38 #4
El silencio invade el apartamento. Un resoplo se pierde en el golpe del frigo al cerrarse, gracias a la tenue luz de la lámpara de esta zona veo su silueta convertirse en su presencia.
Revolviéndose el pelo susurra la sorpresa que le genera verme aquí todavía.
—Toma —se la ofrezco, él niega.
Satisfecha por dentro agarro el resto de botellas y las llevo a su lugar.
Siento su vista puesta en mi nuca mirándome con una sonrisa.
Me apoyo en la barra frente a él, barajando qué decirle.
Su mirada me recorre de arriba abajo y, sin previo aviso, tira del cordón de la capucha.
Agarro el extremo de la cuerda para que no la saque, sin embargo, su fuerza, me lleva hasta él.
Intento resistirme, pero la barra de la cocina me impide retroceder.
Es él quien acorta la distancia. Cierro los ojos, rindiéndome al tacto de sus dedos en mi mejilla.
Su aroma me envuelve, empañado por el rastro de alcohol que exhala al susurrarme lo mucho que le gusta encontrarme al despertar.
Sus palabras rompen de golpe la burbuja de mi imaginación.
—Me encanta verte reír así.
—Me encanta hacerte sentir algo positivo.
—Aunque sea sarcasmo —añade. Risueño detiene mis labios con su pulgar.
Mi corazón comienza a bombear rápido, me oprime el pecho cuando pega su frente a la mía.
Une nuestros cuerpos con un abrazo que ambos damos a la vez, convirtiendo la necesidad de ser uno en un remanso de paz para nuestras almas.
Divertido comenta vagamente la música de videojuego que suena a través de los altavoces, fingiendo molestia, comento que es su música.
—Ojalá verte desnuda con mi ropa cada vez que despierto.
—No estoy desnuda.
—Pero sí con mi ropa.
—Uoo una sudadera.
Austin se separa lo justo para mirarnos, muerdo mi labio y así evitar soltar una estruendosa risa.
—No rompas este…
—Está bien —le abrazo de nuevo.
Sabe que me ponen nerviosa los momentos que cruzan la línea de lo sentimental y aun así insiste, suele aceptar mi humor al respecto, no sé por qué ahora no…
«Lo sabes».
Los minutos corren, las caricias se intensifican y el latido de Austin resuena fuerte en mi oído.
Nuestras desenfadadas respiraciones hablan por nosotros, guiando a nuestros cuerpos a moverse sin recibir órdenes de dos cerebros desconectados.
Dos cerebros rebosantes de oxitocina. Perdida en sus ojos me atrae más hacia su cuerpo, sonrío suavemente cuando me aprieta gentilmente contra su pecho, me balancea al compás de la melodía mientras sus brazos me envuelven para subirme a la barra,
el sonido de la música elimina los pensamientos negativos de mi mente.
Disipan la idea de huir.
Entierra su cabeza en la curva de mi hombro.
Siento el contacto de su labio en mi cuello, mi respiración se agita con la repentina intimidad que se crea entre nosotros.
Acaricio su cabeza y su mejilla, sonoramente inhala mi perfume consumido como respuesta a mi instintiva apertura de piernas, muerdo mi labio cuando se tensa presionando más su cuerpo al mío.
Todo da vueltas a mi alrededor, la neblina de mis ojos me avisa de lo que ocurrirá si no detengo la mano que sube por mi muslo para entrar por debajo de la ropa, abrasando cada parte que toca.
—Austin —apenas sale mi voz.
—Dilo otra vez —susurra en mi cuello—, me encanta.
De inmediato se aleja ante mi suave empujón al mismo tiempo susurro que se detenga, en cuanto lo hace extraño su olor, su calor, pero me mantengo firme.
Apoyado en el respaldo del sofá evita decir nada al expresar mis ganas de irme, ni una mirada me dedica en el tiempo que tardo en calzarme y recoger mis cosas, tampoco al ofrecerle su sudadera, la cual dejo al otro extremo.
Una sensación de vacío asusta a mi corazón; llenándome de soledad profunda que me arrebata el aire.
La cegadora luz del descansillo entumece la sacudida de ahogo que me causó el silencio de Brandfont, no obstante, el sonido de la llegada del ascensor acelera de nuevo mi ritmo cardiaco ante el recuerdo de su tacto.
Tan acelerada como mi pulso, regreso a la puerta que me separa de lo que acabo de rechazar…
«Debería echarte a patadas, yo ni te abriría».
…mereciéndome lo mismo. Solo espero que no haya cogido la botella, el tiempo que tarda en abrir no es bueno; ya sea porque no me quiere abrir…
«Es lo que mereces».
…o por lo que temo. No está en sus cabales para seguir bebiendo…
«Así sabrás lo que es el remordimiento».
…al menos está en casa…
«Bien, no te abre. Vamos a casa, además, ¿qué más quieres? ¿Rematarle?»
No sé qué hago. No sé por qué he huido, no sé por qué vuelvo. No sé qué tipo de relación tenemos. No sé por qué debemos estar lejos si queremos estar cerca. No sé por qué nos necesitamos cerca si solo nos hacemos daño. No sé por qué necesito de él al mismo tiempo que necesito alejarme.
La puerta abriéndose y un largo suspiro me detienen en seco. No hago ningún movimiento hasta que su suave voz me invita a entrar, aunque no camino. No sé qué decir, no sé por qué he llamado.
«Quieres confiar en él, quieres que solo existas tú. Pero sabes lo que es. Sabes que te destruirá».
—Me gusta cuando nos miramos así, pero prefiero hacerlo en privado.