39 #2
Me detengo, tiro de su mano para abrazarle e intentar espantar sus preocupaciones un ratito, al igual que él lo hizo conmigo. Ahora es él quien se aferra a mí. En un hilo de voz me cuenta que no le enviaron a Nueva York por la infidelidad en Chicago
—Me engañaron.
Su voz rota me obliga a mirarle, nunca le había visto tan derrotado, tan dolido, tan preocupado. Le he visto trabajar y le he visto dejar el trabajo en el despacho…
«Menos en tu caso».
No es mi caso.
…este le ha afectado. Le ha calado dentro y sea lo que sea no solo le afecta para con el cliente, conoce a la otra parte y desearía no saber lo que sucede.
—Lo siento —susurra presionando su frente a la mía—, de verdad que lo siento. Me han puesto como segundo, pero no tengo ni voz ni voto.
El temblor de sus manos en mis mejillas comienza a preocuparme, entiendo su reacción de ayer, en parte, aunque me hubiera gustado saber que era algo duro de trabajo para poder cogerle de la mano e intentar apaciguar su miedo. Sea el que sea.
—Nathaniel —sostengo su cara entre mis manos, enfrento sus temerosos ojos a los míos—, me estás asustando.
Sé que mi caso no tiene nada que ver, ha dicho que vino engañado a la ciudad, tiene que ser algo suyo, algo más que sucediese en Chicago. De nuevo junta nuestras frentes, me sorprende con un pequeño dulce beso alargándolo con fuerza…
«Como si fuese el último».
No.
«¿Se vuelve a Chicago?»
No puede irse.
—Lo siento, bichos.
—Nate… —me separo lo justo para mirarle.
—No he podido evitarlo.
Sostiene mis manos entre las suyas, acercando sus labios deposita varios besos y las besa.
Ante mi cara de preocupación, por fin, dice lo que tanto miedo le da contarme.
Su bufete lleva meses preparando una demanda contra mi padre, en cuanto supo del caso trató de ser el abogado principal para llevarlo de una forma diferente y amistosa, pero no le dejaron.
Le han obligado a ser segundo abogado e intimidar, hacer daño.
Intento tranquilizarle, su estado de nerviosismo aumenta con cada palabra perdida en su garganta.
De puntillas me pongo un poco más a su altura, beso su mejilla y rodeo su cuello, le abrazo hasta que se tranquiliza, susurrando que no es su culpa y que no es el primer bufete que va a por el de mi padre.
—No van a por el bufete —se separa de golpe, enfadado—. Van a por tu padre.
Sostengo sus manos, centrada en sus ojos tomo y expulso mi aire a la espera de que haga lo propio, en cuanto su respiración se controla me abraza disculpándose nuevamente, antes y después de informarme de la inminente llegada de la demanda —esta tarde— y que yo debo ser su abogada.
—Debes ser tú —ordena casi en una súplica.
—Hija, deja de dar vueltas —papá interrumpe el ruido de mis tacones y mis pensamientos.
Ayer, tras mi vuelta a la oficina miré en mi portátil los videos, estaban todos en los que Austin y yo aparecemos solos, incluidos en los que salimos a pie o del garaje con minutos de diferencia.
Mientras organizaba cosas de la empresa dudé en pedir salir antes, decidí que no, preferí llamar a mi madre para informarle de la inminente demanda y el deseo de ser la abogada de papá.
No hizo falta, hubo llamadas cruzadas, me pidió ir al despacho en cuanto pudiese por un asunto grave.
Al terminar mi jornada busqué a Brandfont en su despacho, Liam confesó no saber nada de él, sin embargo, en el momento que comunicaba mi futura ausencia por motivos familiares, la voz del jefe entrando en su despacho como si fuese flash, me dio permiso para faltar solo por la mañana.
Ni las gracias pude darle.
—Lleva unos días muy borde —susurró el joven.
—Dale las gracias y asegúrale que intentaré no tardar más de dos horas —pedí.
Y no tardaré mucho en ir a la oficina, papá está sereno, mucho más preocupada está mamá por si se extendía el rumor.
—Suben —anuncia la secretaria de papá desde la puerta, Jayleen; una secretaria añeja a la que no se le escapa nada.
—Llévelos a la sala de reuniones —pide él tranquilo—, si vas a estar nerviosa me represento yo —se detiene frente a mí.
—No estoy nerviosa, estoy enfadada.
—Que no se te note —asiento—. No es verdad, no sé por qué te enfadas.
No digo nada. En el momento que Jayleen nos da la señal de que ya están sentados, cojo mis papeles convirtiéndome en la abogada que mi padre conoce desde la distancia.
Nunca quiso acercarse a mi entorno, nunca quiso entrometerse, ni que me ayudase.
Con la cabeza bien alta recorremos el pasillo que nos lleva hasta la sala, ninguno miramos directamente el interior, disimuladamente papá susurra entender mi enfado.
—Akerman.
Saluda mi padre alegremente, dirigiéndose a la silla preparada frente a Nate, un hombre con un traje simple y una mujer al estilo Tara Wescot; mujeres dispuestas a hacer lo que sea por conseguir lo que quieres sin importarles a quien pisar.
—Señor Colbert —responde bajo de voz.
«Cabeza alta».
Aparta su mirada tras saludarme; inmediatamente la mujer se queja de mi presencia alegando mi parentesco con el demandado.
—Es por ahorrarle dinero al señor Colbert —extiendo mi mano presentándome, a los tres, por mi nombre completo—, soy mucho más barata que los abogados de Colbert – Symons —sonrío.
A ella, la cual no se presenta no le hace gracia, a Nate quien oculta una pequeña sonrisa sí.
Sin rodeos y llamándola por su nombre, pregunto qué quieren para desestimar la falsa demanda, insiste en que no son falsas acusaciones y, puesto que no acepta hacerse la prueba de paternidad si no lo ordena un juez, quieren dinero.
Mucho dinero por todos los años perdidos y el abandono.
Miro a mi padre, un milagro que siga en silencio, fue lo único que le pedí, dejarme hablar ante los abogados contrarios.
Es lo que siempre dice a sus clientes, es lo primero que me enseñó en mi adolescencia y jugaba a ser ejecutiva; eso mismo le recordé cuando refutó que diría lo que tuviera que decir.
Él asiente. Prefiere regalar el dinero a un escándalo.
—Sidney, no —dice al no comunicar su decisión.
El silencio incomoda a todos, pero solo uno sabe qué sucede en mi mente…
«Dos».
El señor Hardwick, con algunos años más que yo y una aparente vida dura; se le ve asustado y melancólico. Puede tener a su padre biológico delante, dispuesto a pagar una cantidad desorbitada y a su posible hermana, a punto de tirar por la borda esa ansia de conseguir dinero fácil.
La señorita Jasmin Garner, está molesta, llega desde Chicago exclusivamente para hacerle el trabajo sucio a alguien, el cual, probablemente le haya prometido un puesto grande que no le dará por ser una gran mujer todoterreno.
Y Nate. Nathaniel. Con el cuerpo aquí, pero la mente en la habitación del hotel. En el abrazo de ayer donde le decía que no pasaba nada, que no es su culpa, pero él sabía que me enfadaría. No es su culpa, aunque podía haberlo hecho de otra manera.
«Te dijo que lo intentó y sabe lo que vas a decir, así que no lo digas».
—Yo me haré la prueba.
Papá resopla. Nate sonríe orgulloso, Hardwick parece aliviado y Garner está asombrada, paralizada. No entraba en sus planes mi presencia, mucho menos acceder a hacerme la prueba. De negativo o positivo ya no hay caso, no hay juicio.
No tiene su escándalo.
A la espera de una respuesta, papá…
«Es tu cliente, Daniel».
…y yo nos miramos, sabemos que he jodido sus planes. Sin responder, Garner, recoge velozmente sus papeles y calla a su cliente ante los deseos de aceptar.
—Le llamaré —dice antes de mirar a Nate, sentado todavía.
—Esperaremos su llamada.
En su camino hacia la salida, Nathaniel y yo cruzamos miradas furtivas y dolorosas.
Miradas que significan más de lo que mi padre cree cuando, una vez solos, comenta que el sobrino de Cliffort es un mindundi en ese bufete y solo le utilizan por su cara bonita.
Sé que no es verdad. Es inteligente y muy buen abogado, a pesar de estar enfadada le defiendo.
—Ese mindundi lleva de forma excelente un caso que estuvo a punto de matarme.
En silencio recojo la carpeta que no utilicé informándole de mi llamada en cuanto tenga noticias, a punto de salir me felicita por esa estrategia.
—No es una estrategia.
Larry sube el volumen para no escucharme repetir que me deje lejos, una y otra vez dice que su trabajo es dejarme en la puerta del lugar al que voy sana y salva. Como un disco rayado, informa de la prohibición de estacionar más de cinco minutos.
—Pues arranca —malhumorada me centro en mis papeles.
—No puedes trabajar en el coche.
Levanto la cabeza y choco con sus ojos fijos en mí, desvío la cabeza hacia la calle, no es buena idea; Nate está con las manos en los bolsillos y su mirada puesta en la ventanilla oscura.
Resoplo. No quiero ni ver en pintura al rubio y Larry no arrancará, mejor huir de los dos.
Guardo mal mis papeles, salgo insultando a mi conductor llevándoselos el viento junto su anuncio de que estará aquí en mi descanso, aunque no puede verme sabe que le he mandado a la mierda —el dedo corazón en su dirección se lo deja claro—.
Como si no estuviese en mi visión, paso del llamado de Akerman, sin embargo, obstaculiza mi camino.
—Si no quieres otro en tu dirección largo.
Brusca interrumpo un lo siento de sus labios, echándole en cara que no solo conoce a mi padre y sería incapaz de no reconocer a un hijo, sino, que conoce a mí madre y ella jamás lo hubiera permitido de ser cierto.
Asiente, se siente culpable. Tampoco es su culpa, fue lo primero que dijo antes de informarme de lo ocurrido.
Un posible enfado fue su primera preocupación.
Al ver que mi cabreo se desvanece, me abraza.
—¿Me abrazas bien?
—No —niego en su pecho, raspándome con los papeles.
El beso en mi frente me hace recordar el fin de semana, pero mi enfado resurge.
Brusca me separo, alterada digo que podría haber conseguido hacerlo de forma cordial, sin necesidad de hacer daño ni enfrentar a ese chico a una negativa y obligarle a perder de nuevo su esperanza de tener delante a su padre biológico.
Llevo todo el fin de semana dedicado exclusivamente al caso Brandfont Enterprise, no solo se está alargando por diversas interrupciones, necesito recuperar el descontrolado control de mi vida.