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Después de la conversación con Monty no pude seguir cerca de Brandfont…
«Austin».
…es la persona que mejor le conoce, quien pasa más tiempo con él, quien está en sus borracheras, en su soledad, en sus tormentas. Lleva siendo su conductor desde que tiene quince años, la única persona que se mantiene a su lado a pesar de su comportamiento…
«Le paga».
…cualquier otro conductor hubiera pedido la baja o el finiquito. Sin embargo, Monty sigue a su lado, cuidándole como un hijo, no le abandona a pesar de sus malas formas de anoche.
Avergonzada por la obligación de Austin de llevarme a casa a esas horas de la madrugada, me senté en el asiento del copiloto. Tras mi segundo —por favor— sin voz, no insistió más en que me sentase detrás. No había ganas de poner música, el silencio solo se rompió cuando le pedí que le cuidase…
«En ese momento ya sabías que le mandarías a la mierda».
…el rato que duró el abrazo después del sexo lo sentí como una despedida. Y él también. Ambos sabíamos que era nuestro último momento juntos.
—Siempre le he cuidado señorita Sidney.
—No debería tratarle así —comenté.
Me contó que con él hacía años que no utilizaba ese tono y ese desprecio, solo reaccionaba así cuando las cosas conmigo no iban bien o siente que estoy en peligro. También que desde el día que Austin supo que yo era la detective que ayudó a su hija, tenía mejor humor y veía la vida diferente.
—Nunca le había visto tan feliz, señorita Sidney.
…
—¡Calla!
—No son formas de tratar a un compañero.
La voz impertinente de Tara me obliga a levantar la cabeza; veo a Seth en su mesa negando con la cabeza, seguramente por el rato que llevará llamándome antes de aparecer Wescot.
«Tendrías que estar en la cama de Austin».
Si estoy en mi puesto de trabajo es precisamente porque Brandfont no está.
—Es la directora en funciones —explica Seth, cuando me niego a obedecer la tarea sin sentido que me ordena.
—Es una orden —insiste ella, entregándome una montaña de carpetas.
Al no aceptarla lo deja sobre mi mesa, en silencio y sin saber en qué momento entró con sus botas, su vaquero y su jersey de punto oscuro, Austin le devuelve sus papeles, dejándonos sorprendidos.
—¿Y tu traje? —quiere saber Wescot.
—Aquí solo mando yo —la mira fugazmente sin responder—, ve a hacer tu trabajo —ordena con su habitual tono de sargento—. Lo que le pidió a informática.
Me entrega un pequeño pen drive, su tono conmigo es diferente respecto al de Tara; es autoritario, pero sereno.
Quiere ser amable, aunque ni puede, ni quiere.
Sus ojos están llenos de una furia que se convierte en dolor con cada segundo que intercambiamos miradas.
Tras un escueto gracias, ordena de nuevo a Tara a hacer su trabajo.
Por miedo a llevarse otra reprimenda, sale del despacho, seguida de un Seth nervioso.
Una mirada que me pide a gritos recapacitar mis palabras de la mañana. No lo haré.
Sosteniendo su mirada giro el usb entre mis dedos, tengo en mi poder lo que le he exigido eliminar, lo que me negó cuando me negué a entrar a su casa y desayunar con él después de llamar a su timbre a las siete de la mañana.
Empezó a ponerse nervioso; pedirle eliminar nuestras imágenes saliendo de la oficina para que nadie pueda vernos le alteró.
Su intención era no ir a trabajar y pasar todo el día juntos; mi rechazo y mi petición de no repetir lo que hacemos fue un jarro de agua fría.
Anunciar mi intención de terminar mi trabajo cuanto antes para dejar la empresa le volvió loco.
Despertó al vecino del otro lado del pasillo, llamándonos la atención con su batín anudado, provocó la salida de Monty junto a una chica en pijama.
Era Viorel, una antigua clienta a la que salvé la vida al descubrir el escondite de su maltratador.
Un autoritario y amable Brandfont interrumpió el efusivo abrazo de Viorel agradecida, comentando la grata sorpresa de ver a alguien tan buena como yo en su puerta.
Ante mi asombro por la situación, el rubio me pidió entrar.
No sucumbí a su posterior grito diciendo que no me iba a ir ni de ahí ni de la empresa.
No fue agresivo físicamente, pero su elevada voz asustó a la joven, teniendo que interferir el conductor.
Le frené. No había motivos. Serena les pedí que se fueran, y aunque se les escuchaba detrás de la puerta, le ordené al playboy que eliminase cualquier prueba de nuestros encuentros y que se quedase en casa.
Una llamada me devuelve a un despacho vacío, Nate me avisa de un retraso de diez minutos a nuestra comida por culpa del tráfico.
«Lo habías olvidado».
Sí. Todo lo sucedido con Austin y lo poco que he dormido ha desconectado mi cerebro.
Anoche, mientras perdía el tiempo cuando Brandfont dormía, Nate me escribió pidiéndome disculpas por su comportamiento esquivo durante el vuelo, invitándome a comer para explicarse.
Respondí que no necesitaba una, pero insistió para recompensar el bonito fin de semana que estropeó.
No solo tenía curiosidad por lo ocurrido en casa de su padre para cambiar tan drásticamente, también echo en falta su olor, su contacto, su sonrisa…
«Pues anoche te follaste a Austin en su cuarto de la lavadora, mucho no le extrañarás».
…y dejar de pensar. Dejarlo todo atrás un rato corto, suficiente para llenar mi alma de alegría.
Olvidar todo. Aun sabiendo de su impuntualidad, llevo cinco minutos esperando, ahí está, bajando del coche justo enfrente de mí; con sus relucientes zapatos negros, su impoluto traje negro, su perfecta corbata rosa pastel,
su impecable pelo engominado y sus brillantes ojos azules que enseña al deshacerse de sus gafas de sol en cuanto me ve.
Mi sonrisa por fin se agranda, mi visión del mundo vuelve a ser multicolor y mi corazón ruge vivo. Él se ve igual de feliz, a pesar de lo mal que nos despedimos al bajar del avión.
«Ni siquiera os despedisteis».
Ambos avanzamos, aligeramos el paso sintiendo que jamás llegaremos al otro.
No necesitamos palabras. Nos enfundamos en un abrazo necesitado, un abrazo que espanta toda la tristeza.
Protegida entre sus brazos me rodeo de su aroma intenso y sólido, un olor a madera de cedro y musgo, como una tormenta calmante y nostálgica en mitad del bosque.
Me rodea su energía positiva y de la inquebrantable fuerza con la que me sostiene.
Casi tan fuerte como mis fuerzas se aferran a él.
La ausencia de tacones me hace más pequeñita, volviéndome vulnerable a su trabajado cuerpo, sin embargo, me siento un gigante que recupera su fuerza para enfrentar a todo lo que venga: bueno o malo.
Dos gigantes entorpeciendo el día estresado de las diminutas personas a las que estorbamos, personas a las que les sienta mal la felicidad de dos desconocidos radiantes.
—¿Nos movemos? —dice tras el insulto de alguien. Niego sin alejarme de su pecho.
Él sonríe besando mi cabeza, añade que estamos molestando.
—Que les den —digo enfadada, pero suave.
Le abrazo con más fuerza, responde apretándome contra su pecho. No quiero que desaparezca de nuevo la paz que me transmite tras la incertidumbre de no saber qué ocurrió. La calma tras la tormenta durará poco, necesito este momento de tranquilidad.
«¿Tranquilidad? No lo notas, ¿verdad?»
No.
«¡Claro que no! Los brazos de Nate te protegen de cada golpe».
—¿Podemos ir así a comer? —Pregunto sin separarme.
—No creo que sea posible —su alegría me hace sonreír y su intento por avanzar juntos reír.
Pedimos disculpas a un hombre trajeado y enfadado al chocar con él, reacia, nos separamos. Volvemos a ser dos personas normales que caminan de la mano alegres resaltando ante el sombrío centro de negocios de la ciudad.
—Me comería un elefante —digo cuando al fin nos separamos. Nos miramos sonrientes.
—Echaba de menos a la Sidney infantil —besa mi labio juntándonos de nuevo.
Como dos adolescentes, pero formales, tenemos una comida llena de complicidad, risas, bromas, caricias, palabras bonitas, pequeños enfados, recuerdos antiguos, recuerdos recientes y besos.
Muchos besos. No hay trabajo, política, deportes o temas incomodos.
Durante el postre el ambiente alegre se disipa, aunque lo evitemos con nuestras sonrisas.
Unas sonrisas brillantes que no desaparecen en ningún momento.
Una riña divertida por querer pagar la cuenta, le hace gracia al camarero experimentado y a la pareja de señores mayores de nuestro lado.
—Muchachas así quedan pocas, no la dejes escapar querido —comenta la mujer.
—Yo no lo hice —añade el hombre, sonriente mira a su esposa.
Aprovecho la respuesta de Nate a la pareja —dice que solo yo decidiré si me quedo a su lado—, para pasar mi tarjeta por el datafono.
Cuando pretende entregar su trozo de plástico, el amable trabajador comenta que la señorita es más rápida e inteligente.
No se lo toma como un insulto, él es asiduo al restaurante y mi padre también.
—Me alegra verla por aquí de nuevo, señorita Colbert.
—Yo no he estado aquí —bromeo.
—Nunca —me sigue el juego de siempre con una gran sonrisa.
Acaba enterándose, pero siempre intento que mi padre no sepa que vengo a Abasi.
Desde que soy adolescente tengo una cuenta abierta que papá paga a final de mes y que yo siempre compenso para no deberle nada.
Rechazamos las copas de champán que nos ofrece la pareja y salimos de ese restaurante maravilloso y tan familiarmente agradable que no me gusta, pero a Nate le encanta.
—Ahora entiendo por qué no te gusta venir, ¿hay algún lugar donde no te conozcan?
Un amistoso empujón termina en un abrazo y un beso largo que detenemos a causa de la vergüenza por las miradas indiscretas.
La necesidad de seguir juntos nos hace caminar despacio, de buscar un lugar poco concurrido difícil de encontrar.
Al ver como su sonrisa se desvanece debido al fin del descanso, no tiene ganas de volver a la oficina a pesar de gustarle su trabajo.
Aun sabiendo que estropearé este buen momento, pregunto si el caso que recibió en casa de su padre es el mismo que le reclama ahora.
Una mueca de fastidio aparece en su rostro, se acabó la alegría, sabe que mi única intención es ayudarle a descargar tensión, ayudarle a liberar aquello que le atormenta.
Aunque también sé que no puede dar detalles.
—Secreto abogado cliente, lo sé.