogado duro sin corazón, no lo es.

Tiene casos financieros con los que gana dinero sin perjudicar a nadie, pero este al que le han empujado…

«Se metió para amortiguar los golpes».

…le afecta. Tiene mucho que perder.

«A ti».

Enciende la cámara que graba en su dirección anunciando en alto qué es y en presencia de quién lo abre. Él es el primero en saber el resultado…

«Tú la segunda sin haber dicho una palabra».

…por su cara de alivio el resultado es negativo, sin embargo, su mirada no es de alivio total.

«Tal vez sabe que el resultado negativo tampoco hace que las cosas vuelvan a ser igual».

—No coinciden —anuncia.

Mi rostro impávido le devuelve la mirada a Justin, que no me ha quitado la vista de encima desde que se sentó. Él no entiende el resultado. Molesto, agarra el folio de entre las manos de Nate que extiende hacia mí; yo no lo quiero. No necesito mirarlo; estaba segura del resultado.

—No puede ser, no es su hija.

Nate detiene sus palabras, pide disculpas por molestar al señor Colbert con esta equivocación, me levanto amenazando educadamente que mi cliente se pensará si contra demanda por las molestias causadas, el abogado lo entiende, el chico continúa mirando el papel sin entender el resultado.

Nathaniel se levanta al mismo tiempo ofreciéndose a acompañarme a la salida y pidiendo al hombre que espere, el camino es diferente, todos saludan.

En cuanto llegamos al ascensor me pregunta si tengo prisa, niego y propone esperar al otro, al cual le quedan quince plantas.

Asiento. Necesito estar a solas con él. Necesito solo su olor.

Necesito volver a nuestra burbuja, al hotel, a la cama, a la ducha.

—Corre —le escucho decir tras el pitido.

Insistente presiona el botón, al cerrarse las puertas revela que venía el cojo de la oficina.

Le llamo mala persona, pero sonrío, ambos queríamos estar solos.

Duda en acercarse, cuando doy un paso hacia él rápido acorta el espacio.

Cierro los ojos al sentir el calor de sus manos en mis mejillas, su perfume envolviéndome mientras su dulce voz susurra que quiere volver a Chicago, vivir esos días una y otra vez.

—Lo siento —su voz se quiebra.

Abro los ojos encontrándome los suyos cerrados, su respiración choca en mi frente.

Siento una estúpida contradicción: necesito huir de su luz al mismo tiempo que me llama como a una polilla.

Entre tanta confusión lo veo todo nítido.