39 #3
Necesito volver a mis zapatillas y vaqueros, a mi moño dominguero de los martes, a dejar de salir impoluta de casa.
Necesito volver a ducharme sin prisas, a desayunar con el pelo mojado.
Necesito dejar de recorrer la ciudad para estar el resto del día encerrada en un edificio donde ya no quiero estar, un edificio donde ya no tengo ninguna ilusión por la que ir.
Un fin de semana desconectado del mundo en el que no he podido desconectar del teléfono, sin recibir las noticias que también han perturbado mi sueño junto a los mensajes de Nate: todos sin respuesta.
No obstante, mereció la pena llevar cuatro noches sin dormir e invirtiendo tiempo en utilizar mucho maquillaje para aparentar una cara fresca y radiante, por fin tengo las pruebas necesarias con las que Brandfont podrá enderezar y salvar la empresa.
Entre ayer y hoy he acelerado todo el trabajo pendiente de mi tapadera, desde el momento que me contrató dijo que no era necesario, sin embargo, no quería solucionar un problema dejando otro sin que sepan solucionarlo, No me costaba nada hacer unas pequeñas correcciones y dejarlo listo,
solo es necesaria su firma para poner en marcha el único proyecto fiable.
Su proyecto. Lo único que ayudará a no hundirse mientras achica agua.
—No debería tardar mucho —dice Liam desde su escritorio mirando mi tacón tamborilear contra el suelo.
Esbozo una sonrisa sin saber si pedir disculpas o agradecer.
Pienso en la última vez que nos vimos, no fue agradable.
El viernes tras discutir con Nate en la calle me lo encontré con Tara esperando el ascensor, los comentarios de la chica sobre mi vida privada y el apuesto joven con el que me vio el día anterior no solo me incomodaron a mí, pude ver de reojo el gesto serio de Austin.
No tengo que dar explicaciones a nadie, pero no quiero que piense que me lo follé por última vez teniendo pareja.
—No te importa —repetí asqueada al preguntarme por el nombre del chico.
—Para Tara —pidió Brandfont tras mi soplido y la queja de una mujer que presionó con ansias su botón para bajar lo antes posible.
—Mujer más pesada —se quejó la señora al aire a la vez que salía.
—Basta —repitió le playboy enfadado.
Tras la insistencia de hablarle a su jefe sobre mis affeirs fuera de la oficina sin él prestarle mucha atención, presioné un botón al azar adentrándome en una mala copia de Wallstret, mientras escuchaba a Wescot reprocharle a Austin que me defendiese tanto.
El ascensor los dejó solos cuando él respondía que no le debía importar algo, no sé qué algo, el caos de esa planta y el sonido del ascensor cerrándose me impidió escucharlo.
—Señor —escucho a Liam—, su cita de las…
Se refiere a mí.
—Ahora la atiendo —dice, firmando unos documentos que su asistente le entrega nada más entrar al gran recibidor previo a su despacho.
Rápido pasa por delante de mí, extendiendo la mano para permanecer sentada. Desde que trabajo aquí como abogada no había pedido una cita formal, siempre lo hemos hablado entre Texas y Australia, dando él la orden a Liam para acudir yo al despacho…
«También has entrado sin permiso».
…al igual que esta cita debería haber sido con recursos humanos y no con el CEO, no obstante, debo informarle a él antes: todavía nos queda una cita más. No es lugar para finiquitar el trabajo con Sid Marconi.
—Tu dimisión debes entregársela a Wescot —dice en cuanto cierro la puerta.
No levanta la cabeza de sus papeles, ni me mira cuando me acerco a la silla.
—Tenías dos meses para terminar tu trabajo, hoy me han entregado todos los certificados de aprobación…
Sigue con la cabeza metida entre documentos, aunque percibo una sonrisa que desaparece antes de mirarme.
—…no tenías que hacerlo, gracias.
—Entraba en uno de mis sueldos.
Mi tono de humor le saca una fugaz mueca divertida.
—Gracias por comunicármelo a mí antes —asiento.
«Te acaba de dar dos veces las gracias, ¿está enfermo?»
—También lo he hecho para poder agendarte esta semana.
—¿En tu agenda vacía?
—En mi agenda vacía —sonrío algo avergonzada.
Hace días que no le veía un gesto entrañable hacia a mí.
«Ni hacia ti, ni hacia nadie».
Nos miramos unos segundos a la espera de una palabra, de que todo sea como antes de irme a Los Ángeles. Algo nos pasó…
«Te tiraste a Nate».
…algo le pasó. Algo se guarda para sí mismo, algo que necesita soltar para estar mejor. Algo que no dirá a nadie y le consumirá.
—Intentaré conseguirte indemnización —dice, tras un largo silencio.
—No, tengo un trabajo grande por cobrar —sonreímos—, Tara me ha dado cita para dentro de dos días —niega sonriendo al poner mis ojos en blanco—. Dejaré todo bien organizado para Seth o el próximo.
Estamos alargando una conversación muerta desde que comenzó, ambos pensamos que más podemos decir, ambos queremos decir cosas que no deben suceder.
Callamos por miedo, no solo tenemos miedo de hacerle daño al otro, sino a nosotros mismos porque es difícil decirle adiós a alguien que no se lo quieres decir, pero mucho más difícil es no saber el motivo por el cual no quieres despedirte.
No puedes alejarte aun sabiendo que no es bueno permanecer cerca.
Lo necesitas a pesar de trastocarte todos los sentidos, incluidos aquellos desconocidos.
Unos sentidos que se desconfiguran cuando lo tienes cerca e incluso con un mensaje, pero tampoco vuelven a su orden cuando está lejos, cuando no hay contacto de ningún tipo, sintiéndote rota.
Sintiendo que solo quien te rompió tiene el antídoto para pegar esos pedazos que sanará para volverlos a romper. Entrando en un bucle peligroso.
Un dulce adictivo bucle.